Escribe Gilbert Keith Chesterton (1874-1936) que “cuando el lector medio se interesa por los Cuentos de Canterbury, que son tan divertidos como Dickens y tan medievales como la catedral de Durham, ¿qué es lo primero que se pregunta? Pues, por ejemplo, por qué se llaman Cuentos de Canterbury y qué hacían los peregrinos camino de Canterbury. Estaban, por supuesto, participando en un festival popular, igual que una fiesta moderna aunque mucho más jovial y divertido. Tal vez también nos cueste reconocer que sea un progreso que sus fiestas tuviesen que ver con los santos, mientras que las nuestras nos las dictan los banqueros. Hoy casi es necesario explicar que un santo es un hombre muy bueno. La idea de una preeminencia meramente moral, compatible incluso con la total estupidez o con el fracaso, constituye una idea revolucionaria que de tan familiar se ha convertido en extraña y que necesita, como otras muchas cosas de aquella vieja sociedad, de un absurdo paralelismo moderno para devolverle su frescura y agudeza originales. Si entrásemos en una ciudad extranjera y nos encontráramos un monumento como la columna de Nelson, nos sorprendería saber que el héroe que lo corona fue famoso por su cortesía y buen humor durante un dolor de muelas crónico. Si viéramos pasar un desfile con una banda de música y un héroe en un caballo blanco, nos parecería raro que nos dijeran que había sido muy paciente con una tía suya solterona y excéntrica. Y no obstante, solo una parodia semejante nos da la medida de la innovación que supuso la idea cristiana del santo popular y reconocido. Es necesario darse cuenta sobre todo de que, aunque esta era la gloria más alta, en cierto sentido era también la más baja. Estaba hecha del mismo material que el trabajo y la vida cotidiana y no requería de la espada o el cetro, sino más bien del bastón y la azada, pues ambicionaba la pobreza.”
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viernes, 4 de septiembre de 2026
Nos cuesta reconocer que sea un progreso que sus fiestas tuviesen que ver con los santos, mientras que las nuestras nos las dictan los banqueros
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lunes, 1 de noviembre de 2021
Los santos
Los santos son los hombres que, a través de su entrega total a Dios, se han hecho completamente libres. Por eso reinan, por eso las cosas cumplen su voluntad, por eso hacen milagros. Por eso podemos invocarles, y son más efectivos que todo señor terreno, escribe Robert Spaemann, filósofo alemán que se ha preocupado durante toda su trayectoria por los problemas filosóficos más importantes.
sábado, 12 de junio de 2021
Julio II convirtió a Roma a finales del siglo XVI en lugar de encuentro y epicentro del arte y del pensamiento
La inmensa mayoría de las obras de arte del Renacimiento abordan temas religiosos, y muchas de ellas son el fruto de hombres profundamente animados por la fe religiosa. Cuenta Kenneth Clark que Guercino dedicaba muchas mañanas a la oración; Bernini realizaba frecuentes retiros y practicaba los Ejercicios Espirituales de San Ignacio; Rubens iba a Misa todos los días antes de comenzar su trabajo. Esto obedecía a la sencilla creencia de que la vida de los hombres debía regirse por la fe que inspiró a los grandes santos de la generación precedente. El período central del siglo XVI fue un tiempo de santidad en la Iglesia romana… con figuras como San Ignacio de Loyola, el soldado visionario. No hace falta ser un católico practicante para respetar ese lapso de cincuenta años que produjo a estos grandes espíritus.
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| Julio II |
Fue durante el pontificado de Julio II y bajo su mecenazgo cuando artistas como Bramante, Miguel Angel y Rafael produjeron algunas de sus obras más memorables. En la Catholic Encyclopedia se señala la relevancia del papa Julio II: Cuando se suscitó la cuestión de si la Iglesia debía asimilar o condenar el progreso, tanto si éste se asociaba con el espíritu humanista como si no, Julio II tomó partido por el Renacimiento, preparando así el escenario para el triunfo moral de la Iglesia. Las grandes creaciones de este pontífice, la Iglesia de San Pedro de Bramante y el Vaticano de Rafael, son inseparables de las ideas de humanismo y cultura representadas por la Iglesia católica. El arte se supera a sí mismo en ambos casos para transformarse en el lenguaje de algo más elevado, en el símbolo de una de las más nobles armonías jamás creadas por la naturaleza humana. Fue la voluntad de este hombre extraordinario lo que convirtió a Roma a finales del siglo XVI en lugar de encuentro y epicentro del arte y del pensamiento.
sábado, 3 de abril de 2021
Tendremos que responder por las almas perdidas
“A veces hay que recordar que no es sólo por nuestros pecados, sino por las almas que hayan perdido el cielo por nuestra culpa por lo que tendremos que responder también algún día ante Dios”, dice un religioso amigo mío hablando de la ley Celaá.
Leo Trese escribió que “los muchos miles de hombres, mujeres y niños que han llevado unas vidas de supereminente santidad, y cuyos nombres componen el calendario de los santos son muy difíciles de menospreciar, y no hay nada parecido”.
sábado, 20 de marzo de 2021
Sin amor, un alma podría ir al mismo centro del Cielo y seguir estando en el infierno
Nuestro amor es transformado para convertirse en vehículo del amor de Dios. Sin amor, un alma podría ir al mismo centro del Cielo y seguir estando en el infierno; podría estar rodeada de Dios, los ángeles y los santos, y no darse cuenta de su presencia.
jueves, 26 de marzo de 2020
No podríamos ser humanos sin la existencia de los santos
Los santos recibieron el mensaje, lo digirieron y lo convirtieron en hechos. Por esa razón los llamamos santos. Así pues, no podríamos ser humanos sin la existencia de los santos… Ellos nos muestran el camino (ellos son el camino), y nos demuestran que es posible escoger ese camino, son nuestros remordimientos, escribe el filósofo Zygmunt Bauman.
miércoles, 16 de mayo de 2018
Silencio.
