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martes, 22 de octubre de 2024

La lección que nos dejó la Revolución rusa

La creación del partido totalitario, esa encarnación anticipada de la utopía de la sociedad total con su hombre-comunidad u hombre-partido ya realizado. Este fue el aporte decisivo de Lenin tanto al marxismo revolucionario como a la génesis del totalitarismo. Con ello se pudo materializar el programa de Marx, es decir, aquella realización de la filosofía de que hablaba en sus obras juveniles o el intento de construir un mundo de acuerdo a la utopía de una sociedad donde el individuo se funde con el colectivo, donde nada lo separa del resto de la humanidad, donde, para decirlo con las palabras de La cuestión judía, desaparece “el dualismo entre vida individual y de la especie”, así como “la separación y el extrañamiento del hombre frente al hombre” pasando éste a ser, finalmente, “un ser a nivel de la especie”. Para realizar este hombre-especie hubo que destruir, por la fuerza, toda sociedad civil y toda individualidad independiente, todo vínculo o ámbito que separase al hombre del colectivo. Este sacrificio del individuo en aras de la colectividad fue un sacrificio realizado voluntariamente por el militante revolucionario del partido leninista, que pasaba así a convertirse en un hombre-partido, aquel que vive por y para el partido. Esa fue la célula básica y el prototipo de la futura sociedad total; un ser humano que se autosegrega mentalmente del mundo circundante para existir en y mediante el partido. Se crea así, con las palabras de Hannah Arendt, “un ser humano absolutamente aislado, aquel que, sin ningún otro vínculo social con la familia, los amigos, los compañeros e incluso conocidos, deriva su sentido de tener un lugar en el mundo solamente del hecho de pertenecer al movimiento, de su militancia en el partido”.Esto es lo mismo que uno de los leninistas más brillantes, el filósofo húngaro Georg Lukács, afirmó a su manera ya en 1922 al decir que “la absorción incondicional de la personalidad total de cada miembro en la práctica del movimiento, es el único camino viable hacia la realización de la libertad auténtica”. Estas son palabras dignas de ser pensadas un par de veces, la “libertad auténtica” es lisa y llanamente, tal como Marx lo había dicho en sus escritos de juventud, la negación del individuo como tal.
En Rusia, tal como en cada lugar donde ello se ha intentado, los hombres fueron totalizados contra su voluntad, arrasando a sangre y fuego toda existencia más allá del colectivo definido y controlado por el partido-Estado. Se creó aquello que Hannah Arendt define como la base misma del totalitarismo, una sociedad de individuos aislados y sin relaciones sociales normales, que se ven enfrentados a un poder que los envuelve y que les da la única vida social e identidad que se les permite tener. La creación de una sociedad así fue iniciada por Lenin y consolidada por Stalin a través del terror generalizado y la destrucción final de toda vida económica, social y cultural independiente del partido-Estado. Su arma más eficaz y su efecto más profundo fue la creación de una desconfianza generalizada, un miedo universal que hace que cada individuo vea en toda relación social fuera de la esfera del partido-Estado un peligro para la propia supervivencia. Las purgas convirtieron en regla la culpabilidad por el mero hecho de tener alguna relación con una persona a la que se le imputa un crimen. Llega así, dice Arendt, a hacerse “obvio que la prudencia más elemental exige que dentro de lo posible se eviten todos los contactos íntimos”. A partir de esto y “llevando este principio hasta sus extremos más asombrosos los gobernantes bolcheviques han logrado crear una sociedad atomizada e individualizada como nunca antes se había visto”.
No debemos olvidar que el ansia de superar las limitaciones y desgarramientos de nuestras vidas seguirá siempre presente. Es parte de nuestra condición humana, el complemento necesario de nuestra fragilidad y carencias. Necesitamos soñar con otro mundo y otro ser humano para poder ser y soportar lo que somos. Pero cuando el sueño nos desborda y creemos que el reino celestial puede ser realizado en este mundo, terminamos construyendo infiernos terrenales. Esa es, finalmente, la gran lección que nos dejó la Revolución rusa.
Referencia:Lenin y el totalitarismo de Mauricio Rojas

