jueves, 12 de marzo de 2026

Nos acercamos peligrosamente a un pastiche cultural

Llegó la globalización, escribe Gabriela Bustelo, esa abrumadora interconexión planetaria que empezó en 1492, cuando Cristóbal Colón descubrió el continente americano, inaugurando la Edad Moderna. Y que culminaron Steve Jobs y Bill Gates, con el teléfono inteligente y el ordenador personal, capaces de acoplar en tiempo real a 8.000 millones de personas. Esa pequeña computadora portátil, el teléfono inteligente que Steve Jobs presentó al mundo en 2007, cinco años antes de morir, es hoy un artefacto cotidiano que parece que siempre estuvo ahí, cuando de hecho es el tótem tecnológico, informativo y cultural de la era ciber. Resulta prácticamente imposible conjeturar nuestros tiempos sin internet, ni móviles, ni redes sociales. Pero viniendo del siglo del modernismo literario, el diálogo interior, la narración fragmentada y la autoficción, del siglo de Freud, Picasso, Foucault, Wittgenstein, Curie, Beauvoir, cabe preguntarse, ¿cuál es la situación de la cultura? 

En 2014 el periodista estadounidense Carl Taro Greenfeld publicaba en el New York Times que “nunca como en el siglo XXI ha sido tan simple aparentar saber tanto sin saber realmente nada”, cosa que relacionaba con el modelo de interacción frenética de las redes sociales, que obliga a demostrar las veinticuatro horas al día que no se es analfabeto. “Nos acercamos peligrosamente a un pastiche cultural que en realidad es un nuevo modelo de incultura”, avisaba el periodista antes de confesarse un impostor cultural que también ha sucumbido al maleficio de alardear de conocimientos en las redes.
Esta perspectiva arrolladora llevaría a plantear que nos hallemos ante una transmutación de la noción occidental de cultura. De hecho, la era cíber en tanto que democracia digital permite a los siete millones de dueños de un teléfono inteligente decidir qué consideran cultura y en qué formato quieren recibirla. En este proceso de autoculturización, la labor del prescriptor cultural clásico, el adorado intelectual del siglo XX, sería innecesaria o sustituible por la de una estrella mediática con pódcast en YouTube. A juzgar por estos nuevos parámetros, la cultura posterior a la revolución informática no va a ser la que ha sido hasta ahora.

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