martes, 17 de marzo de 2026

Ningún país va a reducir su crecimiento o su consumo de forma sustancial a la vista de un problema medioambiental que se producirá a largo plazo

Tony Blair sorprendió con una frase en la Clinton Global Initiative de 2005, cuando dijo: “Creo que si vamos a actuar ante esto(problema medioambiental), debemos comenzar desde la honestidad más brutal acerca de las políticas que utilizaremos para resolverlo. Lo cierto es que ningún país va a reducir su crecimiento o su consumo de forma sustancial a la vista de un problema medioambiental que se producirá a largo plazo. Para lo que sí están preparados los países es para intentar trabajar codo con codo, con el fin de resolver este problema de forma que nos permita desarrollar la ciencia y la tecnología de modo beneficioso”. Algo parecido nos dijo uno de los más importantes investigadores económicos: “Unas reducciones drásticas en las emisiones solo se podrán conseguir si las tecnologías de las energías renovables abaratan sus precios hasta valores razonables” (Clinton Global Initiative).
Habría que dedicar un 0,05% del PIB a I+D en tecnologías de generación energética sin emisión de carbono. El precio sería unos 25.000 millones de dólares por año.

Los alumnos de hoy estudian más años, cuestan más a la sociedad, pero aprenden menos

Los que dirigen la formación de los jóvenes no intentan establecer lazos de solidaridad entre éstos y la sociedad, sino que quieren formar jóvenes que sientan urgencia de cambiar la sociedad. En otras palabras, desde una institución como la escuela, que es para todos, los pedagogistas actúan según su agenda política, aunque no sea el ideal apoyado por la mayoría de los votantes. Lejos de desempeñar una función neutra y al servicio de los padres, de los alumnos y de la sociedad, los están utilizando para sus propios fines. Así es como la libertad y no el conocimiento se ha convertido en el valor clave de la escuela. Supuestamente, se incrementaría la libertad al destruir la cultura, una idea anarquista. Hay quienes alaban el caos por ver en él posibilidades creativas. Este nuevo “régimen” fue introducido en la escuela sin haberse comprobado de antemano cuáles serían sus resultados, involucrando a la sociedad en un experimento de laboratorio a escala gigantesca para el que no existe ningún tipo de seguridad. Los alumnos de hoy estudian más años, cuestan más a la sociedad, pero aprenden menos. Esto no parece importarles a los pedagogistas, que simplemente niegan los hechos diciendo que los alumnos no habrían aprendido menos sino otras cosas. Lo fraudulento es que no exista el modo de medir estas “otras cosas” y que, por lo mismo, se trata de afirmaciones gratuitas. Después de vaciar a la escuela de su tradición, se abren las puertas al capricho, a la moda, a la comunicación, a lo lúdico, en fin, a cualquier cosa que no requiera el largo aprendizaje previo característico de la cultura. ¿A qué otras cosas supuestamente aprendidas por los alumnos se refieren los que quieren desarrollar la educación? Todos mencionan lo mismo, usar un buscador en internet, saber imprimir un texto en una impresora y no tener miedo a cuestionar los contenidos curriculares. A esto último se lo denomina “haber adquirido pensamiento crítico”. 
Lo moderno se presenta como libre, abierto, sin límites, creativo, lo que se traduce en la práctica como “todo vale”. Cualquier opinión vale lo mismo que las conclusiones de alguien que haya estudiado un campo de conocimientos. En vez de dar énfasis al aprendizaje se desculpabiliza a la ignorancia. La escuela ya no ayuda a los incultos a volverse cultos, sino que les hace creer que son cultos. La diferencia entre el inculto de antes y el de hoy estriba en que el primero sabía que no era culto. Ahora se trata de halagar al inculto. La destrucción de la tradición es la destrucción de la cultura. Si no se enseña a los jóvenes la cultura, deberá volver a hacerse todo desde el principio. Lo que se pretende es empezar desde cero porque así todos los jóvenes quedarían al mismo nivel, precisamente ese nivel cero.

