
“Vivimos en la globalización de la superficialidad, descuidando la interioridad y la profundidad. Si vivimos nuestra vida en la epidermis de las redes sociales, la emoción termina ahogando la razón y nuestra vida se convierte en una montaña rusa de sentimientos. Las redes sociales van imponiendo su óptica tiránica del derecho de todos a opinar de todo, olvidando el deber de informarse bien y observar unos criterios éticos mínimos. El “vale todo” genera una violencia de palabras y de gestos sin precedentes. En las redes sociales, el insensato no piensa, pero difunde sus ideas. Controlar, e incluso evitar a veces por salud, las redes sociales, dejar voluntariamente el móvil sin batería, nos llevan a mirar más hacia la propia intimidad, a custodiarla como algo precioso, que no puedo colgar, sin pudor, a la intemperie. Quien muestra la fachada de su casa, disimula la inhabitabilidad de su interior. Sin embargo, este mundo superficial es paradójicamente un mundo sediento de interioridad y sentido.”“Una vida frenética que me hace pasar sobre las personas sin contemplar su rostro, sólo viendo su perfil y una vida hermética, encerrada en mi yo y construyendo una montaña con una mota de polvo. Contra la frenética y la hermética, la vacuna es simplemente la normalidad de una vida interior rica y bien protegida. Ante los problemas, es sabia idea distanciarnos de ellos para tomar perspectiva; hay que distanciarse hasta del propio cansancio, que a veces es un síntoma de rutina y mediocridad. Santa Teresa, sintetiza su conversión, después de veinte años de convento en esta frase, “tenía el alma cansada y se volvió apasionada”.”
“Reiniciar nuestra vida es apasionarnos de nuevo, despertar los sueños, sin necesidad de volar por las nubes. Soñar una vida mejor, aceptando lo irremediable; soñar un matrimonio más enriquecedor, superando la rutina; soñar un círculo íntimo de amigos, más allá del grupo de WhatsApp; soñar que vienen los Reyes Magos . No dejes de soñar… ¡habrás muerto!”, escribe Alfonso Crespo, filósofo.