Lavelle dice que “el silencio está, a veces, tan cargado de significado que abole la palabra; no sólo porque la hace inútil, sino también porque al hablar se echaría a perder esta esencia demasiado frágil que lleva consigo el silencio que impide, por así decirlo, que se le toque. El silencio es un homenaje que el habla tributa al espíritu. De hecho, la palabra de Dios, a la que no falta nada y que es pura revelación, no se distingue del perfecto silencio”.
“El silencio místico honra a los dioses imitando su naturaleza”, dice Apolodoro de Atenas. Frente a la inmensidad de Dios, el creyente lleno de fervor no tiene más recurso que dejar que ascienda en él un “himno de silencio”, dice Gregorio de Nacianzo. “Cuando te mantienes en silencio, eres lo que era Dios antes de la naturaleza y la creación, y esa es la materia que utilizó para darles forma. Y entonces ves y oyes lo que Él veía y oía en ti antes de que tus propios querer, ver y oír hubiesen comenzado”, escribe Jacobo Boehme. “El amigo del silencio llega a estar muy cerca de Dios. Habla con Él en secreto, y recibe su luz”, piensa Juan Clímaco, monje del Sinaí del siglo I. Y André Neher, recordando la tradición judía, dice: “De la misma manera que el silencio constituye la forma más elocuente de la revelación, el instrumento más elocuente de la adoración es también el silencio. Al infinito corresponde, y responde, lo inefable, tema religioso que la Biblia fue primera en situar en lo más recóndito del alma
humana”. Y el propio Neher cita también el Salmo 62: “Mi alma vibra de silencio hacia Dios”, y el Salmo 65: “Sólo te conviene el silencio como forma de alabanza”. “La palabra traiciona, y sólo el silencio respeta este vínculo orgánico que sitúa a lo inefable frente al infinito”, concluye A. Neher. “Os exhorto a que tengáis los oídos de vuestro corazón atentos a esta voz interior; y a que os esforcéis en escuchar a Dios dentro de vosotros mismos, pues esta voz resuena en los lugares más desérticos, y penetra en los pliegues más íntimos del corazón. Esta voz se insinúa y no deja nunca de llamar a la puerta de cada uno de nosotros. Está hablando ahora, y tal vez no encuentra a nadie dispuesto a oírla”, escribe Bernardo de Claraval. El repliegue del fiel hacia su interior hace inútiles los balbuceos del lenguaje. San Juan de la Cruz afirma que “el Padre no ha dicho más que una Palabra: es su Verbo. La ha dicho eternamente y en un silencio eterno. El alma oye en el silencio”.
El sentimiento hace que Dios no necesite oídos para escuchar la oración de un fiel. Las peticiones que se dirigen a Dios o a los santos se realizan silenciosamente, en el fuero interno del devoto, con la convicción de que serán satisfechas. El silencio no es un fin en sí mismo, importa más su contenido; no significa nada si no traduce un acercamiento a Dios. En este sentido, la palabra equivale al silencio si uno y otro están impregnados de amor. “Hay un hombre que parece callarse, pero su corazón condena a los demás, este hombre, en realidad, está hablando sin cesar. Pero hay otro que habla desde la mañana hasta la noche y, sin embargo, guarda silencio; es decir, que no dice nada que no sea útil”, afirma Poemeno.
domingo, 18 de febrero de 2018
Los días de santos fueron en la Edad Media un método informal de datación que duró siglos.
Los días de santos fueron en la Edad Media un método informal de datación que duró siglos. Un agricultor diría a sus amigos que había techado su cabaña el día de san Benito, y el agricultor recordaría que su segundo hijo había nacido el día de san Agustín y no el 28 de agosto. De igual modo, los viajeros de la Edad Media hablarían de llegar a Roma el día de la Asunción o el de san Esteban, más que en un día numerado del mes. “Cruzamos las barras de Sanlúcar el domingo, la mañana de san Lázaro, con gran fiesta”, escribe el cronista de un conquistador del siglo XVI que abandonaba España en un barco que se dirigía a las Américas. El calendario cristiano de días santos y festividades también se usaba para nombrar lugares. La Florida se llamó así porque Juan Ponce de León llegó allí el día de la Pascua Florida (de 1513), que es otro nombre español de la Pascua de Resurrección.
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| Los Cuarenta Mártires de Sebaste |
Para recordar todos estos santos, los monjes y sacerdotes escribían canciones o poesías con largas listas de nombres y por qué se reverenciaban, y que luego se memorizaban y repetían frecuentemente. Una nueva forma literaria de la Edad Media, fue el martirologio. Los martirologios eran libros que fechaban días de los santos y describían detalles de su vida. Beda el Venerable escribió un martirologio clásico con 114 registros, investigados con su habitual escrupulosidad. Una típica minibiografía de Beda: 23 de noviembre, en Roma, festividad de san Clemente, el obispo que, por orden del emperador Trajano, fue desterrado al Ponto. Mientras estuvo allí, como convirtiera a muchos a la fe mediante milagros y enseñanzas, fue arrojado al mar con un ancla atada al cuello. Pero cuando sus discípulos se pusieron a rezar, el mar retrocedió tres millas, encontraron su cadáver en un sepulcro de piedra, en el interior de un oratorio de mármol, y el ancla estaba allí cerca. Escribir y copiar calendarios de vidas de santos se convirtió en una importante actividad de estudiosos y miniaturistas durante la Edad Media. Cada mañana, los monjes leían descripciones de los santos del día.
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