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lunes, 10 de noviembre de 2025

Era de veras demasiado tarde para llamar al orden porque el orden mismo era considerado fascista

Evelyn Waugh

Evelyn Waugh, novelista británico de la primera mitad del siglo XX, se había quejado en una carta publicada en el New Statesman el 5 de marzo de 1938 que “hubo una época a principios de los veinte en que se empleaba con frecuencia la palabra bolchevique. Se utilizaba de modo indiscriminado para designar a los escolares obstinados, a los empleados que pedían un aumento de sueldo, a los criados impertinentes, a quienes pedían una ampliación de los derechos de propiedad de los pobres, y a cualquier cosa o persona que el hablante desaprobara. Su único propósito era impedir el debate razonable y la reflexión. Creo que corremos un peligro similar, el uso del término fascista. Hace poco se envió una petición a los escritores ingleses… para que se definieran de modo categórico a favor del bando republicano de España o de los fascistas. Una encarcelación de manifestantes se describe como una “sentencia fascista”; investigar la situación económica de alguien es fascista; la colonización es fascista; la disciplina militar es fascista; el patriotismo es fascista; el catolicismo es fascista; el buchmanismo es fascista; el antiguo culto japonés al emperador es fascista; el antiguo odio de las tribus de Oromo por los suyos es fascista; la caza del zorro es fascista… ¿Acaso es demasiado tarde para llamar al orden?”
Mientras Waugh escribía, la reductio ad absurdum de etiquetar a todas las personas y cosas como bolcheviques o fascistas hallaba una expresión tragicómica en España. Los comunistas y los anarquistas, antes aliados contra los fascistas de Franco, habían empezado a volver las armas contra sí, acusándose mutuamente de “fascistas”. En tales circunstancias era de veras demasiado tarde para llamar al orden porque el orden mismo era considerado fascista.

viernes, 29 de agosto de 2025

Un sistema político que glorificaba la crueldad bolchevique y denigraba la vida

Los archivos del Estado ruso confirmaron que fue Lenin el iniciador del empleo del terror por parte del Estado soviético. El 11 de agosto de 1918, Lenin escribió a los líderes del Partido en Penza dando instrucciones sobre cómo tratar a los campesinos: ¡Camaradas! La revuelta de los cinco volosts kulaks debe ser reprimida sin piedad… Tenéis que ahorcar (ahorcar sin falta, para que el público lo vea) al menos a cien kulaks destacados, los ricos y los chupasangres… Ejecutad a los rehenes, tal como se dijo en el telegrama de ayer. Esto hay que hacerlo de manera que la gente, en cientos de kilómetros a la redonda, lo vea, tiemble, sepa y grite: ahoguemos y estrangulemos a esos kulaks chupasangres. Telegrafiad acusando recibo y la ejecución de esto. Vuestro, Lenin. P. D.: Utilizad para esto a vuestros hombres más duros. También fue Lenin quien dio la orden de “ejecutar por pelotón de fusilamiento” a los sacerdotes de Shuia, quien ordenó a Nikolai Krestinski: “Es necesario preparar en secreto, y urgentemente, el terror”, y quien reconoció en 1920: “No vacilaremos en fusilar a miles de personas”. ¿Qué tuvo, pues, de sorprendente que Lenin, que inició el proceso, diera paso a Stalin, que aceleró la desaparición de millones de personas? Stalin aplicó metódica e implacablemente los mismos métodos a mayor escala, pero el retórico argumento según el cual “cuando se nos reprocha nuestra crueldad, nos preguntamos cómo se puede olvidar el marxismo más elemental” era también de Lenin. Así pues, las consecuencias del estalinismo no fueron un accidente ni una “aberración socialista”, como pretendió argumentar Jruschov. El Terror fue una continuidad histórica en un sistema político que glorificaba la “crueldad bolchevique” y denigraba el valor de la vida humana. 


martes, 17 de junio de 2025

Sin elecciones generales, sin ilimitada libertad de prensa y reunión, sin libertad de opinión, la vida se extingue en cada institución pública

Rosa de Luxemburgo
Las tendencias antidemocráticas de los bolcheviques y su inclinación hacia el terror y el Gobierno de partido único fue denunciado por Rosa Luxemburgo (1871-1919), una defensora de los hechos de octubre, en su panfleto La Revolución Rusa, escrito en la celda de la prisión poco antes de su brutal asesinato: “La libertad solo para los defensores del Gobierno, solo para los miembros de un partido, por muy numerosos que sean, no es libertad en absoluto. Libertad es siempre y exclusivamente libertad para quien piensa diferente”. “Sin elecciones generales, sin ilimitada libertad de prensa y reunión, sin libertad de opinión, la vida se extingue en cada institución pública… en la que solo la burocracia permanece como un elemento activo”.


