viernes, 2 de octubre de 2026

Existe un modo de forzar la actuación contra conciencia, la tortura

La conciencia es en el hombre el órgano del bien y del mal; pero no es un oráculo. Nos marca la dirección, nos permite superar las perspectivas de nuestro egoísmo y mirar lo universal, lo que es recto en sí mismo. Pero para poder verlo, necesita de la reflexión de un conocimiento real, un conocimiento, si se puede decir, que sea también moral. Lo cual significa que necesita una idea recta de la jerarquía de valores que no esté deformada por la ideología. 
Debes seguir tu conciencia; lo cual tan solo quiere decir que debes hacer lo que tienes por objetivamente bueno, cosa que en el fondo es algo trivial. Realmente bueno es solo lo que tanto objetiva como subjetivamente es bueno.
Cuando a uno se le obliga a actuar en contra de su conciencia. Se trata de una lesión de la dignidad del hombre. Pero ¿es eso de verdad posible? Ni siquiera la amenaza de muerte obliga a uno a actuar contra su conciencia, como documenta la historia de los mártires de cualquier tiempo. Existe no obstante un modo de forzar la actuación contra conciencia, la tortura, que convierte a un hombre en instrumento sin voluntad de otro. De ahí que la tortura pertenezca a los pocos modos de obrar que, siempre y en toda circunstancia, son malos; toca directamente el santuario de la conciencia, del que ya el precristiano Séneca escribió que “habita en nosotros un espíritu santo como espectador y guardián de nuestras buenas y malas acciones”.

Referencia: Ética:cuestiones fundamentales (Robert Spaemann)

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