martes, 18 de abril de 2023

Las doctrinas del partido comunista debían aceptarse como artículos de fe

El historiador Leonard Schapiro (1908-1983) en su libro The Communist Party of the Soviet Union escribe que las doctrinas del partido comunista debían aceptarse como artículos de fe por todos sus seguidores. Su juicio colectivo debía aceptarse como Justicia. Acusados de crímenes por el liderazgo, los miembros del Partido debían arrepentirse, arrodillarse ante el Partido y recibir con gusto su sentencia. Defenderse era agregar otro delito a los ya cometidos, el de disentir de la voluntad y el poder del Partido. Esto explica por qué tantos bolcheviques se rindieron a su destino en las purgas, aun cuando fueran inocentes de los crímenes de los que habían sido acusados. Esa actitud quedó de manifiesto en una conversación hecha pública por un amigo del líder bolchevique Iuri Piatakov, poco después de la expulsión de Piatakov del Partido por ser considerado trotskista, en 1927. Para conseguir ser readmitido, Piatakov había abjurado de muchas de sus más antiguas y acendradas convicciones políticas, pero esto no lo convertía en un cobarde, como lo acusaba su amigo. Más bien, como lo explicó Piatakov, demostraba que un verdadero bolchevique podrá purgar rápidamente de su mente ideas en las que ha creído durante muchos años. Un verdadero bolchevique ha sumergido su personalidad en la colectividad, en el Partido, en grado tal que eso mismo le permite hacer el esfuerzo necesario para liberarse de sus propias opiniones y convicciones… Está dispuesto a creer que el negro era blanco y el blanco era negro, si el Partido así lo requiere.

martes, 12 de julio de 2022

Desde el siglo XIX hemos pasado de hablar de la libertad de un hombre a hablar de libertades colectivas

Creemos entender con bastante claridad lo que queremos decir cuando afirmamos que la libertad es un valor humano universal, que los derechos a la libertad de expresión, la libertad de movimiento, la libertad de elección, son inherentes a las personas. Pero yo pienso, escribe Tony Judt, que desde el siglo XIX hemos pasado demasiado fácilmente de hablar de la libertad de un hombre a hablar de libertades colectivas, como si fuera el mismo tipo de cosa. Pero una vez que empiezas a hablar de liberar a un pueblo, o a tomar la libertad como una abstracción, empiezan a pasar otras cosas muy distintas. Uno de los problemas del pensamiento político occidental desde la Ilustración ha sido este movimiento hacia delante y hacia atrás entre las evaluaciones éticas kantianas y las categorías políticas abstractas. Para que una nación tenga derechos u obligaciones, esos mismos deberes y reivindicaciones deben ser ciertos para los individuos y para las colectividades. Si una nación tiene derecho a ser libre, también deben tenerlo sus ciudadanos y sujetos individuales, o si no, el término libre se estará utilizando en un sentido claramente diferente.


miércoles, 27 de noviembre de 2019

El mal colectivo

participation mystique
El mal colectivo puede convertirse en un fenómeno de masas y hacer que naciones enteras se vean poseídas por la fuerza arquetípica del mal. Esto puede explicarse por un proceso inconsciente denominado participation mystique, un proceso mediante el cual los individuos y los grupos se identifican emocionalmente con un objeto, una persona o una idea y dejan de lado cualquier tipo de discriminación moral. Este fenómeno colectivo, manifiesta Gustav Jung, es el que sustenta la identificación con una ideología o un líder que da cauce de expresión a los miedos y sentimientos de inferioridad de toda una colectividad. A menudo esta situación asume formas colectivas fanáticas y da lugar a fenómenos tales como la persecución religiosa, la intolerancia racial, el sistema de castas, el fenómeno del chivo expiatorio o el odio genocida. De este modo, cuando se proyecta sobre una minoría se activa considerablemente el potencial para el mal de esa colectividad.

Gustav Jung dice que la expresión del mal colectivo suele desafiar nuestra comprensión. Es como si de repente estas fuerzas brotaran de la mente inconsciente de un gran número de personas. Cuando tiene lugar una epidemia mental de tales proporciones nos hallamos indefensos para combatir las calamidades que provoca. Los pocos que no quedan atrapados en tal fenómeno masivo de participation mystique corren el peligro de convertirse en víctimas de él.

sábado, 3 de agosto de 2019

Mito

Homero.
En el mundo griego, Homero usó el término mythos con el valor de palabra o discurso (acción de recitar), acepción que se mantuvo en el griego clásico. Sin embargo, cuenta la profesora González Serrano, que posteriormente, este vocablo adquirió el sentido de “palabra no verdadera”, por oposición a otro vocablo, el logos, también utilizado como palabra, pero referida a una narración racional y digna de crédito. Así, el mito y el logos fueron conceptos que se opusieron el uno al otro, aunque, al final, se descubriese que en cada mito se encuentra el logos, entendido éste como el contenido profundo que subyace bajo lo que se expresa a través de un relato fabuloso.
Perseo liberando a Andrómeda
Cada mito no es sólo una narración fantástica en la que todo es posible; esa es la parte más sugestiva, la que más atrae. Lo más importante es el mensaje que en él se encuentra implícito, ya que se corresponde con la idiosincrasia de una colectividad, pueblo o cultura.