domingo, 13 de abril de 2025

Desde la victoria de los bolcheviques en noviembre de 1917 el hombre ya no es su propio dueño

Marina Tsvietáieva

Marina Tsvietáieva, escritora rusa, que destacó como poetisa y prosista, es una de las poetas más originales del siglo xx.  Tsvietáieva escribe que “desde la victoria de los bolcheviques en noviembre de 1917 el hombre ya no es su propio dueño, ha de dirigirse al Estado que progresivamente se ha vuelto el único patrón del país, puesto que todo le pertenece, todos deben apoyarse en él. Los individuos ya no dependen los unos de los otros, sino que todos dependen del poder del Estado, mediador impersonal y, aun así, inevitable. Los poetas deben servirlo, de la misma manera que los obreros y los campesinos. A esta destrucción del vínculo social, tal y como había existido hasta entonces, se añade muy rápidamente una nueva amenaza, la hambruna. La guerra civil entre Rojos y Blancos llega a su punto álgido, las cosechas son destruidas, los campesinos han sido despojados de los víveres que les quedaban y ya no se atreven a sembrar. Un informe de la Cheká, la policía política, dice que “ya nadie trabaja, la gente tiene miedo”. Los habitantes de las grandes ciudades descubren el nuevo rostro de la Revolución, el del hambre. En sus cuadernos, Tsvietáieva relata anécdotas.“Vieron a un perro con una pancarta: - ”¡Abajo Trotski y Lenin, o - me comerán!”. El patriarca Tijon hace leer una carta pastoral en las iglesias que dice: “La carroña se ha vuelto un manjar para la población hambrienta, y aun ese manjar es difícil de encontrar”.
Marina Tsvietáieva no puede más que condenarlo como responsable de la desaparición de todas las formas de vida que, en el antiguo mundo, le eran queridas. Ha traído la desorganización de toda vida social y material, y ha provocado la hambruna. Ha reprimido, además, la oposición y la palabra libre, ejerciendo una censura mucho peor que la de los zares; ha confiado a la Cheká la vigilancia de la población. Frente al poder soviético, a Tsvietáieva no le queda más que una salida, el exilio. El que conduce al interior de uno mismo, que pondrán en práctica gran número de sus compatriotas, o el que conduce fuera del país, solución que han elegido, o a la que se han visto obligados, numerosos otros rusos.

domingo, 3 de noviembre de 2024

Nada antes de 1914 había preparado el mundo para lo que iba a suceder

Nada antes de 1914 había preparado el mundo para lo que iba a suceder. Todos los horrores de la Europa del siglo XX nacieron de aquella guerra, “la calamidad de la que surgieron todas las demás calamidades”, como la definió el historiador estadounidense Fritz Stern. El año 1914 fue, en efecto, la crisis por excelencia de esa historia, por lo que provocó y por lo que ocurrió después, porque por el camino se llevó al imperio ruso, a cuya caída siguió pocos meses después, un año antes de que esa guerra terminara, la conquista del poder por los bolcheviques.Los altos dirigentes, emperadores y reyes acudían a los actos públicos con uniforme militar; las revistas militares eran una parte esencial del ceremonial público, y, según Christopher Clark, “el culto a la exhibición militar se introdujo en la vida pública y privada de sus comunidades”.
Había una falta de transparencia diplomática en la mayoría de las maniobras de los ministros de Asuntos Exteriores, especialmente cuando trataban de los Balcanes, el escenario que sirvió de detonante al conflicto y que ya había conocido dos guerras, en 1912 y 1913, antes de que la tercera se extendiera en cinco semanas del verano de 1914 a todo el continente.Cuando el archiduque Francisco Fernando (1863-1914) y su esposa, Sofía Chotek (1868-1914), fueron asesinados en Sarajevo el 28 de junio de 1914, la elite europea estaba disfrutando de su vida privilegiada y exquisita. La noticia del asesinato sorprendió al emperador Guillermo II de Alemania (1859-1941) navegando en su yate. El presidente de Francia, Raymond Poincaré (1860-1934), aunque recibió un telegrama en el hipódromo, donde estaba en compañía de otros miembros del cuerpo diplomático, se quedó a disfrutar de las carreras.
Se esperaba que la guerra fuera corta y aunque los gobiernos de los principales poderes contribuyeron a poner en riesgo la paz con sus movilizaciones bélicas, ninguno de ellos había hecho planes militares o económicos para un prolongado combate. Sabían que si entraban en guerra todos la vez, algo que posibilitaba el sistema de alianzas pactado unos años antes, el dinero y las energías gastadas podrían conducir a la bancarrota de la industria y del crédito en Europa. Al declarar la guerra general en agosto de 1914, escribe Ruth Henig, “los poderes europeos contemplaban una serie de encuentros militares cortos e incisivos, seguidos presumiblemente de un congreso general de los beligerantes en el que confirmarían los resultados militares mediante un arreglo político y diplomático”. Guillermo (1885-1951), el príncipe heredero de la corona alemana, ansiaba que la guerra fuera “radiante y gozosa”. La guerra, ideada para garantizar la sobrevivencia y continuidad de los imperios alemán y austrohúngaro, acabó con su estrepitosa derrota y desaparición cuatro años después. Por el camino se llevó al imperio ruso, desacreditó la democracia liberal y de la batalla salieron también el comunismo y el fascismo, alternativas y después polos de atracción para intelectuales, vehículos para la política de masas, viveros de nuevos líderes que, subiendo de la nada, arrancando desde fuera del establishment y del viejo orden monárquico e imperial, propusieron rupturas radicales con el pasado.
Referencia:La venganza de los siervos de Julián Casanova