Referencia:Repensar la educación de Inger Enkvist, pedagoga sueca, fue catedrática en la Universidad de Lund

lunes, 16 de marzo de 2026

Revolución

Desde la explicación de Karl Marx en el siglo XIX, centrada en las contradicciones estructurales objetivas de los procesos sociales, hasta quienes las han considerado como meros episodios de violencia, el tema ha dado lugar a interpretaciones para todos los gustos. Theda Skocpol, autora de un estudio ya clásico de historia comparada de las tres grandes revoluciones en Francia, Rusia y China, las definió como “transformaciones rápidas y fundamentales de la estructura de clases y del Estado en una sociedad”, acompañadas, y en parte ayudadas, por revueltas y movimientos sociales desde abajo. En su definición, cuestionada y modificada por acontecimientos y enfoques posteriores, intervenían dos elementos decisivos. En primer lugar, la transformación tenía que ser social y política. Al cambio político, súbito y violento, debían acompañarle, en un corto o muy corto período de tiempo, transformaciones sociales profundas, la inversión sustancial de la situación anterior. Y era eso justamente lo que las diferenciaba de los golpes de Estado, de las revueltas palaciegas o de las rebeliones que no modificaban las bases sociales del poder político. En segundo lugar, las revoluciones sociales debían incluir algo más que una renovación planeada por una elite desde arriba; la lucha de clases, la insurrección popular, ocupaban de esa forma un espacio primordial en el cambio.
Las revoluciones cambian muchas cosas, entre ellas la jerarquía establecida entre las clases y los valores e instituciones sociales, pero, sobre todo, crean Estados más burocráticos, centralizados y represivos que los ya existentes, escribe Julián Casanova, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza.

Nuestra última esperanza es la belleza

Cuando la verdad y la bondad han sido atacadas por todos los frentes, desde el cientificismo positivista hasta las últimas filosofías de moda, nuestra última esperanza es la belleza. La razón es muy simple, no podemos negar su efecto en nuestra alma, y la certeza de la propia experiencia es inmune a cualquier tratado y a cualquier método, por más que los racionalistas pretendan lo contrario. Kieslowski, saliendo de una reunión a las afueras de París cuando acababa de terminar de grabar Le double vie de Véronique, dijo que “Una chica de quince años se me acercó y dijo que había ido a ver mi película. Había ido una, dos, tres veces y sólo quería decirme una cosa… que se había dado cuenta de que existe el alma. Antes no lo sabía, pero ahora sabía que el alma existe”.
La esperanza, la profundísima esperanza que se aloja en la belleza de la nostalgia y en el arraigado amor de quienes rodean el púlpito de la vida es la única antorcha que a la secularizada alma occidental, que al flagelado espíritu adolorido, le queda por levantar frente al dolor y las miserias propias de la vida. Frente al dolor, música. Frente al vacío, la Palabra. Cuánta razón tenía Dostoyevski cuando dijo que la belleza salvaría al mundo. A la parisina, la belleza le recordó la inmortalidad del alma.


