Desde la explicación de Karl Marx en el siglo XIX, centrada en las contradicciones estructurales objetivas de los procesos sociales, hasta quienes las han considerado como meros episodios de violencia, el tema ha dado lugar a interpretaciones para todos los gustos. Theda Skocpol, autora de un estudio ya clásico de historia comparada de las tres grandes revoluciones en Francia, Rusia y China, las definió como “transformaciones rápidas y fundamentales de la estructura de clases y del Estado en una sociedad”, acompañadas, y en parte ayudadas, por revueltas y movimientos sociales desde abajo. En su definición, cuestionada y modificada por acontecimientos y enfoques posteriores, intervenían dos elementos decisivos. En primer lugar, la transformación tenía que ser social y política. Al cambio político, súbito y violento, debían acompañarle, en un corto o muy corto período de tiempo, transformaciones sociales profundas, la inversión sustancial de la situación anterior. Y era eso justamente lo que las diferenciaba de los golpes de Estado, de las revueltas palaciegas o de las rebeliones que no modificaban las bases sociales del poder político. En segundo lugar, las revoluciones sociales debían incluir algo más que una renovación planeada por una elite desde arriba; la lucha de clases, la insurrección popular, ocupaban de esa forma un espacio primordial en el cambio.
Las revoluciones cambian muchas cosas, entre ellas la jerarquía establecida entre las clases y los valores e instituciones sociales, pero, sobre todo, crean Estados más burocráticos, centralizados y represivos que los ya existentes, escribe Julián Casanova, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza.






