La espada exterminadora con que deseabas armarte da muy malos resultados en manos del hombre, incluso con buenas intenciones, incluso contra el error o la perversidad. Se corre un gran riesgo de matar al enfermo, al extirpar violentamente la enfermedad; resulta parecido y peligroso como en el caso del cirujano (de almas), y cabe además el peligro de hacer despertar el orgullo y el despotismo. Le hace falta una gran pureza moral y un gran sentido para adivinar al prójimo. Lo más seguro, desde luego, es la caridad, la caridad que todo lo perdona porque todo lo comprende, que soporta, pone de relieve, ilumina, gana y mejora. Combatir, sí, en último extremo, pero siempre lleno de espíritu de caridad; y agotar en el amor incluso la severidad, como hace el padre con el hijo; hacer del látigo caricia, y de la espada un favor, y pedir al ángel del castigo que vive en nosotros que nos corrija en primer lugar y nos bendiga; tomar como propio solamente las imperfecciones, e inclinarse ante Dios, que habla por nuestra conciencia, que se revela en nuestras palabras, que quiere obrar sobre el hombre por medio del hombre, a fin de humanizar sus actos, para ennoblecer a sus hijos y dejarles su gloria, escribe el filósofo suizo Henri Frédéric Amiel.

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