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jueves, 8 de octubre de 2026

Las masas suelen soñar con salvadores

“Hay estudiosos del comportamiento humano y de las sociedades que opinan que los movimientos totalitarios del siglo XX (como el nazismo o el comunismo) tuvieron ciertas características que provenían de las estructuras religiosas, como la utilización de cierta simbología, la mística. Las masas suelen soñar con salvadores que han de resolver todos sus problemas y angustias, hecho utilizado y manipulado por genios del mal que las seducen, conquistan sus mentes y corazones, para conducirlas a la postre a su antojo”, escribe Abraham Skorka, rabino y escritor argentino.
“La única defensa para que el pueblo no permita un liderazgo nefasto es la educación.”

sábado, 11 de julio de 2026

El siglo cruel

Stephan Zweig, en su última obra, describió el “mundo de la seguridad” que la Gran Guerra hizo literalmente añicos, dando comienzo al que Luigi Fenizzi llamó el “siglo cruel”, durante el cual el planeta Tierra fue transformado en un enorme matadero en el que millones y millones de hombres fueron bárbaramente masacrados en nombre de valores contrarios a los de la tradición iluminista. Todo sucedió como si de los estratos profundos de Europa se hubieran desencadenado terroríficas fuerzas poderosas decididas a hacer tabula rasa de la civilización de los derechos y de las libertades, trabajosamente construida a lo largo de siglos de luchas y experimentos. Un espectáculo tan inquietante que indujo a Benedetto Croce a evocar la figura del Anticristo, “destructor del mundo, que disfruta con la destrucción, sin que le importe no poder contribuir sino al proceso cada vez más destructor, vertiginoso de esta misma destrucción, lo negativo que quiere comportarse como positivo y ser como tal no ya creación sino destrucción». Con estas palabras, Croce expresó su angustia, al mismo tiempo metafísica y moral, frente al “ideal de la muerte” que animaba a los dos grandes movimientos totalitarios surgidos de los escombros de la Gran Guerra, el comunismo y el nazismo.

jueves, 28 de mayo de 2026

Un juez progresista

Si algo nos han puesto sobre la mesa los últimos doscientos años, es que fingir finalidades a la historia resulta la vía más rápida de transitar a la masacre. Los grandes genocidios del siglo XX se ejercieron bajo retóricas inequívocamente “progresistas”. “Progreso de la raza aria” en el nazismo, “progreso del proletariado mundial” en el estalinismo. Una fugaz ojeada a los diccionarios constata lo reciente de los vocablos. Ambos, “progresista” como “progresismo” no existen en ninguna lengua con anterioridad al siglo XIX….Hijo de las ilusiones, que son siempre pequeñas formas de delirio, del siglo XIX, el “progresismo” designa el sueño de una humanidad destinada a su inminente mejora. Visto lo que vino luego, pocas fantasías cabe que sigamos haciéndonos acerca de su funcionalidad hoy. En lo moral, y, por extensión, en lo político, no hay revestidura de “progresismo” que no camufle una privada voluntad de prosperar. No siempre confesable. Pero, ¿qué diablos puede significar, en rigor, “juez progresista”? Es lo que tienen las palabras. Engañan, más que dicen, a quien se deja seducir por sus promesas. Un magistrado no debería dejarse hacer rehén de ellas tan fácilmente, escribe el filósofo Gabriel Albiac.


lunes, 22 de diciembre de 2025

El nazismo evolucionó hasta convertirse en un credo religioso


El nazismo comenzó siendo un credo político, pero rápidamente evolucionó hasta convertirse en un credo religioso, en una religión nacional alemana con sus propios dogmas, ritos y ceremonias que, en cierto modo, aspiraba a sustituir a la cristiana. Los dos dogmas principales del nazismo eran la superioridad de la raza aria, alemana y nórdica, y su derecho a esclavizar o a exterminar a las razas inferiores usurpadoras del “espacio vital” al que la raza superior tenía derecho. A la raza aria no le bastaba con estar constituida por individuos altos y apuestos, rubios, de ojos azules, nobles, inteligentes y sanos. Además era la única creadora de cultura, la única verdaderamente humana, el pueblo de los señores (Herrenwolk), destinado a dominar a las razas inferiores (en realidad especies distintas, infrahumanas: Untermenschen) y a neutralizar a una raza particularmente ponzoñosa, la judía. El joven Hitler pudo contaminarse de ariosofía, una doctrina popular en ciertas esferas de la Viena de su juventud que pretendía rescatar la religión ancestral de los antiguos germanos arrinconada por el Dios judío de la Biblia. La ariosofía atrajo a algunos románticos adictos al excursionismo y añorantes de las sociedades ancestrales que en 1911 fundaron una hermandad, la Hoher Armanen Orden (HAO), en la que se ingresaba mediante certificado de pureza de sangre. Esta sociedad inspiró, a su vez, al grupo Thule, otra agrupación de tenderos y funcionarios subalternos aficionados al ocultismo y a la fantasía. En su impreso de ingreso leemos que “el abajo firmante jura que, hasta donde su conocimiento abarca, ninguna sangre judía fluye por sus venas ni por las de su mujer, y que entre sus antepasados no hay miembros de razas inferiores”.

