Obedecer ordenes que uno desaprueba no siempre es una traición a la conciencia. Los subordinados tienen a menudo el derecho, o incluso el deber, de dudar de su propio juicio, al menos tanto como el de sus jefes. El subordinado conoce mejor la situación en su propio terreno, pero menos en el panorama general. No sabemos con certeza cuales son los efectos de nuestra desobediencia, pero si sabemos con certeza cuales son los efectos de la desobediencia en general. Sin disciplina, no hay fuerza pública, no hay Estado. La inmensa mayoría de nosotros no sabemos con certeza si las órdenes desconcertantes son proporcionadas a la urgencia o a la necesidad. Es fácil, sentado en tu sillón, condenar a quienes se movían en la niebla de la guerra, escribe el filósofo Henri Hude.

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