El valor es, ante todo, el que evita ceder al miedo a la muerte. La política del Leviatán consiste en hacer que este miedo a la muerte domine las almas, a través de diversos escenarios de peligro mortal, sea real o ilusorio, poco importa, ya que solo cuentan las percepciones. El valiente es alguien que ama más que a si mismo y está dispuesto a arriesgar su vida para proteger a los que ama. El fomento del egoísmo entre las masas es indispensable para el Leviatán. El sufrimiento y la muerte no son agradable para nadie, pero los valientes son capaces de soportar la perspectiva sin temblar, es decir, sin dramatizar. El Leviatán fomenta la dramatización. Para ello, alienta la sublimación de los bienes materiales y sensibles, prefiriéndolo a todo lo que pueda relativizarlos, el amor a las personas, o al Absoluto. También fomenta la dramatización correlativa de las sensaciones dolorosas y la perdida de los bienes sensibles. El Leviatán promueve el materialismo más banal, egoísta, superficial, hedonista consumista y eutanásico. De este modo, el bien y el mal no son más que palabras. Toda conciencia puede ser neutralizada, establecida más allá del bien y del mal, buscando solo lo útil, admitiendo la normalidad de una vida en la banalidad del mal. Este materialismo es un requisito previo para la aceptación del Leviatán, de modo que su totalitarismo, por monstruoso que sea, parece a todo el mundo lo más natural del mundo. La gente está dispuesta a morir si cree que no morirá del todo. Por lo tanto, el Leviatán debe destruir la creencia en un destino de ultratumba. El Leviatán también debe destruir el interés por la memoria, por la “inmortalidad subjetiva”. Pero esto ocurre en una memoria colectiva que debe ser borrada. Para que el hombre sea valiente, también debe sentir que, al perder la vida terrenal individual, deja atrás un gran cuerpo vivo, que es en parte su descendencia, y al que también está unido por poderosos lazos. Por eso el Leviatán destruirá la familia, además de la patria y la cultura común, que es la unión de ambas.
Referencia: Una filosofía de la guerra de Henri Hude

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