jueves, 1 de octubre de 2026

Los revolucionarios no se levantan por hambre, sino por ansia de poder

Contra lo que circula normalmente, la debilidad económica no es la base de las revoluciones. Los revolucionarios no se levantan por hambre, sino por ansia de poder. “Cuando el pueblo está aplastado por la miseria, se resigna; cuando se endereza y mira por encima es cuando se inclina a sublevarse”, decía Tocqueville en El Antiguo Régimen, en el siglo XIX, y los pensadores izquierdistas posteriores le han dado la razón. “Donde mejor están los obreros, son más numerosas las huelgas” recordaba el anarquista Federico Urales (padre de Federica Montseny) en Revista Blanca, 15 mayo de 1905, y, por el contrario “la miseria no engendra rebeldía, sino que, por regla general, la mata allí donde existe”, decía La Voz del cantero en 22 de abril de 1914. En la historia política moderna, ese axioma se ha visto robustecido por las pruebas. Los que se sublevaron en octubre de 1934, no eran los braceros de Andalucía sino los mineros de Asturias, los mejor pagados de España. Después de la caída del fascismo en Italia, la extrema izquierda, la que se lanzaba a la calle pidiendo la revolución, estaba compuesta sobre todo por obreros de la Fiat de Turín, los mejor pagados de Italia, cuando los depauperados del Sur votaban todavía a los monárquicos. En lugares de gran protección social, como Francia y Bélgica, los izquierdistas han tenido gran influencia en la vida política del país.

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