martes, 22 de octubre de 2024

La lección que nos dejó la Revolución rusa

La creación del partido totalitario, esa encarnación anticipada de la utopía de la sociedad total con su hombre-comunidad u hombre-partido ya realizado. Este fue el aporte decisivo de Lenin tanto al marxismo revolucionario como a la génesis del totalitarismo. Con ello se pudo materializar el programa de Marx, es decir, aquella realización de la filosofía de que hablaba en sus obras juveniles o el intento de construir un mundo de acuerdo a la utopía de una sociedad donde el individuo se funde con el colectivo, donde nada lo separa del resto de la humanidad, donde, para decirlo con las palabras de La cuestión judía, desaparece “el dualismo entre vida individual y de la especie”, así como “la separación y el extrañamiento del hombre frente al hombre” pasando éste a ser, finalmente, “un ser a nivel de la especie”. Para realizar este hombre-especie hubo que destruir, por la fuerza, toda sociedad civil y toda individualidad independiente, todo vínculo o ámbito que separase al hombre del colectivo. Este sacrificio del individuo en aras de la colectividad fue un sacrificio realizado voluntariamente por el militante revolucionario del partido leninista, que pasaba así a convertirse en un hombre-partido, aquel que vive por y para el partido. Esa fue la célula básica y el prototipo de la futura sociedad total; un ser humano que se autosegrega mentalmente del mundo circundante para existir en y mediante el partido. Se crea así, con las palabras de Hannah Arendt, “un ser humano absolutamente aislado, aquel que, sin ningún otro vínculo social con la familia, los amigos, los compañeros e incluso conocidos, deriva su sentido de tener un lugar en el mundo solamente del hecho de pertenecer al movimiento, de su militancia en el partido”.Esto es lo mismo que uno de los leninistas más brillantes, el filósofo húngaro Georg Lukács, afirmó a su manera ya en 1922 al decir que “la absorción incondicional de la personalidad total de cada miembro en la práctica del movimiento, es el único camino viable hacia la realización de la libertad auténtica”. Estas son palabras dignas de ser pensadas un par de veces, la “libertad auténtica” es lisa y llanamente, tal como Marx lo había dicho en sus escritos de juventud, la negación del individuo como tal.
En Rusia, tal como en cada lugar donde ello se ha intentado, los hombres fueron totalizados contra su voluntad, arrasando a sangre y fuego toda existencia más allá del colectivo definido y controlado por el partido-Estado. Se creó aquello que Hannah Arendt define como la base misma del totalitarismo, una sociedad de individuos aislados y sin relaciones sociales normales, que se ven enfrentados a un poder que los envuelve y que les da la única vida social e identidad que se les permite tener. La creación de una sociedad así fue iniciada por Lenin y consolidada por Stalin a través del terror generalizado y la destrucción final de toda vida económica, social y cultural independiente del partido-Estado. Su arma más eficaz y su efecto más profundo fue la creación de una desconfianza generalizada, un miedo universal que hace que cada individuo vea en toda relación social fuera de la esfera del partido-Estado un peligro para la propia supervivencia. Las purgas convirtieron en regla la culpabilidad por el mero hecho de tener alguna relación con una persona a la que se le imputa un crimen. Llega así, dice Arendt, a hacerse “obvio que la prudencia más elemental exige que dentro de lo posible se eviten todos los contactos íntimos”. A partir de esto y “llevando este principio hasta sus extremos más asombrosos los gobernantes bolcheviques han logrado crear una sociedad atomizada e individualizada como nunca antes se había visto”.
No debemos olvidar que el ansia de superar las limitaciones y desgarramientos de nuestras vidas seguirá siempre presente. Es parte de nuestra condición humana, el complemento necesario de nuestra fragilidad y carencias. Necesitamos soñar con otro mundo y otro ser humano para poder ser y soportar lo que somos. Pero cuando el sueño nos desborda y creemos que el reino celestial puede ser realizado en este mundo, terminamos construyendo infiernos terrenales. Esa es, finalmente, la gran lección que nos dejó la Revolución rusa.
Referencia:Lenin y el totalitarismo de Mauricio Rojas