martes, 25 de noviembre de 2025

El totalitarismo concibe la lucha política como una despiadada guerra de aniquilamiento


En las palabras de Trotski y de Goebbels encontramos el rasgo diacrítico esencial del totalitarismo; el deseo de producir un cambio totius substantiae de la realidad. Lo cual convierte al totalitarismo en una revolución permanente animada por una hybris cuyo radicalismo es tal que puede definirse como satánica. En efecto, es propio del diablo querer imitar a Dios. Mas para ocupar el lugar de Dios como (re)creador del mundo es preciso “destruir todo lo que existe a fin de poder disponer de la página en blanco”, según la imagen de Mao, para escribir una historia totalmente distinta de la historia pasada. De ahí que el totalitarismo, dice Luciano Pellicani, conciba la lucha política como una despiadada guerra de aniquilamiento que debe afectar a toda la vida social, instituciones, valores, ideas, costumbres, sentimientos, etc. Nada del viejo mundo, corrompido y corruptor, debe quedar en pie, tal es la condición previa de la construcción del mundo nuevo y del hombre nuevo. De ahí el radical nihilismo del totalitarismo. Un nihilismo proclamado claramente por los fundadores del bolchevismo y el nazismo que precipitaron a Europa en el torbellino de la que justamente ha sido descrita como una “guerra civil ideológica”.
En un artículo publicado en vísperas del Gran Salto, Mao dijo estar seguro de que 600 millones de chinos “puros pero inmaculados” constituían una excelente base de partida para la transformación revolucionaria de la sociedad, ya que “sobre una hoja de papel limpio no hay manchas y así pueden escribirse las palabras más bellas y más nuevas, se pueden pintar las imágenes más bellas y nuevas”. 

sábado, 22 de febrero de 2025

El comunismo y el nazismo tenían el mismo objetivo de purificar el mundo

Hitler y Lenin
El comunismo y el nazismo tenían el mismo enemigo, la sociedad burguesa, y el mismo objetivo de purificar el mundo a través de un terror catártico. Tras el pretexto de la raza o de la clase social, de la plena regeneración y de la creación de un hombre nuevo, un mismo bestial totalitarismo. Como la historia la hacen los individuos, detrás de un fenómeno tan singular se encuentran dos caracteres muy peculiares y extremadamente parecidos en casi todo, tanto en su particular universo simbólico como, especialmente, en su odio hacia el mundo que les había visto nacer y que, caprichos de la historia, les había permitido alcanzar su enfermiza conciencia política. Estos dos personajes fueron Vladimir Ilich Lenin y Adolf Hitler.
Lenin y Hitler no es que confundiesen el partido con el país, que también, sino que confundían el país y el destino mismo de la especie humana con su averiada cosmovisión. No había, además, nada moral que reprocharse. Se trataba de combatir el mal absoluto representado por el antiguo mundo burgués con el bien absoluto que encarnaban sus dos variantes de socialismo revolucionario. Era una cuestión, como bien apunta Pellicani, de salvación de la especie. Uno y otro iban a “reconducir a la sociedad a su pureza originaria”. Había que hacer primero una gran purga catártica y necesariamente brutal que limpiase el tejido social de elementos corruptos y corruptores. Para los comunistas estos elementos eran los propietarios (grandes, pequeños o medianos) y el clero; para los nazis, los judíos y otras razas inferiores que tendrían que ser eliminadas o sojuzgadas por los amos arios. Para ambos la burguesía en su conjunto y su elaboración más perfeccionada, el mundo moderno. La revolución iba a consistir en eso mismo, en ofrecer felicidad y armonía a cambio de un pequeño sacrificio inicial consistente en aniquilar físicamente a una parte de la humanidad.
El nazismo duró muy poco. Desde la llegada de Hitler al poder hasta el estallido de la guerra mundial discurrieron algo más de seis años. Los seis restantes el régimen nazi los pasó en una guerra total de exterminio hasta la rendición incondicional del 7 de mayo de 1945. El nazismo no tuvo tiempo de desarrollar todo su programa.
El leninismo y el nazismo crearon sendas religiones profanas cuya deidad máxima era el Estado.Ellos, los revolucionarios profesionales, serían los sumos sacerdotes. Curiosamente tanto los líderes comunistas como los nazis se entregaron a un obsceno culto a la personalidad. Los miembros de las SS prestaban un juramento de lealtad al Führer, el guía de carne mortal que llevaría a la endiosada nación alemana hasta la victoria final sobre sus enemigos. En Moscú, en los desfiles en la Plaza Roja, lo que más proliferaban eran los retratos de Marx, Engels, Lenin y los miembros del Politburó portados por musculosos trabajadores como en una procesión religiosa. La fe ciega en el Estado (la estatolatría de la que hablaba Ludwig von Mises), es definitoria del totalitarismo.
Referencia:Lenin y Hitler de Luciano Pellicani.