domingo, 15 de marzo de 2026

No pasa nada si los políticos no cumplen lo prometido

Los gobernantes, para conservar el poder, suelen prometer una cascada de beneficios para el pueblo. Se comprometen a hacer o a no hacer esto o aquello. Pero no pasa nada si no cumplen lo prometido. “Nunca faltaron a un príncipe (gobernante) razones legítimas para disfrazar la inobservancia. Se podrían citar innumerables ejemplos modernos de tratados de paz y promesas vueltos inútiles por la infidelidad de los príncipes (gobernantes). Que el que mejor ha sabido ser zorro, ese ha triunfado”. En ese “razones legítimas” está el cinismo de Maquiavelo. Porque hace compatible esas razones con la infidelidad.No pasa nada, “los hombres son tan simples y de tal manera obedecen a las necesidades del momento, que aquel que engaña encontrará siempre quien se deje engañar”, escribe el filósofo Rafael Gómez Pérez.
Maquiavelo afirma que el gobernante ha de ser a la vez león y zorro. León pegaba más en un tiempo en el que los principados, con mucha frecuencia, se conquistaban o se ensanchaban por las armas, dice Gomez Pérez, pero en tiempo de democracia, ser león no está bien visto. Pero ser zorro tiene un premio siempre, sobre todo si las gallinas, teniendo suficiente comida y algún que otro devaneo con el gallo, siguen con esa mirada lateral, nunca de frente.
En democracia, esa sociedad de gallinas ha llegado a creerse que en ellas está “la soberanía del gallinero”, o nacional. Ignoran o fingen ignorar que la soberanía la tiene el zorro. Pero el zorro político, aprendiz en la escuela de Maquiavelo, cultiva un refinado cinismo, en el que el valor más bajo y manejable es el de la verdad.


Dios puso límites a la influencia directa del diablo

Zimbardo
Philip Zimbardo escribe en El efecto Lucifer que “Dios puso límites a la influencia directa del diablo sobre la humanidad por haber corrompido a Adán y Eva. La solución del diablo fue llevar a cabo sus maldades usando a los brujos y las brujas como intermediarios con las personas a las que quería corromper.”
Zimbardo fue profesor en la Universidad de Yale, en la Universidad de Nueva York y en la Universidad de Columbia y dio clases en la Universidad de Stanford desde 1968 hasta su retiro. 

Yo lo he visto, afirma el ciudadano cuando lo que realmente ha visto es algo elaborado artificialmente

En España, si analizamos el conflicto catalán, debemos cuestionarnos sobre cuál es la dimensión de las mentiras establecidas y las manipulaciones legitimadas de los dos bandos en el conflicto y cuál es la construcción de la realidad en el doble eje independentismo/españolismo. ¿Cuáles son las verdades y cuáles las mentiras de ambos lados? Se ha comprobado que alrededor de los hechos acaecidos en Cataluña con motivo del referéndum de independencia del 1 de octubre de 2017 se fusionaron imágenes reales con imágenes falsas. Ésta es una práctica muy habitual en un mundo como el de hoy que no coloca significativas barreras para la manipulación de imágenes digitales. El resultado es que el usuario de redes, el espectador de televisión, no toma conciencia del engaño, desconoce que le están mintiendo. Existe una tendencia a creer en la verosimilitud de lo audiovisual por mostrarse como una testificación, una demostración de que algo de verdad está sucediendo. “Yo lo he visto”, afirma el engañado ciudadano cuando lo que realmente ha visto no es sino algo construido, elaborado artificialmente, un relato creado ad hoc para servir los intereses ideológicos de un sector u otro. Una mentira…. En la generación de esta falsedad, el miedo es una de las herramientas fundamentales. El miedo al diferente y la expulsión de lo distinto están presentes en muchos de los relatos de posverdad que tenemos en la actualidad, en diferentes contextos, distintos países y situaciones diversas. El recurso al miedo como factor emocional clave en la generación de posverdad en numerosos partidos políticos europeos. El miedo es especialmente efectivo en las redes, donde se combina con la familiaridad. Una relación de proximidad entre sujeto y origen de la información le otorga verosimilitud a los relatos. Cuando una información falsa compartida en las redes sociales procede de alguien que nos resulta cercano, su credibilidad aumenta de forma exponencial. En este contexto, entendemos la familiaridad como la proximidad que mantienen sujeto y fuente de información no necesariamente desde el punto de vista del parentesco, sino también desde su conexión ideológica o desde la pertenencia a un mismo grupo de afinidad. Que la fuente de una información falsa tenga algún tipo de conexión o relación de similitud con nosotros, o si pertenece a nuestro mismo grupo, hace que sintamos una relación de identificación con ella. A la vez, sentirnos identificados con la fuente de la información es también un poderoso motor de verosimilitud y de legitimación de la mentira, escriben David García-Marín y Roberto Aparici.