miércoles, 18 de febrero de 2026

Hay un declive de la inteligencia

Escribe Oriana Fallaci en La fuerza de la Razón que el cerebro es un músculo. Y como cualquier otro músculo necesita entrenamiento. Y si no se entrena, se vuelve perezoso, se entorpece. Se atrofia como se atrofian mis piernas cuando durante meses y meses permanezco en esta mesa, siempre escribiendo, siempre estudiando… Y al atrofiarse se hace menos inteligente, incluso se vuelve estúpido. Al volverse estúpido pierde la facultad de razonar, juzgar, y se entrega al pensamiento ajeno. Se entrega a las soluciones ya listas, a las decisiones ya tomadas, a los pensamientos ya elaborados confeccionados listos para usar……..No ser capaz de pensar con la propia cabeza, ni siquiera para encender el fuego o para calcular que dos más dos son cuatro, ese cerebro aceptará cualquier mentira o cualquier estupidez sin reaccionar.
Hay un declive de la inteligencia. La individual y la colectiva. La inconsciente que dirige el instinto de supervivencia y la consciente que dirige la facultad de entender, de aprender, de juzgar, y por lo tanto de distinguir entre el bien y el mal.

El anhelo natural de felicidad

La película de Fred Zinnemann, Un hombre para la eternidad (1966), está dedicada a los últimos años de la vida de Tomás Moro y sus difíciles relaciones con Enrique VIII. El film está basado en una obra de teatro de Robert Bolt, representada con éxito durante años. La película nos regala una prueba de la existencia de Dios, llamada técnicamente “por el anhelo natural de felicidad”. Ese anhelo natural que hay en todo ser humano supondría la existencia de lo anhelado, pero como el corazón del hombre no puede ser llenado por nada finito, debe existir un ser Infinito que colme sus deseos, que sería Dios. Al final de la película, cuando Tomás Moro va a ser decapitado, le dice a su verdugo a la vez que, como era costumbre, le entrega una moneda: “Haz tu trabajo sin preocuparte, que a mí me llevas junto a Dios”. “Muy seguro estás de ello, sir Thomas”, le contesta burlonamente el alguacil. A lo que Tomás responde con serenidad: “No puede defraudarme Aquel a quien tanto deseo ver”. Al momento, cae el hacha.


martes, 17 de febrero de 2026

Cuando nos posicionamos contra nuestros padres nos convertimos en portavoces de un mundo peor

Hace más de sesenta años, Adorno describió esta inesperada actitud en el segundo aforismo de Mínima moralia: En la sociedad hostil, incluso las relaciones entre generaciones son unas relaciones competitivas tras las cuales se esconde una violencia simple y llana. Pero hoy estamos empezando a retroceder, involucionando hacia un escenario que, más que conocer el complejo de Edipo, lo que conoce es el parricidio. La eliminación de la gente muy anciana es uno de los delitos simbólicos del nazismo. Y estamos obligados a tener en cuenta, con terror, que cuando muy a menudo nos posicionamos contra nuestros padres en tanto que son representantes del mundo, nos convertimos, sin saberlo, en portavoces de un mundo aún peor.

Referencia: Sobre la educación en un mundo líquido (Zygmunt Bauman, amp y  Riccardo Mazzeo)

Eros y ágape

Eros y ágape, que a menudo se han radicalizado y opuesto entre sí (como amor de deseo y amor de benevolencia, amor ascendente y amor descendente, amor posesivo y amor oblativo, amor a uno mismo y amor al otro, etc.) se integran elevándose y purificándose.  Benedicto XVI escribe en Deus caritas esta que “en realidad, eros y agapé (amor ascendente y amor descendente) nunca llegan a separarse completamente. Cuanto más encuentran ambos, aunque en diversa medida, la justa unidad en la única realidad del amor, tanto mejor se realiza la verdadera esencia del amor en general. Si bien el eros inicialmente es sobre todo vehemente, ascendente (fascinación por la gran promesa de felicidad), al aproximarse la persona al otro se planteará cada vez menos cuestiones sobre sí misma, para buscar cada vez más la felicidad del otro, se preocupará de él, se entregará y deseará “ser para” el otro. Así, el momento del agapé se inserta en el eros inicial; de otro modo, se desvirtúa y pierde también su propia naturaleza. Por otro lado, el hombre tampoco puede vivir exclusivamente del amor oblativo, descendente. No puede dar únicamente y siempre, también debe recibir. Quien quiere dar amor, debe a su vez recibirlo como don”.

lunes, 16 de febrero de 2026

Ser un mal hombre es una tragedia


Escribe J. R. Moehringer en su novela El bar de las grandes esperanzas : “creían que ser un buen hombre es un arte, y que ser un mal hombre es una tragedia, tanto para el mundo como para quienes dependen de ese trágico hombre en cuestión”.


El amor abre el espíritu al mundo en su plenitud de valor

El amor no es ningún “mérito”, sino sencillamente una “gracia”. No solamente gracia, sino también encanto. Para el amante, el amor hechiza el mundo, lo transfigura, lo dota de un valor adicional. El amor aumenta y afina en quien ama la resonancia humana para la plenitud de los valores. Abre el espíritu al mundo en su plenitud de valor, a la “totalidad de los valores”. De este modo, debido a su entrega al tú, el yo, el amante, adquiere una riqueza interior que trasciende del tú, del ser amado. El cosmos entero gana, para él, en extensión y en profundidad de valor, resplandece bajo la luz brillante de aquellos valores que sólo el enamorado acierta a ver, pues el amor no hace al hombre ciego, como a veces se piensa, sino que, por el contrario, le abre los ojos y le aguza la mirada para percibir los valores.
El amor (en el exacto sentido de la palabra) es la más alta forma posible de lo erótico (en el sentido más amplio del término), como la más profunda penetración posible en la textura personal de la otra parte, la vinculación con algo espiritual. La relación directa con lo espiritual en la otra parte constituye, por tanto, la más alta forma posible de emparejamiento. Quien ama en este sentido no se ve tampoco excitado en su propia corporalidad, ni conmovido en su propia emotividad, sino afectado en lo más hondo de su espíritu por el portador espiritual de lo que en el ser amado hay de corpóreo y de emocional, por su meollo personal. El amor es, por tanto, la orientación directa hacia la persona espiritual del ser amado, en cuanto algo único e irrepetible (rasgos que hacen de ella una persona espiritual)…….No ve un “tipo” de cuerpo capaz de excitarle, ni tampoco un tipo de alma capaz de conmoverle, sino que ve al mismo ser humano, a la persona misma a quien ama como un ser incomparable e insustituible.
En su amor, quien verdaderamente lo siente, no “tiene en mientes” (mentar, intendere) jamás esas o las otras cualidades psíquicas o físicas que puedan darse “en” la persona amada, este o aquel modo de ser que la persona “tenga”, sino lo que el ser amado “es” como algo único en el mundo. Por serlo, precisamente, no es nunca ni en modo alguno sustituible por ninguna especie de “doble”.

Referencia: Psicoanálisis y existencialismo (Viktor Frankl)

domingo, 15 de febrero de 2026

Como si la Justicia pudiera quitarse la venda de los ojos

Cándido Conde-Pumpido, presidente del Tribunal Constitucional de España actúa con frecuencia como si estuviera entre las funciones de esa alta instancia juzgar los efectos de sus fallos y hacer pronósticos políticos. Como si la Justicia pudiera quitarse con alegre impunidad la venda de los ojos con la que se la simboliza para mirar a quién juzga y calcular las consecuencias sociales de sus decisiones táctica y estratégicamente.