viernes, 5 de julio de 2024

25 de octubre de 1917

Pocos acontecimientos históricos han sido más profundamente distorsionados por el mito que los que sucedieron el 25 de octubre de 1917. La Gran Revolución Socialista de Octubre en realidad fue un acontecimiento a pequeña escala, que de hecho no pasó de ser un golpe militar, que resultó inadvertido para la vasta mayoría de los habitantes de Petrogrado. Los teatros, los restaurantes y los tranvías siguieron funcionando de manera normal cuando los bolcheviques se hicieron con el poder. Toda la insurrección podría haber concluido en seis horas, si no hubiera sido por la tremenda incompetencia de los mismos insurgentes, que necesitaron otras quince. El legendario asalto contra el Palacio de Invierno, donde el Gabinete de Kérensky celebraba su sesión final, fue más bien un arresto domiciliario de rutina, puesto que la mayoría de las fuerzas que defendían el palacio ya se habían marchado a casa, hambrientas y cansadas, antes de que comenzara el asalto…..El asalto al Palacio de Invierno debía empezar con los cañones pesados de la fortaleza de San Pedro y San Pablo, pero en el momento final se descubrió que eran oxidadas piezas de museo que no podían ser disparadas. Se envió apresuradamente a algunos soldados para que consiguieran otros cañones y los llevaran a los muros de la fortaleza, pero cuando llegaron resultó que no había proyectiles adecuados para ellos. Incluso más surrealista fue el pánico creado por la aparentemente sencilla tarea de subir una linterna roja hasta la cima del asta de la bandera de la fortaleza para indicar el inicio del asalto contra el palacio. Cuando llegó el momento de la acción, no se pudo encontrar ninguna linterna roja.El número de participantes activos en la insurrección no fue muy grande. No eran necesarias grandes cantidades para llevar a cabo esta tarea, dada la casi completa ausencia de cualquier fuerza militar en la capital preparada para defender al Gobierno provisional.Las pocas fotografías que nos han llegado de los días de octubre muestran claramente las pequeñas dimensiones de la fuerza insurgente. Presentan a un puñado de guardias rojos y de marineros que aparecen en calles medio desiertas. Ninguna de las imágenes familiares de una revolución popular aparece entre ellas. Toda la insurrección, como el mismo Trotsky reconoció, fue llevada a cabo como un coup d’État con “una serie de pequeñas operaciones, calculadas y preparadas con antelación”. Las inmediaciones del Palacio de Invierno fue la única parte de la ciudad seriamente trastornada durante el 25 de octubre. En todos los demás sitios la vida de Petrogrado transcurrió de una manera normal….En el primer distrito de policía de Vyborg, la parte más bolchevizada de la ciudad, el jefe de policía redactó el siguiente informe el 25 de octubre: “Los guardias rojos ayudaron a la policía en el mantenimiento del orden, y no hubo sucesos nocturnos de los que informar, aparte del arresto de dos borrachos y de soldados que armaban jaleo, acusados de disparar y matar a un hombre (también, al parecer, borracho)”. Así comenzó la Gran Revolución Socialista de Octubre en el bastión bolchevique del distrito de Vyborg.
Cuando los bolcheviques pasaron a controlar el Palacio de Invierno, descubrieron una de las mayores bodegas conocidas. Durante los días siguientes decenas de miles de botellas antiguas desaparecieron de los estantes. Los obreros y soldados bolcheviques se estaban apoderando del Chateau d’Yquem 1847, la última cosecha favorita del zar, y vendiendo el vodka a la gente del exterior. Las turbas borrachas se entregaron al vandalismo.Por lo que se refiere a los obreros de Petrogrado, participaron poco en la insurrección. El punto álgido de la crisis económica y el temor a perder sus empleos fue suficiente para mantener al margen a la inmensa mayoría de ellos a la hora de salir a la calle. De aquí que las fábricas y el sistema de transportes funcionara de manera normal.
Referencia:La Revolución rusa (1891-1924)  de Orlando Figes


