sábado, 13 de febrero de 2016

Depredadores del siglo XVI y XVII.


La flota de Indias.

Estuve leyendo un artículo de revista que estaba en la sala de espera de la clínica, mientras esperaba que me atendiese el dentista.Era un artículo que trataba sobre el afán depredador de los corsarios ingleses. Estaba mal informado el  articulista ya que los auténticos depredadores de las naves españolas no fueron los ingleses. Durante el siglo XVI fueron franceses y en el siglo XVII fueron sustituidos por corsarios holandeses.

Durante el periodo que va desde el advenimiento de Carlos I de España hasta el tratado de Câteau-Cambrésis en 1595, Francia dio cartas de corso a todo aquel que desease apoderarse de los buques españoles.Durante este periodo hubo un tratado de alianza entre Francia y Portugal, en el cual se convenía que los corsarios con permiso dejarían en paz a los buques portugueses, pero aquéllos podrían usar las Azores como base para los ataques a las naves españolas. 

En 1.537 los corsarios franceses apresaron nueve barcos de un total de veintitantos. En 1556, el capitán Francois Le Clerc, llamado por los españoles Pata de Palo, saqueó con diez barcos de guerra la ciudad de La Habana y echó a pique todas las naves del puerto.

Por supuesto, los españoles contestaron a estas depredaciones.Los españoles organizaron  patrullas que fueron confiadas a Pedro Menéndez, uno de los grandes jefes marítimos del siglo XVI. Menéndez reedificó La Habana y la convirtió en una fortaleza casi inexpugnable. Construyó en las Indias astilleros capaces de fabricar y reparar buques de guerra ligeros. Logró notables adelantos en la disciplina y armamento de los convoyes, y en el curso de su carrera apresó más de cincuenta barcos corsarios.

En 1.628, el almirante holandés Piet Heyn, al frente de una flota de treinta y un buques, atacó frente a Cuba el convoy anual preparado por España. El convoy completo, compuesto de buques mercantes, barcos del tesoro y los de escolta, cayó en manos de los holandeses. La hazaña de Piet Heyn no se repitió; sin embargo, fue seguida por una serie de depredaciones menores por parte de los corsarios holandeses.


A pesar del constante pillaje, España no abandonó ninguna porción importante de territorio y encontró la manera de enviar convoyes a través del Atlántico, aunque frecuentemente a intervalos regulares y con riesgos y gastos cada vez mayores.

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