Escribe Gilbert Keith Chesterton (1874-1936) que “cuando el lector medio se interesa por los Cuentos de Canterbury, que son tan divertidos como Dickens y tan medievales como la catedral de Durham, ¿qué es lo primero que se pregunta? Pues, por ejemplo, por qué se llaman Cuentos de Canterbury y qué hacían los peregrinos camino de Canterbury. Estaban, por supuesto, participando en un festival popular, igual que una fiesta moderna aunque mucho más jovial y divertido. Tal vez también nos cueste reconocer que sea un progreso que sus fiestas tuviesen que ver con los santos, mientras que las nuestras nos las dictan los banqueros. Hoy casi es necesario explicar que un santo es un hombre muy bueno. La idea de una preeminencia meramente moral, compatible incluso con la total estupidez o con el fracaso, constituye una idea revolucionaria que de tan familiar se ha convertido en extraña y que necesita, como otras muchas cosas de aquella vieja sociedad, de un absurdo paralelismo moderno para devolverle su frescura y agudeza originales. Si entrásemos en una ciudad extranjera y nos encontráramos un monumento como la columna de Nelson, nos sorprendería saber que el héroe que lo corona fue famoso por su cortesía y buen humor durante un dolor de muelas crónico. Si viéramos pasar un desfile con una banda de música y un héroe en un caballo blanco, nos parecería raro que nos dijeran que había sido muy paciente con una tía suya solterona y excéntrica. Y no obstante, solo una parodia semejante nos da la medida de la innovación que supuso la idea cristiana del santo popular y reconocido. Es necesario darse cuenta sobre todo de que, aunque esta era la gloria más alta, en cierto sentido era también la más baja. Estaba hecha del mismo material que el trabajo y la vida cotidiana y no requería de la espada o el cetro, sino más bien del bastón y la azada, pues ambicionaba la pobreza.”

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