sábado, 9 de noviembre de 2024

Pocos términos históricos, o políticos, admiten una polisemia tan diversa como el de fascista

Para el historiador Julio Gil Pecharromán “el nacionalsocialismo alemán se engloba dentro de lo que, genéricamente, definimos como el totalitarismo fascista, un modelo de organización de la sociedad y del Estado, con variantes nacionales, que se convirtió en sinónimo de triunfo en la Europa de entreguerras. Pocos términos históricos, o políticos, admiten una polisemia tan diversa como el de fascista. Desde su primitiva vinculación a la identidad de un partido político y de una propuesta ideológica, luego a una forma de Estado, más tarde a un bloque geopolítico y militar en guerra, para alcanzar en nuestros días el valor de exabrupto o descalificación de una conducta personal. Pese a su estrepitosa derrota de 1945, la connotación histórica del fascismo ha conservado un cierto aura de prestigio, o siquiera de fascinación, entre colectivos sociales concretos. En la Europa centro-oriental, caído el Muro de Berlín, durante los años noventa se produjo una cierta reivindicación de la fascistización de entreguerras por la vía de un renacido anticomunismo y de la reafirmación nacional frente a los vecinos. En el Oeste, la herencia del fascismo de los años treinta siempre ha sido reivindicada por opciones nacionalistas que, en no pocas ocasiones, han sentado diputados en los Parlamentos democráticos.”
Para el historiador Álvaro Lozano Cutanda, “el nazismo fue un período único y brutal, y su historia levanta todavía una terrible polémica. En Alemania los debates en torno al nazismo son seguidos con gran atención por parte de una opinión pública que se debate todavía entre el olvido y el doloroso recuerdo. El dilema de olvidar fue enfrentado por Chaim Herzog en 1987, cuando se convirtió en el primer presidente de Israel que visitaba Alemania tras la creación del Estado de Israel. En el transcurso del viaje visitó el antiguo campo de concentración de Bergen-Belsen, que él había conocido cuando servía como oficial del ejército británico en 1945. Enfrentado al horror del recuerdo de aquel campo afirmó: “No traigo el perdón conmigo, ni tampoco el olvido. Los únicos que pueden perdonar están muertos, los vivos no tienen derecho a olvidar”.

miércoles, 23 de agosto de 2023

Nos encontramos en una situación de estancamiento económico y un empobrecimiento general

Estado de bienestar

Uno de esos intentos de transformación social, que se inició en Rusia en 1917, ha marcado la trayectoria de los cien años transcurridos desde entonces. La amenaza de subversión del orden establecido que implicaba el modelo revolucionario bolchevique determinó la evolución política de los demás, empeñados en combatirlo y, sobre todo, en impedir que su ejemplo se extendiera por el mundo. Fascismo y nazismo, por ejemplo, nacieron como respuestas a la amenaza comunista, proponiendo como alternativa modelos de revolución nacionalista que no pasaron de formulaciones retóricas. Respuestas más positivas a esta misma amenaza fueron los avances conseguidos en muchos países por el movimiento obrero en alianza con la socialdemocracia. La culminación de esta dinámica se produjo después de la Segunda guerra mundial, cuando, tras la derrota del fascismo, los avances sociales del estado de bienestar cumplieron la función de servir como antídoto contra la penetración de las ideas del comunismo en las sociedades del mundo desarrollado. Fue así como se alcanzó aquella situación excepcional de los años que van de 1945 a 1975, cuando en los países desarrollados se registraron las mayores cotas de igualdad hasta entonces conocidas y se reforzó la ilusión de un mundo de progreso continuado en que los grandes objetivos sociales de los revolucionarios podrían alcanzarse pacíficamente por la vía de la negociación. A partir de los años setenta del siglo pasado, sin embargo, al tiempo que se hundía el poder soviético y que el comunismo dejaba de ser una amenaza interna para las sociedades occidentales, esa trayectoria cambió para dar paso a la reconquista del poder por las clases dominantes y a una fase de retroceso social que culminó después de la crisis final del sistema socialista en 1989, saludada por los intelectuales al servicio del sistema con augurios de que el triunfo de la democracia liberal y de la economía de mercado iban a significar el inicio de una nueva era de progreso e igualdad. No ha sido así, de modo que hoy, después de la disolución definitiva de la URSS, resulta evidente que no ha habido los avances anunciados, sino que, por el contrario, nos encontramos en una situación de estancamiento económico y ante el panorama de una desigualdad creciente que se traduce en un empobrecimiento general, escribe el historiador Josep Fontana, que fue  catedrático de la Universidad Pompeu Fabra.

