El budismo no surgió en un espacio vacío, sino que se construyó sobre la antigua filosofía de los Vedas indios y sobre el brahmanismo en sentido amplio. Su definitivo distanciamiento de este último tuvo lugar, a decir verdad, mediante el rechazo de los escritos sagrados tradicionales, que casi con certeza propició con el tiempo el aislamiento cultural del budismo en su propia tierra natal. Con todo, el brahmanismo y el budismo tenían en común pensamientos tan elementales como la idea de redención y la idea (aunque muy modificada) de la reencarnación. Pero en los detalles, el budismo resultó ser el más aguerrido adversario del brahmanismo al intentar despojar a éste del fundamento de sus ideas esenciales. En la propia India, por lo demás, a la victoria inicial acabó por sucederle el destierro total ocasionado por un brahmanismo reformado como hinduismo. Es sabido que sólo en el extranjero sobrevivió en diversas tradiciones, en Sri Lanka y en el sureste asiático; en el Tíbet y en Mongolia, y, por último, en China y en Japón. Desde la perspectiva de la historia de la filosofía y de la religión chinas (y, en general, de Asia oriental), debe destacarse que el budismo no se limitó a introducir en China sus propias doctrinas en las más diversas variantes, sino de forma indirecta también elementos del antiguo sistema de pensamiento indio, que había sido, a su vez, antepasado y antagonista del budismo.
Tres ideas que en sí no son budistas, sino prebudistas, pero que, sin embargo, llegaron a China junto con el budismo, resultaron ser en especial influyentes. La primera de ellas consiste en la idea de la reencarnación en forma de una verdadera transmigración de las almas, según la cual un alma indestructible debía recorrer un sinnúmero de existencias en los planos más diversos. Esta idea se había impuesto en gran medida en la filosofía india. Vinculada a ella estaba el concepto del karma. La segunda noción concernía a la idea brahmánica de que brahman, la fuerza eterna, absoluta e inmutable, subyacente a todo ser y, en ocasiones, personificada también como divinidad, era idéntica al Yo de cada individuo singular, de manera que también el conocimiento del propio Yo coincidía con el del brahman y conducía a una reunificación de ambos y, al mismo tiempo, a la redención. La tercera idea provenía de la escuela india de Sāmkhya, que desarrolló un sistema dualista de forma paralela al sistema monista y brahmánico en sentido estricto. Conforme a esta idea, el ser se componía, por una parte, de un sinnúmero de almas (puruwa) eternas e indestructibles y, por otra parte, de infinitos elementos materiales y mentales (guna). En todos los seres humanos se encontraban unidos entre sí, durante su vida, el alma y estos elementos físicos y psíquicos. Su unión se desintegraba con la muerte, pero se recomponía de nuevo una y otra vez en la reencarnación, en la cual el alma era el portador del karma. El alma, por principio completamente inactiva, no era reconocible de manera inmediata, sino que sólo se proyectaba en el intelecto (al que le confiere una función mediadora) como sobre una pantalla. La redención, aquí en el más genuino sentido de la palabra, consistía en que el alma se desprendiese de los elementos físicos y psíquicos, lo cual podía alcanzarse mediante ejercicios de yoga corporales y espirituales de dificultad creciente (y por los cuales en concreto el alma se tornaba perceptible).
Referencia:Historia de la filosofía china (Wolfgang Bauer)







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