Para el periodista y escritor Pedro García Cuartango, “hay una diferencia esencial entre el KGB, por ejemplo, y el MI5 o el MI6. El KGB nació en el año 17, pero con otro nombre, cuando Lenin creó la checa y puso a Dzerzhinski al frente. Entonces ya, llámese checa o llámese OGPU, o NKVD, o KGB, el propósito claro del servicio secreto soviético fue el de purgar a los enemigos de la revolución. Eliminar a la disidencia. Eso es algo que Lenin tenía en la cabeza desde el principio. Y toda la historia del KGB tiene ese hilo conductor. Es un instrumento de represión interna. También tenía un aparato de espionaje externo, claro, pero su función principal era vigilar a la población y acabar con la disidencia. No es lo mismo que el MI5 y el MI6. El MI5 era el servicio de contraespionaje y el MI6 era el servicio exterior de espías, sí, pero ambos se crearon exclusivamente para defender la democracia británica contra enemigos externos. El KGB, en cambio, opera siempre para perseguir a los enemigos internos. Esa es la diferencia esencial que explica la idiosincrasia de los espías que militaban en estas organizaciones. Todos los espías que trabajaban para el KGB formaban parte de un engranaje infernal del que no podían salir. Cualquier desviación mínima, cualquier sugerencia de descontento, podía provocar la muerte. Stalin instauró un régimen de terror en el que nadie se atrevía ni siquiera a pensar en solitario, en su casa, en la posibilidad de traicionar al régimen. Lenin creó las bases del terror de las que luego se aprovecharía Stalin. Creó la checa; tenía esa idea del partido como vanguardia de la revolución; y creía que había que eliminar cualquier tipo de oposición interna en la nueva Unión Soviética.”
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miércoles, 1 de abril de 2026
Los espías de la KGB formaban un engranaje infernal del que no podían salir
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martes, 18 de abril de 2023
Las doctrinas del partido comunista debían aceptarse como artículos de fe
El historiador Leonard Schapiro (1908-1983) en su libro The Communist Party of the Soviet Union escribe que las doctrinas del partido comunista debían aceptarse como artículos de fe por todos sus seguidores. Su juicio colectivo debía aceptarse como Justicia. Acusados de crímenes por el liderazgo, los miembros del Partido debían arrepentirse, arrodillarse ante el Partido y recibir con gusto su sentencia. Defenderse era agregar otro delito a los ya cometidos, el de disentir de la voluntad y el poder del Partido. Esto explica por qué tantos bolcheviques se rindieron a su destino en las purgas, aun cuando fueran inocentes de los crímenes de los que habían sido acusados. Esa actitud quedó de manifiesto en una conversación hecha pública por un amigo del líder bolchevique Iuri Piatakov, poco después de la expulsión de Piatakov del Partido por ser considerado trotskista, en 1927. Para conseguir ser readmitido, Piatakov había abjurado de muchas de sus más antiguas y acendradas convicciones políticas, pero esto no lo convertía en un cobarde, como lo acusaba su amigo. Más bien, como lo explicó Piatakov, demostraba que un verdadero bolchevique podrá purgar rápidamente de su mente ideas en las que ha creído durante muchos años. Un verdadero bolchevique ha sumergido su personalidad en la colectividad, en el Partido, en grado tal que eso mismo le permite hacer el esfuerzo necesario para liberarse de sus propias opiniones y convicciones… Está dispuesto a creer que el negro era blanco y el blanco era negro, si el Partido así lo requiere.
domingo, 5 de febrero de 2023
La desconfianza, el miedo o el desprecio hacia el individuo diferente
Fundada sobre la tesis de la desigualdad biológica de las razas humanas, de la superioridad de ciertas razas sobre otras, y sobre el pretendido derecho de las razas superiores a someter, o incluso hacer desaparecer a las razas llamadas inferiores, impuras o molestas, la metafísica racista del nazismo inspiró, como se sabe, un programa de exterminio de los judíos y gitanos de Europa, de sojuzgación de los latinos y los eslavos. Lo absurdo de la teoría procede, además, entre otras pruebas, del hecho de que no existe una raza judía. El judaísmo y la judaidad (este último término ha sido introducido por Albert Memmi para designar el sentimiento de pertenecer a una tradición cultural y consuetudinaria de los judíos no religiosos) se encuentran en casi todas las razas humanas. Es cierto que la contradicción en los términos es casi una de las condiciones del sectarismo ideológico. El racismo nazi constituyó una monstruosidad bien definida, netamente localizada en el espacio y en el tiempo, una clasificación ideológica fundada sobre una obsesión por lo puro y lo impuro, que por otra parte no es ajena a la mentalidad segregativa comunista, con sus “ratas viscosas”, sus “víboras lúbricas” y otros “chacales” o “hienas”, con los que no se termina más que “liquidándolos” con las “luchas”. Del mismo modo, bajo la Revolución francesa, durante la guerra civil de la Vendée, la Convención proclamó su firme propósito de “exterminar a los bandoleros de la Vendée”, incluida la población civil, para “purgar completamente el suelo de la libertad de esa raza maldita”. Se apreciará la lógica del razonamiento que preconiza el genocidio en nombre de la libertad. Los “comportamientos de exclusión” aliados a una ideología totalitaria conducen, en efecto, a una lógica.
La desconfianza, el miedo o el desprecio hacia el individuo diferente, que viene de una comunidad diferente, practica una religión diferente, habla una lengua diferente, tiene una apariencia física diferente, son sentimientos antiguos y universales. Dan lugar a conductas de exclusión. En el mejor de los casos, de distinción; en el peor, de segregación. Para superar estos sentimientos y corregir estas conductas, cada uno de nosotros necesita una educación, una filosofía política, fruto de una larga participación en la civilización democrática, de una larga impregnación de las mentalidades por una moral humanista y universalista. “Es el racismo lo que es natural, escribe Albert Memmi, y el antirracismo lo que no lo es; este último no puede ser más que una conquista larga y difícil, siempre amenazada, como lo es toda experiencia cultural”. Conseguir que todos hagan suya esta experiencia cultural es un resultado que no es fácil de obtener, rápidamente, en todas partes, y que ciertamente no se logrará tratando de verdugo nazi a todo individuo cuya alma contiene resabios de prejuicios xenófobos o racistas, y que no mantiene con su vecino magrebí o negro unas relaciones tan fraternales y corteses como sería de desear, manifiesta Jean-François Revel.
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