sábado, 6 de mayo de 2023

El fascismo y el nazismo son regímenes aparecidos en naciones de antigua civilización pero de unidad política reciente

La ideología de Hitler obedece a las influencias que marcaron su juventud. El pangermanismo basa su racismo fanático en la idea del superhombre alemán. Para mantener la angustia colectiva y movilizar a su pueblo, el Führer invoca una conjura universal cuya paternidad atribuye a los judíos. El antisemitismo hitleriano constituye la traducción visible, y la más masivamente criminal, del carácter patológico del nazismo. El paganismo congénito del régimen, su exaltación de la mitología germánica, su romanticismo del suelo y de la sangre (Blut und Boden), su llamada a las fuerzas oscuras del inconsciente, su odio por los débiles, hacen de él un proyecto radicalmente anticristiano.
¿Fascismo? A pesar de sus diferencias, este término puede, sin ser muy riguroso, designar lo que tienen en común el sistema de Mussolini y el de Hitler. En ambos casos, se trata de regímenes aparecidos en naciones de antigua civilización pero de unidad política reciente, que padecen convulsiones de posguerra, crisis económica, crisis del Estado, reivindicaciones nacionalistas. En ambos casos, un jefe de origen modesto se apodera del control del Estado. Sus tropas, y él mismo, habrían podido ser comunistas, pero el internacionalismo repele a estos hombres que participaron en la guerra. El fascismo es anticomunista. Sin embargo, para él, el comunismo no es un fenómeno subversivo, es un competidor. En la lucha por el poder, lo combate incluso con sus propias armas (violencia verbal y física, intimidación en los centros de votación, terror en la calle). Jules Monnerot afirma que “el fascismo actúa como una vacuna anticomunista, se parece al comunismo lo suficiente como para eliminarlo”.

Jean Giraudoux

La République de Périgueux, órgano del radical Georges Bonnet,(Bassillac, 23 de julio de 1889-París, 18 de junio de 1973) fue un abogado y político francés, entonces ministro de Asuntos Extranjeros, explica que son los judíos los que quieren la guerra contra Alemania para proteger a sus correligionarios. ¿También hay que citar a Jean Giraudoux? En julio de 1939, en su libro Pleins pouvoirs (Plenos poderes), el escritor realiza unas extrañas observaciones: “El país será salvado sólo provisionalmente gracias a los ejércitos. Sólo puede serlo definitivamente gracias a la raza francesa, y estamos totalmente de acuerdo con Hitler en proclamar que una política alcanza su forma superior únicamente si es racial”. Algunos meses más tarde, Giraudoux será comisario de Información en el gobierno del radical Daladier.

