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lunes, 7 de septiembre de 2026

Para que la guerra sea justa debe estar al servicio de una política justa

Para Tomás de Aquino guerra solo es moralmente concebible bajo tres condiciones: 1- Si lo decide una autoridad legítima; 2- si defiende una causa justa; 3- con la intención adecuada. Según el derecho internacional, en los casos de legítima defensa, la autoridad legítima es el Estado agredido, y en todos los demás casos, el Consejo de Seguridad de la ONU. Pero ambas partes enfrentadas pueden equivocarse en conciencia, lo que hace que la guerra sea justa para ambos bandos ( subjetivamente), aunque quizá objetivamente el derecho esté más de un lado que del otro. Esto justifica al menos el respeto al adversario y la irresponsabilidad penal de los combatientes, salvo en el caso de crímenes de guerra. El derecho internacional no sirve para nada en este caso, sino que funciona más como un ideal internacional que como derecho.
Cuando hay un conflicto entre grandes potencias que se disputan su imperio en el mundo, el conflicto consiste precisamente en determinar quien es y quien será una autoridad legítima, y hasta que punto lo será. Pretender saber esto es también haber formulado y afirmado una política mundial, sobre la que también puede haber desacuerdo y conflicto.
Para que la guerra sea justa debe estar al servicio de una política justa, y debe estar encaminada a corregir una injusticia manifiesta e intolerable en relación con dicha política. Pero como una guerra surge de una contradicción entre dos políticas generales incompatibles en un mismo espacio común, es evidente que cada una de las dos partes tendrá siempre, subjetivamente, una causa justa…..Todo el mundo entiende que la rectitud de la propia intención sólo puede conocerse mediante el examen cuidadoso de la propia conciencia. Y, por supuesto, si las conciencias difieren sobre el valor más elevado, pueden tener subjetivamente una intención correcta, aunque lleguen a decisiones opuestas.

Referencia: Una filosofía de la guerra de Henri Hude

viernes, 11 de abril de 2025

Dos reglas morales de la guerra justa

La tradición de la guerra justa contiene dos reglas morales absolutas que nunca pueden ignorarse, la obligación de justificar en forma adecuada el uso de la fuerza y el principio de inmunidad de los no combatientes. La primera regla establece que los líderes políticos solo pueden iniciar una guerra si presentan motivos válidos para hacerlo. Esta regla se basa en por lo menos dos consideraciones.Primero, la sociedad internacional tiene como base el reconocimiento mutuo de los Estados de que están vinculados por un conjunto de normas en común. El orden en una sociedad tal se basa en el reconocimiento mutuo de soberanía y en el principio de no intervención. Como tales, a los Estados les conviene mantener a la sociedad internacional que en parte les confiere su entidad. Desde luego, el principio de no intervención ha sido vulnerado repetidas veces, pero cuando los Estados u otros actores toman este curso de acción, se sienten obligados a ofrecer una justificación especial. Es necesario que así sea, porque no justificar sus acciones socavaría los principios de legitimidad que en su conjunto constituyen la sociedad internacional.Segundo, la obligación de justificar sus actos restringe el recurso a la guerra. Jeremy Bentham sostuvo que si los líderes políticos tuvieran la obligación de hacer públicas sus razones para iniciar una guerra, sometiéndolas al escrutinio interno e internacional, tendrían menos posibilidades de iniciar guerras abiertamente injustas. Asimismo, los teóricos de la “paz democrática” argumentan que es menos probable que los Estados democráticos inicien guerras injustas, en parte porque sus gobiernos tienen que lograr consenso político interno para hacerlo y están limitados por normas legales.Los Estados poderosos y legítimos gozan de un grado mayor de elasticidad que los más débiles y/o menos legítimos. Sin embargo, ninguno puede escapar a la exigencia de justificar de manera adecuada su decisión de iniciar la guerra.
La segunda regla absoluta es la inmunidad de los no combatientes. La idea de que los no combatientes deben gozar de inmunidad frente a los ataques directos es uno de los elementos fundamentales de la "convención de guerra", comoquiera que se la conciba. Sun Tzu en la China del siglo V, así como las antiguas civilizaciones hindú, egipcia y hebrea, pensaban que se debía tratar con respeto a los prisioneros de guerra y no combatientes, mientras que en la tradición occidental Platón insistía en que los ejércitos se abstuvieran de incendiar viviendas y matar a la población civil del Estado enemigo.El derecho canónico medieval prohibía el uso de la fuerza contra ciertas personas que desempeñaban funciones de importancia en tiempos de paz y no participaban en las hostilidades (clérigos, granjeros, comerciantes), mientras que la tradición de la caballería prohibía la violencia contra los débiles. Puede decirse que el principio de inmunidad de los no combatientes es el elemento más claro y de mayor aceptación dentro del derecho de guerra contemporáneo.
Referencia:Guerras justas. De Cicerón a Iraq de Alex J. Bellamy. Profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad de Queensland (Australia).

