viernes, 16 de septiembre de 2016

Existen aspecto de la Ilustración que hoy son cuidadosamente ocultados.

El siglo XVIII se limita a los hechos visibles.No se trata de comprender el mundo, sino de transformarlo. El hombre ha nacido para la acción, afirma Voltaire; y añade que “no estar ocupado o no existir es lo mismo para el hombre”. Y la finalidad de la acción es el progreso material y moral, a fin de asegurar la felicidad del hombre.Esta razón abstracta no se dirige a los hombres tal como son, a los hombres concretos, sino a un ser ideal, soñado, tal como lo imaginan los filósofos, ilustrado y virtuoso.

Los historiadores demuestran una extraña discreción con
Voltaire
respecto al inmenso desprecio expresado por algunas figuras del siglo XVIII por las clases populares. “Es conveniente que el pueblo sea guiado, y no que sea instruido, no es digno de serlo”, escribe Voltaire a Damilaville. “El bien de la sociedad requiere que los conocimientos del pueblo no se extiendan más allá de sus labores”, afirma La Chalotais en su Essai d’éducation nationale. Philipon de La Madeleine, otro filósofo, expresa el deseo de que la práctica de la escritura sea prohibida a los hijos del pueblo. El pueblo de la Ilustración, el pueblo ideal, es el pueblo sin el pueblo.
Obispo de Meaux.
En la Política sacada de las Sagradas Escrituras, Bossuet dice que “Dios ha establecido la fraternidad de los hombres haciéndoles nacer a todos de uno solo, por lo que su padre es común”. El obispo de Meaux concreta: “Ningún hombre es ajeno a otro hombre”. Los filósofos, alimentados por un espíritu científico y considerando la teoría de la primera pareja como una fábula, insisten en la división de la humanidad en especies, dicho de otra manera, en razas. ¿Cómo es posible que Adán, que era pelirrojo y tenía pelo, se pregunta Voltaire, sea el padre de los negros, que son oscuros como la tinta y tienen lana negra en la cabeza?. Costumbres y moralidad proceden, pues, de los caracteres raciales, unidos al aspecto físico, al color de la piel.

Aquí tenemos un aspecto de la Ilustración que hoy es
Jean de Viguerie
cuidadosamente ocultado: el racismo. Negando la existencia del alma, el materialismo conlleva la negación de la naturaleza humana. Estamos, comenta Jean de Viguerie, ante un sistema diferencialista y desigualitario. La unidad del género humano ya no tiene ninguna realidad. Esta visión procede de una antropología pesimista. La literatura de la época, explica Xavier Martin, considera al buen salvaje estilo Rousseau como un ser primitivo, de cociente intelectual y afectivo limitado, cuya única aspiración es el goce y el placer.

A partir de 1789 unas minorías se apoderan del poder y se lo disputan. De manera que el momento fundador de la República francesa lleva en sí una contradicción inconfesable. Dirigida en nombre del pueblo, la Revolución se realizó sin el consentimiento del pueblo, e incluso a menudo contra el.

La Revolución francesa es un bloque, decía Clemenceau. En este bloque, se busca en vano el respeto a la ley, el culto a las libertades, los valores de concertación y el sentido del diálogo democrático que nacieron, según se nos dice de forma imperturbable, en esta época.


Los historiadores demuestran una extraña discreción con respecto al inmenso desprecio expresado por algunas figuras del siglo XVIII por las clases populares

Es conveniente que el pueblo sea guiado, y no que sea instruido, no es digno de serlo, escribe Voltaire

La Revolución francesa

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