domingo, 5 de febrero de 2023

La desconfianza, el miedo o el desprecio hacia el individuo diferente

Fundada sobre la tesis de la desigualdad biológica de las razas humanas, de la superioridad de ciertas razas sobre otras, y sobre el pretendido derecho de las razas superiores a someter, o incluso hacer desaparecer a las razas llamadas inferiores, impuras o molestas, la metafísica racista del nazismo inspiró, como se sabe, un programa de exterminio de los judíos y gitanos de Europa, de sojuzgación de los latinos y los eslavos. Lo absurdo de la teoría procede, además, entre otras pruebas, del hecho de que no existe una raza judía. El judaísmo y la judaidad (este último término ha sido introducido por Albert Memmi para designar el sentimiento de pertenecer a una tradición cultural y consuetudinaria de los judíos no religiosos) se encuentran en casi todas las razas humanas. Es cierto que la contradicción en los términos es casi una de las condiciones del sectarismo ideológico. El racismo nazi constituyó una monstruosidad bien definida, netamente localizada en el espacio y en el tiempo, una clasificación ideológica fundada sobre una obsesión por lo puro y lo impuro, que por otra parte no es ajena a la mentalidad segregativa comunista, con sus “ratas viscosas”, sus “víboras lúbricas” y otros “chacales” o “hienas”, con los que no se termina más que “liquidándolos” con las “luchas”. Del mismo modo, bajo la Revolución francesa, durante la guerra civil de la Vendée, la Convención proclamó su firme propósito de “exterminar a los bandoleros de la Vendée”, incluida la población civil, para “purgar completamente el suelo de la libertad de esa raza maldita”. Se apreciará la lógica del razonamiento que preconiza el genocidio en nombre de la libertad. Los “comportamientos de exclusión” aliados a una ideología totalitaria conducen, en efecto, a una lógica.

La desconfianza, el miedo o el desprecio hacia el individuo diferente, que viene de una comunidad diferente, practica una religión diferente, habla una lengua diferente, tiene una apariencia física diferente, son sentimientos antiguos y universales. Dan lugar a conductas de exclusión. En el mejor de los casos, de distinción; en el peor, de segregación. Para superar estos sentimientos y corregir estas conductas, cada uno de nosotros necesita una educación, una filosofía política, fruto de una larga participación en la civilización democrática, de una larga impregnación de las mentalidades por una moral humanista y universalista. “Es el racismo lo que es natural, escribe Albert Memmi, y el antirracismo lo que no lo es; este último no puede ser más que una conquista larga y difícil, siempre amenazada, como lo es toda experiencia cultural”. Conseguir que todos hagan suya esta experiencia cultural es un resultado que no es fácil de obtener, rápidamente, en todas partes, y que ciertamente no se logrará tratando de verdugo nazi a todo individuo cuya alma contiene resabios de prejuicios xenófobos o racistas, y que no mantiene con su vecino magrebí o negro unas relaciones tan fraternales y corteses como sería de desear, manifiesta Jean-François Revel.

miércoles, 14 de diciembre de 2022

La vorágine política de ideologías de la que acabaría emergiendo el nazismo

Ludwig Woltmann

El antropólogo Ludwig Woltmann, afirmaba en 1900 que la raza aria o alemana representaba la cúspide de la evolución humana y era, por tanto, superior a todas las demás. En consecuencia, proclamaba, la “raza germánica ha sido elegida para dominar la Tierra”. Pero había, según él, otras razas que estaban impidiendo que eso sucediese. Los alemanes necesitaban, en opinión de algunos, más “espacio vital” y ese espacio tendrían que adquirirlo a expensas de otros, muy probablemente de los eslavos. Esto no era porque el país estuviese literalmente superpoblado, sino porque quienes exponían estas ideas tomaban la concepción de territorialidad del reino animal y la aplicaban a la sociedad humana. La vorágine política de ideologías radicales de la que acabaría emergiendo el nazismo estaba ya girando vigorosamente mucho antes de la Primera Guerra. 



jueves, 13 de octubre de 2022

Sustituyeron a Dios por el diablo y al amor por el odio

Señaló Churchill en su discurso “Arms and the covenant”, del 3 de diciembre de 1936, que el nazismo, al igual que su frère ennemie, el comunismo, era una religión secular, “una religión sin Dios” que “batalla con las armas del siglo XX”. Las dos mayores religiones políticas totalitarias del siglo XX rechazaron la herencia moral de la civilización occidental y “sustituyeron a Dios por el diablo y al amor por el odio”. Churchill nunca sucumbió ante la ilusión de esos autodenominados “realistas”, que aseguraban una y otra vez, a sí mismos y a los demás, que Hitler estaba persiguiendo el “interés nacional” de Alemania, aunque tal vez de una manera un tanto desagradable y agitada.En sus grandes discursos bélicos, Churchill apela abiertamente tanto a la democracia liberal como a la ética cristiana, como las bases morales indispensables para resistir a la tiranía nazi y el comunismo. Su énfasis siempre estaba puesto en la “continuidad” de la civilización occidental, que reconoce las sagradas demandas de compasión y justicia, así como también los derechos y la dignidad inviolables de los seres humanos libres.

lunes, 11 de abril de 2022

El auge del Partido Comunista, en el Frente Popular, y de la Falange en el bando nacional

Uno de los fenómenos más llamativos de la guerra civil española, tras su inicio en julio de 1936, fue el explosivo auge del Partido Comunista, en el Frente Popular, y de la Falange en el bando nacional. Ello ha creado un cierto espejismo sobre la importancia de ambos partidos en la preparación de la guerra. Sin embargo esa importancia fue muy secundaria. El PCE sólo comenzó a influir en la política española tras la insurrección de octubre, y sobre todo desde las elecciones de febrero del 36; y con la Falange sucede algo parecido, pero mucho más acentuado, pues en aquellas elecciones quedó aislada de la derecha y no obtuvo ni un escaño, escribe el historiador Pío Moa.

