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| Byung-Chul Ha |
Hoy más que nunca en la sociedad de consumo turbocapitalista se abre imponente ante nosotros la agónica disyuntiva bíblica. O servimos a Dios o servimos a Mammon, no hay término medio: “La presión para trabajar y para rendir radicaliza la profanación de la vida. El capitalismo se basa en la economía del deseo. Por eso es incompatible con la sociedad ritual”. El desencantamiento del mundo nos ha abocado al “desamparo e intemperie trascendentales”, dice Han. El ritmo frenético del capital invade cada rincón de lo humano, mercantilizándolo, mecanizándolo. Siguiendo las palabras de Han en Psicopolítica: “El capital copula con el otro de sí mismo por mediación de la libertad individual. Por mediación de la libertad individual se realiza la libertad del capital. De este modo, el individuo libre es degradado a órgano sexual del capital. La libertad individual, que hoy adopta una forma excesiva, no es en último término otra cosa que el exceso de capital”. Somos las excrecencias de la orgía productivista y consumista.
En su conferencia “Sobre Eros” hizo especial hincapié precisamente en la incompatibilidad de la trascendencia con la inmundicia o inmanencia del hiperconsumismo y la exigencia de rentabilidad. “Para mí la vida monacal es un tipo de existencia muy feliz, ya que el monje ideal, es decir, aquel que no se ha corrompido, vive de la trascendencia. En nuestra sociedad de consumo y rendimiento hemos perdido toda trascendencia. La trascendencia no es compatible con la inmanencia del consumo, el rendimiento ni la producción. Dios no consume. Dios tampoco produce. La creación divina no es rendimiento, sino un acto de amor. La vida sin trascendencia se reduce a una mera satisfacción de las necesidades”.
En su conferencia “Sobre Eros” hizo especial hincapié precisamente en la incompatibilidad de la trascendencia con la inmundicia o inmanencia del hiperconsumismo y la exigencia de rentabilidad. “Para mí la vida monacal es un tipo de existencia muy feliz, ya que el monje ideal, es decir, aquel que no se ha corrompido, vive de la trascendencia. En nuestra sociedad de consumo y rendimiento hemos perdido toda trascendencia. La trascendencia no es compatible con la inmanencia del consumo, el rendimiento ni la producción. Dios no consume. Dios tampoco produce. La creación divina no es rendimiento, sino un acto de amor. La vida sin trascendencia se reduce a una mera satisfacción de las necesidades”.


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