martes, 27 de febrero de 2024

¿Cómo se puede explicar el brutal cambio que sufrió Rusia en apenas nueve meses de 1917?

¿Cómo se puede explicar el brutal cambio que se produjo en apenas nueve meses de 1917? Cambio que afectó a todas las esferas de la sociedad, economía, religión, política, cultura, etc. Sufrió Rusia prácticamente de la noche a la mañana un cambio absoluto que hizo a aun país irreconocible. El derrumbe de la monarquía llegó sin que nadie se diera cuenta (y obligado más por las presiones de los altos cargos, civiles y militares que por las masas levantiscas), y tras un vano intento de democratización al estilo occidental en una nación en plena guerra, una guerra no deseada por nadie, ni siquiera por la mayoría del ejército, una nación en que la agricultura se había ido al traste, con los obreros industriales reivindicando derechos, con las mujeres pidiendo pan, con un ejército cada día más inexistente, con algunas de las repúblicas del imperio reivindicando soberanía, pasó lo que tenía que pasar. El gobierno provisional con el príncipe Lvov y más tarde Kerenski al mando, fue incapaz de conectar con las reivindicaciones de un pueblo alzado y de firmar una paz en la guerra europea que todos reclamaban. Ello supuso su pena de muerte, y dio lugar a la toma del poder por los soviets. El zar dimite en febrero, y en octubre los soviets se alzan con el gobierno. Ahí es donde aparece la figura de Lenin, partidario de la toma rápida del poder por el partido bolchevique, frente al intento de control de otros grupos, como los mencheviques, los liberales, etc. Puesto a ello, lo consigue, y así se consolidó, en ese pequeño espacio de tiempo, el paso de la autocracia zarista trasnochada y agotada a la revolución comunista. Tendría que venir después la guerra civil, con la creación del Ejército Rojo y la consolidación de los bolcheviques en el poder, para que quedara en afianzado el nuevo régimen, que tuvo más de 70 años de existencia.
Las revoluciones son acontecimientos extraordinarios, con un impacto notable en la historia de las naciones y en el escenario internacional. Aunque el término revolución se usa constantemente, se hace de forma ambigua e imprecisa. En historia aparece indistintamente frente a revuelta o rebelión y casi siempre implica una ruptura con el pasado, un cambio de las relaciones entre la gente y sus modos de vida. 

sábado, 30 de diciembre de 2023

La sociedad estaba subordinada al Estado, que era controlado por el partido

Los bolcheviques heredaron de Lenin el principio de “centralismo democrático”, una traducción de la filosofía marxista de la historia a la realidad burocrática. Los trabajadores representaban la corriente impulsora de la historia; el disciplinado partido comunista representaba a los trabajadores; el comité central representaba al partido; el politburó, un grupo de pocos hombres, representaba al comité central. La sociedad estaba subordinada al Estado, que era controlado por el partido, el cual en la práctica era gobernado por unas cuantas personas. Las disputas dentro de este pequeño grupo se tomaban como representativas no de la política sino de la misma historia, y sus decisiones se presentaban como veredictos, afirma el historiador Timothy Snyder.