José Antonio Primo de Rivera

La Falange, dice Moa, fue el partido más similar al fascismo que hubo en España, si bien no se reconocía fascista. Desde luego sus diferencias con el nazismo eran esenciales; no admitía el racismo ni el principio de “sangre y tierra”, se proclamaba abiertamente religiosa y exaltaba valores caballerescos, sin rendir culto a la violencia, aunque predispuesto a ella. José Antonio Primo de Rivera apreciaba poco a Mussolini, y muy poco a Hitler, lo cual no impedía a la Falange simpatizar con los fascismos, por su lucha contra el comunismo, su supuesta superación del liberalismo, y por los valores comunes de disciplina, patriotismo y jerarquía.

domingo, 28 de noviembre de 2021

La resistencia francesa en la Segunda Guerra Mundial fue un hecho minoritario


Michael Burleigh, historiador británico especialista en historia contemporánea, cuenta que si la resistencia francesa en la Segunda Guerra Mundial hubiera sido consecuencia del hambre, entonces habría constituido un movimiento masivo en lugar del hecho minoritario que fue. Como afirmó un desilusionado comunista, la resistencia fue sobre todo una cuestión de carácter o naturaleza, más que de deliberación consciente. Un significativo número de miembros de la resistencia parecían tener claro que el nazismo era inherentemente malvado, de nuevo un adjetivo que los historiadores, contrariamente a clérigos o jueces, parecen no querer utilizar en la actualidad.

En una guerra clandestina, las mujeres eran tan importantes como los hombres, especialmente porque podían explotar su feminidad o maternidad para escapar al riguroso escrutinio de los policías. Muchos extranjeros,incluidos exiliados alemanes, polacos y españoles republicanos, figuraron también junto a los elementos autóctonos. Durante los primeros años, la resistencia constituyó en gran medida un fenómeno urbano centrado en París, Lyon y Marsella, pero a partir de 1943 la geografía de la revuelta se extendió también a zonas agrícolas más remotas con el crecimiento de los maquis, bandas armadas cuyo nombre genérico procedía de los montes de Córcega.

El hecho de vivir bajo múltiples identidades, de mudarse constantemente de un domicilio seguro a otro y de someterse a las demandas de una meticulosa actividad clandestina, donde no cabía el error, generaba un enorme estrés, y las memorias de destacadas figuras de la resistencia, como Henri Frenay, están salpicadas de experiencias traumáticas causadas por la pérdida de estimados camaradas.


jueves, 19 de marzo de 2020

Totalitarismo



El totalitarismo es un fenómeno político que no se ha dado sino hasta el siglo XX, y en dos formas tan dispares como el nazismo y el comunismo. Un régimen totalitario no es simplemente un régimen dictatorial. De modo correcto distinguía el profesor de filosofía Alfred Hoernlé, en una conferencia dada en abril de 1937 en la Universidad de Johannesburgo, entre el simple tirano o dictador (que se beneficia del poder pero que no quiere hacer nada con él, salvo conservarlo o acrecentarlo) del líder totalitario, que anda detrás de algo mucho más peligroso, emplear el poder como instrumento para realizar una idea que le resulta personalmente enardecedora, en la visión de cuya pureza se consume, una sociedad organizada de forma perfecta, siguiendo un plan intelectual. Un déspota absoluto, como Luis XIV de Francia, puede decir aquello de “El Estado soy yo” en su intervención ante el Parlamento el 13 de abril de 1655. Pero lo que le faltaba a Luis XIV para convertirse en alguien en verdad temible, dice el filósofo Juan Antonio Rivera, era lo que precisamente distingue al gobernante totalitario, y es verse a sí mismo como el arquitecto de un orden social definitivo en su perfección. El Estado, añade Rivera, con todo su instrumental coercitivo, es el medio para plasmar esta idea de bien común que se ha apoderado de la imaginación del dirigente. Él es el único que conoce en qué consiste la voluntad colectiva, lo que “su pueblo”, “su nación” e inclusive “la humanidad” realmente quieren, lo que les hará felices. Si los individuos tienen proyectos de vida personales, si hay instituciones sociales que persiguen determinados fines, unos y otros han de ser vaciados de sus deseos, de modo tal que únicamente subsista la voluntad del líder, que se confunde con la voluntad general. El totalitarismo tiene, por lo tanto, un efecto devastador tanto sobre las instituciones de la sociedad civil como sobre los individuos y sus planes de vida. En este afán excluyente de cualquier otro centro de voluntad estriba la diferencia entre un régimen meramente autoritario o autocrático y uno totalitario.

