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sábado, 12 de junio de 2021

Julio II convirtió a Roma a finales del siglo XVI en lugar de encuentro y epicentro del arte y del pensamiento


La inmensa mayoría de las obras de arte del Renacimiento abordan temas religiosos, y muchas de ellas son el fruto de hombres profundamente animados por la fe religiosa. Cuenta Kenneth Clark que Guercino dedicaba muchas mañanas a la oración; Bernini realizaba frecuentes retiros y practicaba los Ejercicios Espirituales de San Ignacio; Rubens iba a Misa todos los días antes de comenzar su trabajo. Esto obedecía a la sencilla creencia de que la vida de los hombres debía regirse por la fe que inspiró a los grandes santos de la generación precedente. El período central del siglo XVI fue un tiempo de santidad en la Iglesia romana… con figuras como San Ignacio de Loyola, el soldado visionario. No hace falta ser un católico practicante para respetar ese lapso de cincuenta años que produjo a estos grandes espíritus.


Julio II


Fue durante el pontificado de Julio II y bajo su mecenazgo cuando artistas como Bramante, Miguel Angel y Rafael produjeron algunas de sus obras más memorables. En la Catholic Encyclopedia se señala la relevancia del papa Julio II: Cuando se suscitó la cuestión de si la Iglesia debía asimilar o condenar el progreso, tanto si éste se asociaba con el espíritu humanista como si no, Julio II tomó partido por el Renacimiento, preparando así el escenario para el triunfo moral de la Iglesia. Las grandes creaciones de este pontífice, la Iglesia de San Pedro de Bramante y el Vaticano de Rafael, son inseparables de las ideas de humanismo y cultura representadas por la Iglesia católica. El arte se supera a sí mismo en ambos casos para transformarse en el lenguaje de algo más elevado, en el símbolo de una de las más nobles armonías jamás creadas por la naturaleza humana. Fue la voluntad de este hombre extraordinario lo que convirtió a Roma a finales del siglo XVI en lugar de encuentro y epicentro del arte y del pensamiento.

jueves, 4 de abril de 2019

El Concordato de 1801

Firma del concordato entre Francia y la Santa Sede. De izquierda a derecha: José Bonaparte, Napoleón Bonaparte, Jean Portalis, en cardenal Spina, el conde d´Hauterive y Emmanuel Crétet
El Concordato de 1801 fue el Concordato entre la Francia revolucionaria y la Santa Sede. El concordato de 1801 significaba una concesión considerable por parte de la Santa Sede a los principios de libertad de conciencia y de laicidad del Estado nacido de la Revolución francesa, pero también el fin de la Iglesia autónoma galicana y un reconocimiento sorprendente de la jurisdicción del papado sobre las Iglesias particulares. Nacía un nuevo modo de relacionarse con el Estado y de situarse en la sociedad. Ya no era el catolicismo la religión del rey y del reino, sino simplemente la de la mayoría de los franceses. Una realidad sociológica sustituía un principio jurídico y confesional hasta entonces inamovible. La Iglesia perdía muchos privilegios, pero se sustentaba en la fe y en el reconocimiento de los ciudadanos; se afirmaba con rotundidad la universalidad de la Iglesia romana y se colocaban las bases para una restauración pastoral, sin tantos medios como en la época anterior, pero más libre y más consciente de su realidad estrictamente religiosa. Ya no tenía poder, pero mantenía el prestigio y el respeto de los creyentes.

domingo, 27 de agosto de 2017

Debate ecuménico.

Tolkien
John Ronald Reuel Tolkien tuvo una profunda comprensión del debate ecuménico que tuvo lugar en el seno de la Iglesia durante los años sesenta se muestra en otra carta escrita a su hijo Michael: “No es que uno deba olvidar las sabias palabras de Charles Williams de que es nuestro deber cuidar del altar acreditado y establecido, aunque el Espíritu Santo puede enviar su fuego a otro sitio. Dios no puede ser limitado (ni siquiera por sus propios cimientos), de los cuales san Pablo es el ejemplo primero y fundamental, y puede utilizar cualquier canal para Su gracia. Aun amar a Nuestro Señor y ciertamente llamarlo Señor y Dios es una gracia y puede precipitarla aun en mayor abundancia. No obstante, hablando institucionalmente y no de almas individuales, el canal debe volver finalmente al curso ordenado, no manar por las arenas y perderse. Además del Sol, puede haber la luz de la Luna (aun lo bastante abundante como para leer); pero si se quitara el Sol, no se vería la Luna. ¿Qué sería hoy del cristianismo si la Iglesia Romana de hecho hubiera sido destruida?”.

¿Qué sería hoy del cristianismo si la Iglesia Romana de hecho hubiera sido destruida?