martes, 28 de noviembre de 2023

El uso de la violencia es algo esencial para el primer paso hacia el comunismo

Como Marx lo señaló en reiteradas ocasiones, la destrucción inmediata del viejo Estado y la instauración de la dictadura del proletariado. Esta dictadura consiste en el gobierno directo de las masas populares armadas que, siguiendo el modelo que Marx encontró en la Comuna de París de 1871, se basa en la abolición de la propiedad privada y la represión contra la burguesía y sus aliados. El uso de la violencia, tanto para tomar el poder como para mantenerlo, es algo esencial para este primer paso hacia el comunismo, tal como Marx lo señaló insistentemente. Lenin cita al respecto no solo el Manifiesto comunista sino un texto de Engels titulado “De la autoridad”, en el cual sostiene que una “revolución es, indudablemente, la cosa más autoritaria que existe; es el acto mediante el cual una parte de la población impone su voluntad a la otra mediante los fusiles, las bayonetas y los cañones, medios autoritarios si los hay; y el partido triunfante, si no quiere haber luchado en vano, tiene que mantener este dominio por el terror que sus armas inspiran en los reaccionarios”. De esta manera, por la fuerza y el terror, se pone fin inmediato a toda explotación del hombre por el hombre. Esto hace que el nuevo Estado ya no sea un Estado en el verdadero sentido de la palabra, sino un Estado en extinción, necesario solamente mientras dure la tarea de aplastar a los enemigos de la revolución. 
Lenin llevaría a decretar, el 14 de enero de 1918, el envío de destacamentos armados de requisa al campo ruso con la orden de “adoptar las medidas revolucionarias más extremas” y fusilar, sin juicio previo, a “especuladores y saboteadores”. Se iniciaba así la larga guerra de los bolcheviques contra su propio pueblo. Unos días antes los bolcheviques habían cerrado el capítulo democrático de la Revolución rusa al disolver por la fuerza la Asamblea Constituyente recién reunida. La razón era simple, las elecciones de noviembre, las únicas universales y democráticas de la historia de Rusia hasta 1993, habían puesto, con toda claridad, a los bolcheviques en minoría, con un poco menos de una cuarta parte de los votos. Frente a ellos se alzaba la aplastante mayoría absoluta del Partido Socialista Revolucionario, que había recibido un apoyo compacto de los campesinos. El resultado bolchevique, por su parte, era fuerte en los grandes centros urbanos y, sobre todo, entre los soldados y marineros. El país estaba, en otras palabras, profundamente escindido y los bolcheviques contaban con una base social y militar lo suficientemente fuerte como para poder mantener su dictadura pero no para gobernar democráticamente.
A fines de marzo y comienzos de abril de 1918 Lenin desarrolla sus ideas sobre la necesidad de una amplia represión para mantener el poder bolchevique. De allí nace uno de sus escritos más reveladores y descarnados: “Las tareas inmediatas del Poder Soviético”, publicado en Pravda a fines de abril. En ese largo escrito Lenin proclama abiertamente la dictadura y declara el inicio de la guerra contra amplias capas de la población en los territorios controlados por los bolcheviques.

jueves, 10 de agosto de 2023

Un crimen monstruoso sobre un Himalaya de mentiras

Julián Besteiro

Julián Besteiro Fernández, (Madrid, 21 de septiembre de 1870 - Carmona, 27 de septiembre de 1940) que fue un catedrático y político español, presidente de las Cortes durante la Segunda República, y también del Partido Socialista Obrero Español y de la Unión General de Trabajadores, acusó a la causa revolucionaria de haberse convertido en un “crimen monstruoso” sobre un “Himalaya de mentiras”. “La reacción contra ese error de la República de dejarse arrastrar a la línea bolchevique, la representan genuinamente, sean los que quieran sus defectos, los nacionalistas que se han batido en la gran cruzada antikomintern”. 

martes, 18 de abril de 2023

Las doctrinas del partido comunista debían aceptarse como artículos de fe

El historiador Leonard Schapiro (1908-1983) en su libro The Communist Party of the Soviet Union escribe que las doctrinas del partido comunista debían aceptarse como artículos de fe por todos sus seguidores. Su juicio colectivo debía aceptarse como Justicia. Acusados de crímenes por el liderazgo, los miembros del Partido debían arrepentirse, arrodillarse ante el Partido y recibir con gusto su sentencia. Defenderse era agregar otro delito a los ya cometidos, el de disentir de la voluntad y el poder del Partido. Esto explica por qué tantos bolcheviques se rindieron a su destino en las purgas, aun cuando fueran inocentes de los crímenes de los que habían sido acusados. Esa actitud quedó de manifiesto en una conversación hecha pública por un amigo del líder bolchevique Iuri Piatakov, poco después de la expulsión de Piatakov del Partido por ser considerado trotskista, en 1927. Para conseguir ser readmitido, Piatakov había abjurado de muchas de sus más antiguas y acendradas convicciones políticas, pero esto no lo convertía en un cobarde, como lo acusaba su amigo. Más bien, como lo explicó Piatakov, demostraba que un verdadero bolchevique podrá purgar rápidamente de su mente ideas en las que ha creído durante muchos años. Un verdadero bolchevique ha sumergido su personalidad en la colectividad, en el Partido, en grado tal que eso mismo le permite hacer el esfuerzo necesario para liberarse de sus propias opiniones y convicciones… Está dispuesto a creer que el negro era blanco y el blanco era negro, si el Partido así lo requiere.

