Ocurrió un 4 de julio de 1776 (el mismo año en que se publicó La riqueza de las naciones), cuando los patriotas norteamericanos, liderados por el brillante pensamiento de Thomas Jefferson, se dotaron a sí mismos de la Declaración de Independencia, madre de todas las constituciones que vinieron después, incluida la francesa.“Todos los hombres han sido creados iguales” redactaba Jefferson para señalar luego que estos mismos hombres “recibieron de su Creador ciertos derechos inalienables, entre los cuales están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. Aquellas palabras señeras puestas sobre papel por los virginianos resultaron ser el aldabonazo de partida para todos aquellos que sentían como ética necesaria la defensa de la dignidad y la libertad del hombre. No se quedaron ahí. El mismo Jefferson, junto con George Washington, John Adams, Benjamin Franklin y todos los demás, se ocupó, a la vez que tenía no menos de siete hijos con su antigua esclava Sally Hemings, de propinar conveniente carpetazo y una por una a todas las lacras del Antiguo Régimen. Instauró el hábeas corpus, hizo eliminar de los presupuestos estatales las dotaciones destinadas al clero, declaró anticonstitucional toda ley contra la extranjería, abolió los delitos de pensamiento (“una opinión equivocada puede ser tolerada donde la razón es libre de combatirla”), abogó siempre por la función terapéutica de la cultura. “No se debe ser demasiado severos con los errores del pueblo, sino tratar de eliminarlos por la educación”. Contribuyó a fundar un país cuyas instituciones y leyes constituyeron por mucho tiempo espejo para los espíritus libres de todo el mundo. De hecho, La democracia en América de Alexis de Tocqueville se escribió sobre todo como aviso político destinado a señalar certeramente hacia donde debían tender las acciones legislativas en la Europa de su tiempo.

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