Mostrando entradas con la etiqueta antojo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta antojo. Mostrar todas las entradas

sábado, 18 de octubre de 2025

Nadie es más esclavo que el que se tiene por libre sin serlo

Impera en el mundo el pensamiento de que para emanciparnos y ser verdaderos debemos sucumbir a los deseos de nuestras pasiones. No valen las normas establecidas, y la rebeldía contra lo establecido es la única garantía de libertad. Vivimos enfadados con las normas y parece que solo es libre aquel que se atreve a romperlas. “Nadie es más esclavo que el que se tiene por libre sin serlo”, decía Goethe. Nos cuesta mucho comprender que cuanto más dependa nuestra sensación de libertad de las circunstancias externas, más evidente es que todavía no somos verdaderamente libres. Si queremos ser felices necesitaremos ordenar nuestra inteligencia y voluntad por encima de las demás pasiones y comprender las verdades establecidas en nuestro corazón. Decía el papa Juan Pablo II que “solo la libertad que se somete a la Verdad conduce a la persona humana a su verdadero bien. El bien de la persona humana consiste en estar en la Verdad y en realizar la Verdad”. 
La libertad tiene que ver con el bien y por tanto con el compromiso con ese bien. Elegir el bien para luego permanecer en él. Y el bien tiene que ver con la realidad, con las normas de juego que tenemos en nuestro corazón o que nos han sido reveladas y que nuestra inteligencia o razón puede acoger como buenas. Lo cierto es que un mundo donde nos venden que el más libre es el que hace lo que le da la gana puede llevarnos a acabar siendo esclavos de la “gana”, que es la peor de las dictaduras. Porque cuando la “gana” manda, no se puede hacer nada más que lo que ella quiere. Si nuestras emociones, sentimientos, pasiones e instintos dominan nuestra inteligencia y voluntad, estaremos siendo esclavos de nosotros mismos. La persona que no se forma en una voluntad firme y decidida suele ser prisionera de sus deseos y antojos, escribe Carla Restoy. Como decía Chesterton en El hombre Eterno: “Las cosas muertas pueden ser arrastradas por la corriente, sólo algo vivo puede ir contracorriente”.

viernes, 24 de enero de 2025

El actual desconcierto en el mundo jurídico es la incapacidad para distinguir entre derechos y antojos

La persona nunca debe ser instrumentalizada
Para el profesor José María Beneyto la justicia “no es un valor ajeno a la libertad y la igualdad, sino que consiste en el ajustamiento entre libertad e igualdad”, de forma que “una libertad que no tiene en cuenta la igualdad es antijurídica por definición, sería un antojo abusivo; y una igualdad que atropelle la libertad sería un ajuste de cuentas”.El ajustamiento entre libertad e igualdad partía, señala el catedrático, de “una concepción antropológica, de lo que el hombre es y de lo que debe ser, que invita a excluir planteamientos individualistas radicales que ignoran la igualdad y de planteamientos colectivistas que ignoran la libertad”. “El actual desconcierto en el mundo jurídico” es “la incapacidad para distinguir entre derechos y antojos”; para el individualismo radical, “todo antojo es derecho”. Esa crisis antropológica “legitima que se mate a seres humanos porque son demasiado jóvenes o porque son demasiado viejos y ahí tenemos los casos del aborto y la eutanasia”.
Kant fundamentó la Ilustración en un doble imperativo: “Uno es el sapere aude (atrévete a saber), y otro es que la persona nunca debe ser instrumentalizada como medio sino que debe ser respetada como fin; pero ignoramos esto último”; de suerte que vivimos en “una época de progreso tecnológico sin ningún límite ético”.Señala José María Beneyto que “el derecho es un mínimo ético”, con dos consecuencias: “Que no tiene como objetivo hacernos ricos, sabios y santos, sino convivir pacíficamente en sociedad”; y que “ese mínimo es indispensable, y por lo tanto hay que respetarlo, sin proyectar maximalismos morales que lo ignoren”. 

domingo, 2 de junio de 2024

Había empleado su poder dejando que los demás decidieran todo a su antojo

¡Hijo de Dios! Eso si que no, pues de otro modo no lo habrían crucificado, a menos que él lo hubiese querido. Pero ¡Tal vez lo hubiese querido! Era extraño y espantoso que él hubiera querido sufrir. Si hubiese sido realmente el Hijo de Dios, nada le habría sido más fácil que evitar el suplicio. Mas el no quería evitarlo. Quería padecer y morir de la manera más atroz, no evitar eso. Y eso había sucedido, y había transformado en realidad su voluntad de ser liberado. Había hecho que lo soltaran a él, a Barrabas, en su lugar. Había ordenado: “Poned en libertad a Barrabas y crucificadme a mi”…..
Había empleado su poder de la manera más singular. Lo había empleado sin usarlo, dejando que los demás decidieran todo a su antojo, sin intervenir él en lo más mínimo y, no obstante, había conseguido que triunfara su voluntad, que era la de ser crucificado en lugar de Barrabás.
Barrabas de Pär Lagerkvist