viernes, 10 de mayo de 2019

El acontecimiento político más importante del siglo XX fue el enfrentamiento entre regímenes democráticos y regímenes totalitarios


El acontecimiento político más importante del siglo XX fue el enfrentamiento entre regímenes democráticos y regímenes totalitarios, en el que los segundos pretendían corregir los defectos de los primeros. Este conflicto, responsable de la Segunda Guerra Mundial, de unos sesenta millones de muertos y de infinitos sufrimientos, concluyó con la victoria de la democracia. Se venció al nazismo en 1945, y el hundimiento del comunismo data de noviembre de 1989, con la caída del muro de Berlín, que simboliza el desenlace. Es inconcebible que en un futuro próximo resurja la amenaza totalitaria. Es cierto que algunos países del mundo siguen reivindicando la ideología comunista, pero ya no nos parecen una amenaza, sino anacronismos que seguramente no sobrevivirán mucho tiempo.



Tzvetan Todorov opina que el populismo actual no supone el resurgimiento del fascismo, y todavía menos del nazismo. Su sentido histórico es otro. Su actual ascenso muestra que por fin se ha pasado una importante página de la historia del siglo XX. El ciclo que inició la Primera Guerra Mundial y que cerró la caída del muro de Berlín, que vivió el florecimiento y después el hundimiento de la utopía comunista, la toma del poder por parte de regímenes fascistas y nazis, y su posterior desaparición, ese ciclo que colocó en la palestra los totalitarismos y las democracias ha concluido en la actualidad.

jueves, 28 de marzo de 2019

Lo que, en el mundo del espíritu, se ha alcanzado a través del tiempo, en otro tiempo puede perderse

Cristobal Montes.
Nuestro mundo no es el mundo grecorromano, ni tampoco el de la  Edad Media, del floreciente Renacimiento, del racionalismo de la Ilustración, del Romanticismo o de la euforia modernista-progresista, sino un mundo que, junto a niveles científico-tecnológicos nunca antes alcanzados y grado de bienestar material en Occidente impensable en otras épocas, se ha estancado en lo metafísico, no ha avanzado tampoco, incluso ha retrocedido, en sus cánones éticos y morales, ha transgredido y continúa transgrediendo ese acervo de boni mores tan trabajosamente construido, se halla prisionero de sus propios logros y conspira peligrosamente contra todo lo que ha contribuido a su propia elevación y progreso, escribe el profesor Cristobal Montes.

Añade que “el hombre y la mujer adultos occidentales cuando miran dentro de sí, ciertamente pueden extasiarse al contemplar la inmensidad de los logros culturales, morales y espirituales que albergan, hasta el punto de que bien ordenados esos bienes, estando dispuestos a seguir sus mandatos y proclives a utilizarlos en plenitud, la vida contemporánea podría ser más feliz, realizada y prometedora que en momento anterior alguno. Y, sin embargo, no es así, ni siquiera por aproximación. En pocos momentos de su ya bimilenaria historia el hombre occidental se ha hallado más confundido, más perdido y más perplejo. Lo tiene todo o casi todo, pero en permanente peligro e inseguridad; conoce más que nunca, mas ese conocimiento
no le procura felicidad; sabe que posee uno de los códigos éticos, el judeo-cristiano, más acabado y perfectivo que pueblo alguno haya tenido, pero no acierta, no sabe o carece del valor y la entrega precisos para aplicarlo; ha padecido, como ningún otro grupo humano, los horrores de las revoluciones desaforadas, de las guerras aniquiladoras y de las más tenebrosas y sangrientas ideologías, pero no ha aprendido lo suficiente y, sobre todo, no se ha hecho el propósito firme de nunca más caer en tan aterradoras tentaciones; y, en particular, a pesar de haber alcanzado la forma de gobierno óptima de la democracia y de formalmente identificarse con sus valores de tolerancia, respecto al adversario, gobierno limitado, alternancia en el poder y defensa de las minorías, constantemente afloran entre nosotros rasgos contrarios, peligrosas tentaciones y muestras preocupantes de que nuestra pátina político-cultural democrática, que ciertamente ha impedido, como señala Keane, la guerra entre democracias durante dos siglos, no está asegurada ad aeternum, no es absolutamente firme, y no deja de presentar signos preocupantes de disolución, retroceso y abandono, confirmando, una vez más, la sabiduría clásica del corruptio optima pessima y la percepción histórica de que lo que, en el mundo del espíritu, se ha alcanzado a través del tiempo, en otro tiempo puede perderse, como lo acredita ad nauseam la defección de modo de vida clásico grecorromano o la aparición hace poco más de medio siglo de los horrores del nazismo y del comunismo”.