lunes, 16 de enero de 2023

La dictadura del proletariado en realidad significaba la dictadura de los líderes bolcheviques


La revolución proletaria fracasó en todas partes menos en el Imperio ruso, que fue reconstruido por los bolcheviques tras una brutal guerra civil. Ningún otro líder socialista se mostró tan despiadado como Lenin a la hora de adoptar el “centralismo democrático” (que era lo opuesto a la democracia), rechazando el parlamentarismo y utilizando el terrorismo contra sus opositores. Algunas de las cosas que hicieron los bolcheviques (la nacionalización de la banca, la confiscación de tierras) emanaban directamente del Manifiesto de Marx y Engels. Otras (la mayor ferocidad y salvajismo de la represión… los mares de sangre) le debían más a Robespierre. La “dictadura del proletariado”,que en realidad significaba la dictadura de los líderes bolcheviques, era una aportación original de Lenin. Esta fue aún peor que la resurrección de Bazárov, el nihilista de Padres e hijos de Iván Turguénev (1856); fue aquello contra lo que su distanciado amigo Fiódor Dostoievski había advertido a Rusia en el epílogo de Crimen y castigo (1866), la pesadilla del asesino Raskolnikov de “una epidemia espantosa y sin precedentes” procedente de Asia; las personas afectadas perdían la razón al punto. Sin embargo, jamás los hombres se habían creído tan inteligentes, tan seguros de estar en posesión de la verdad; nunca habían demostrado tal confianza en la infalibilidad de sus juicios, de sus teorías científicas, de sus principios morales. Aldeas, ciudades, naciones enteras se contaminaban y perdían el juicio… Se reunían y formaban enormes ejércitos para lanzarse unos contra otros… las tropas se dividían, se rompían las formaciones, y los hombres se estrangulaban y devoraban unos a otros. Al este casi no hubo nada que parara la epidemia bolchevique; al oeste no pudo ir más allá del Vístula, ni al sur pudo pasar del Cáucaso, gracias a un hábil trío de emprendedores políticos que diseñaron aquella síntesis de nacionalismo y socialismo que era la auténtica manifestación del Zeitgeist: Józef Piłsudski en Polonia, Kemal Atatürk en Turquía y Benito Mussolini en Italia. La derrota del Ejército Rojo en las afueras de Varsovia (agosto de 1920), la expulsión de los griegos de Anatolia (septiembre de 1922) y la Marcha fascista sobre Roma (octubre de 1922) marcaron el advenimiento de una nueva era, escribe el historiador Niall Ferguson.



jueves, 29 de diciembre de 2022

El capital acumulado supone la continuidad en el presente de los esfuerzos del pasado

Richard M. Weave escribe que “aunque es cierto que el capital ocasionalmente es fruto de actividades improductivas, también puede ser la consecuencia del trabajo y la previsión o de la moderación en el gasto o de algún don efectivamente superior. Luchar contra el capital no necesariamente significa luchar contra las desigualdades. En épocas como la que nos ocupa, el capital suele ir asociado al gusto por el ocio, el rechazo de la disciplina y el desprecio del pasado; después de todo, el capital acumulado supone la continuidad en el presente de los esfuerzos del pasado. Pero resulta que el hombre moderno, que es un ser autocomplaciente y centrado en el momento actual, no suele mirar ni hacia atrás ni hacia delante. Le basta con señalar la existencia de desiguales condiciones, y como sus dogmas le prohíben aceptar desiguales méritos, lo siguiente que hace es emprender su abolición. Por lo general vierte su protesta en la afirmación perentoria de que no se debe permitir que los derechos de propiedad impidan el avance de los derechos humanos, lo que no tendría nada de malo si éstos no estuvieran exentos de obligaciones. Pero tal y como están las cosas, las masas han comprendido que, dado que pueden obtener cualquier cosa sin que nadie les exija someterse a una disciplina de trabajo, tienen vía libre para proceder con el desahucio. Sir Flinders Petrie ha observado que “cuando la democracia alcanza su máximo poder, la mayoría desprovista de capital forzosamente consume el capital de la minoría, con la consiguiente decadencia de la civilización”. A este respecto, pienso que sería útil meditar lo difícil que le resultó a la Tercera República Francesa conservar el ideal del trabajo honesto envuelta en un clima de corrupción política, o también, alternativamente, la brutal determinación de los bolcheviques, decididos a impedir que la dirección de la economía recayera en manos del pueblo. En última instancia, tenemos una sociedad que es como un niño malcriado por su incapacidad de pensar Cualquiera puede observar en los hijos consentidos de los ricos una especie de irresponsabilidad en la aplicación de los procesos mentales. Esto es así sencillamente porque no están obligados a pensar para sobrevivir. Nunca han sentido la necesidad de que sus definiciones sean claras y sus deducciones correctas para evitar el severo correctivo de las privaciones”.

