Para Tomás de Aquino guerra solo es moralmente concebible bajo tres condiciones: 1- Si lo decide una autoridad legítima; 2- si defiende una causa justa; 3- con la intención adecuada. Según el derecho internacional, en los casos de legítima defensa, la autoridad legítima es el Estado agredido, y en todos los demás casos, el Consejo de Seguridad de la ONU. Pero ambas partes enfrentadas pueden equivocarse en conciencia, lo que hace que la guerra sea justa para ambos bandos ( subjetivamente), aunque quizá objetivamente el derecho esté más de un lado que del otro. Esto justifica al menos el respeto al adversario y la irresponsabilidad penal de los combatientes, salvo en el caso de crímenes de guerra. El derecho internacional no sirve para nada en este caso, sino que funciona más como un ideal internacional que como derecho.
Cuando hay un conflicto entre grandes potencias que se disputan su imperio en el mundo, el conflicto consiste precisamente en determinar quien es y quien será una autoridad legítima, y hasta que punto lo será. Pretender saber esto es también haber formulado y afirmado una política mundial, sobre la que también puede haber desacuerdo y conflicto.
Para que la guerra sea justa debe estar al servicio de una política justa, y debe estar encaminada a corregir una injusticia manifiesta e intolerable en relación con dicha política. Pero como una guerra surge de una contradicción entre dos políticas generales incompatibles en un mismo espacio común, es evidente que cada una de las dos partes tendrá siempre, subjetivamente, una causa justa…..Todo el mundo entiende que la rectitud de la propia intención sólo puede conocerse mediante el examen cuidadoso de la propia conciencia. Y, por supuesto, si las conciencias difieren sobre el valor más elevado, pueden tener subjetivamente una intención correcta, aunque lleguen a decisiones opuestas.
Para que la guerra sea justa debe estar al servicio de una política justa, y debe estar encaminada a corregir una injusticia manifiesta e intolerable en relación con dicha política. Pero como una guerra surge de una contradicción entre dos políticas generales incompatibles en un mismo espacio común, es evidente que cada una de las dos partes tendrá siempre, subjetivamente, una causa justa…..Todo el mundo entiende que la rectitud de la propia intención sólo puede conocerse mediante el examen cuidadoso de la propia conciencia. Y, por supuesto, si las conciencias difieren sobre el valor más elevado, pueden tener subjetivamente una intención correcta, aunque lleguen a decisiones opuestas.
Referencia: Una filosofía de la guerra de Henri Hude

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