jueves, 25 de octubre de 2018

El nacimiento del fascismo y el nazismo fue producto de las tendencias socialistas.

Friedrich  Hayek
Pocos son los dispuestos a reconocer que el nacimiento del fascismo y el nazismo no fue una reacción contra las tendencias socialistas del período precedente, sino el producto inevitable de aquellas corrientes. Es un hecho que la mayoría de las gentes no querían ver, cuando ya se percibía desde lejos la semejanza de muchos rasgos repulsivos de los regímenes interiores en la Rusia comunista y en la Alemania nacionalsocialista. Como resultante de ello, muchos que se consideran infinitamente por encima de las aberraciones del nazismo y que odian sinceramente todas sus manifestaciones se afanan ala vez por ideales cuyo triunfo conduciría directamente a la tiranía aborrecida, escribe el filósofo, jurista y economista austriaco Friedrich  Hayek.

martes, 5 de junio de 2018

La criminalidad del nacismo proviene de aquella parte de su inspiración que comparte con el comunismo.

Hitler y Lenin.
“Lenin no escondió en lo más mínimo lo que debía a los jacobinos; Hitler, lo que debía a Lenin”, señala Jules Monnerot. De todo ello se deriva que intentar absolver al comunismo en nombre de su inspiración profunda, acorde con los ideales de la modernidad, equivale a oscurecer el hecho de que esta inspiración constituye la raíz no sólo de sus crímenes, sino también de los del nazismo, afirma el
Jules Monnerot
académico francés Alain de Benoist. Nada es más falso que pensar que, contrariamente al comunismo, el nazismo ha sido un régimen criminal por adecuarse a una ideología exclusivamente propia de él. Por el contrario, su criminalidad proviene de aquella parte de su inspiración que comparte con el comunismo. Es lo que constata François Rouvillois cuando escribe, a propósito del nazismo, que lo que le hace criminal no es lo que le distingue del marxismo, sino muy precisamente lo que comparte con él. Si el marxismo y el nacionalsocialismo, agrega Rouvillois, son igualmente totalitarios, es por lo que les une, es porque ambos provienen de esta modernidad radical que, por sus presupuestos históricos y antropológicos, no podía sino acabar en la pesadilla.

Alain de Benoist
Alain de Benoist escribe que “de igual modo que los logros positivos de un régimen totalitario no pueden justificar sus crímenes, o que los crímenes de un régimen totalitario no pueden justificar los de otro, el recuerdo de los sistemas totalitarios no puede hacer aceptar a la sociedad actual en lo que tiene de más destructivo y deshumanizante. No se tiene el derecho de aceptar una suerte injusta, so pretexto de que se podría sufrir otra peor. Los sistemas políticos tienen que ser juzgados por lo que son, no mediante la comparación con otros, cuyos defectos atenuarían los suyos. Cualquier comparación deja de ser válida cuando se convierte en una excusa, cada patología social tiene que ser estudiada por separado”.

viernes, 13 de octubre de 2017

Cuando terminó la guerra los alemanes hubiesen sido capaces de volver a votar a Hitler.

Los alemanes se pirraban por Hitler. Es verdad que después de ser elegido cambió las estructuras de poder por una dictadura, pero también es verdad que cuando terminó la guerra la gente hubiese sido capaz de volver a votarlo.

Encuestas realizadas en los años inmediatos a la guerra mostraron que el periodo de Hitler en la historia alemana (1933 − 1945) era visto como positivo por alrededor del 40
por ciento de la población alemana: «Umfrage des Instituts für Demoskopie Allensbach 1951», en Alfred Grosser, Die Bonner Demokratie: Deutschland von draußen gesehen, Rauch, Dusseldorf, 1960, p. 22. Según una encuesta de 1971 la mayoría del pueblo alemán mantenía que el nazismo era una buena idea que había fallado en su implementación: Max Kaase, «Demokratische Einstellungen in der Bundesrepublik Deutschland», en Rudolf Wildemann (ed.),