jueves, 3 de junio de 2021

Guerra justa


Santo Tomás de Aquino resumió en su Suma Teológica las aportaciones de Graciano y de san Agustín, atribuyendo unos requisitos concretos al concepto de guerra justa; que la declaración de la misma provenga de una autoridad soberana para dotarla de legitimidad; que esté provocada por una causa justa, por una injuria sufrida que exige ser reparada; y, por último la recta intención de los combatientes, es decir, la búsqueda de la paz. Francisco de Vitoria no prohibía las guerras ofensivas, siempre que fuesen el resultado de restituir la situación previa a la realización de una injuria grave o robo, y que se hubiese intentado cualquier otro tipo de medio previo de resolución. Hugo Grocio decía que la razón de la justicia de la guerra está en el derecho de los estados a la autodefensa y puede darse con carácter anticipatorio a la injuria si la amenaza es inminente y clara.



Juan Pablo II, pieza clave en la diplomacia de la Santa Sede en la desactivación de la política de bloques, refrendó en numerosas ocasiones el rechazo a la violencia y la búsqueda de la paz en la sociedad internacional a través del diálogo de una política activa de paz. En su discurso ante la Asamblea General de Naciones Unidas, el 5 de octubre de 1995, abogó por una transformación cualitativa de la organización que sirva para poner fin “no solo a las guerras de combate,sino también a las guerras frías”. 



Pero incluso en una guerra justa se puede pecar por el uso injusto de los medios bélicos, como en casos de bombardeo directo o indiscriminado de civiles en objetivos que carecen de valor militar. Por otro lado, Tomás de Aquino añade que  “si para defenderse se ejerce una violencia mayor que la necesaria, se trataría de una acción ilícita. Pero si se rechaza la violencia en forma mesurada, la acción sería lícita”.

viernes, 7 de septiembre de 2018

Guerra preventiva.

Después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, los Estados Unidos reelaboraron una doctrina, denominada guerra preventiva, y ha servido de sustento para invadir a Irak y mantener una tensa situación con Irán. Es necesario hacer una precisión conceptual; si bien la administración Bush se refiere a preemptive war, el contenido que se le asigna a esta expresión no es el mismo que la doctrina anglosajona le ha dado tradicionalmente. Para la doctrina anglosajona preemption consiste en golpear al enemigo mientras prepara el ataque (striking an enemy as it prepares an atack) diferente a prevention, que significa golpear al enemigo incluso en ausencia de evidencia específica de un ataque próximo (striking an enemy even in the absence of specific evidence of a coming attack).  

Sin embargo la doctrina Bush de la guerra preventiva, si tiene un trasfondo de contenido moral; se califica a Irak, Irán y Corea del Norte como países que pertenecen al “eje del mal”. Los Estados Unidos formulan así su estrategia de seguridad nacional con base en un sentimiento de superioridad moral que recuerda la doctrina tomista de la
Bush
guerra justa. De la misma manera que para Sto. Tomás la competencia para declarar la guerra recaía en el Príncipe, para la administración Bush, la utilización de la fuerza se llevará a cabo de manera unilateral si es necesario y sin el apoyo de la comunidad internacional. La doctrina tomista, exige una justa causa para declarar la guerra, entendiendo por ésta, una injuria o injusticia del adversario. Para la administración Bush, los atentados del 11 de septiembre constituyeron una auténtica ofensa contra el pueblo estadounidense que debe ser reivindicada.

Francisco de Vitoria.
Francisco de Vitoria legitima la guerra en cuanto medio coercitivo para eliminar del mundo la maldad y la injusticia. Siguiendo a San Agustín y a Santo Tomás, el teólogo español sostiene que es permitido a los cristianos el ejercicio de las armas. Para él, el Génesis y la historia del rey David enseñan que es lícito hacer la guerra contra el mal.


De todas formas siembre hay que recordar la famosa frase de Bismarck: “La guerra preventiva es como suicidarse por miedo a la muerte”.