miércoles, 21 de septiembre de 2022

El colapso de una dinastía

¿Cómo vamos a explicar el colapso de la dinastía? La palabra justa que hay que utilizar es precisamente colapso. Porque el régimen de los Romanov cayó bajo el peso de sus propias contradicciones internas. No fue derribado. Como en todas las revoluciones modernas, los primeros resquebrajamientos se produjeron en la cima. La revolución no empezó con el movimiento de los trabajadores, de ahí la preocupación de los historiadores izquierdistas en Occidente. Ni empezó con la ruptura de los movimientos nacionalistas en la periferia, como sucedió con el colapso del Imperio soviético que fue edificado sobre las ruinas del de los Romanov.Todo empezó con la revolución campesina por la tierra, que en algunos lugares dio inicio en fecha tan temprana como 1902, tres años antes de la revolución de 1905, y que ciertamente estaba condenada a producirse en la medida en que Rusia era una sociedad abrumadoramente campesina. Podría haberse salvado mediante una reforma. Pero ahí está el meollo del asunto. Los dos últimos zares de Rusia carecieron de voluntad para llevar a cabo una reforma real. Ciertamente, en 1905, cuando el zar fue casi desplazado del trono, se vio forzado a conceder reformas a regañadientes; pero una vez que hubo pasado la amenaza volvió a situarse al lado de los partidarios de la reacción. En lugar de abrazar la reforma se adhirieron obstinadamente a su propia visión arcaica de la autocracia. Para ellos resultó trágico que en el momento en que Rusia estaba entrando en el siglo XX intentaran hacerla regresar al siglo XVII.

La educación había reportado a Nicolás II todos los talentos y encantos de un alumno de escuela pública inglesa. Bailaba con gracia, cabalgaba con elegancia, era un muy buen tirador y destacaba en algunos otros deportes. Hablaba inglés como un profesor de Oxford, y también francés y alemán. Sus maneras eran, casi resulta innecesario decirlo, impecables. Su primo y amigo de juventud, el gran duque Alejandro, consideraba que era el hombre más educado de Europa. Pero del conocimiento práctico necesario para gobernar un país de las dimensiones de Rusia (y un país, además, en una situación prerrevolucionaria) Nicolás II no poseía casi nada. Nicolás II dio la impresión de ser incapaz de ocuparse de la tarea de regir un vasto imperio que se enfrentaba con una crisis revolucionaria creciente. Es cierto que sólo un genio podría haberse enfrentado con esa situación. Y Nicolás II, ciertamente, no era un genio. Para defender sus prerrogativas autocráticas, Nicolás II creía que necesitaba mantener a sus funcionarios en un estado de debilidad y división. Cuanto más poderoso se hacía un ministro, más celoso se sentía Nicolás de sus poderes. Primeros ministros capaces, tales como el conde Witte y Piotr Stolypin, que por sí solos podían haber salvado el régimen zarista, se vieron empujados a esta niebla de desconfianza. Sólo las mediocridades grises, tales como el Iván Goremykin, sobrevivieron durante bastante tiempo en cargos elevados. El asunto de Rasputin envenenó cada vez más las relaciones de la monarquía con la sociedad y con sus tradicionales columnas de apoyo en la corte, la burocracia, la Iglesia y el Ejército. Cuando se produjo el asesinato de Rasputin, en diciembre de 1916, la dinastía de los Romanov estaba a punto de colapsarse.  Si se les hubiera permitido integrar a los campesinos en el sistema de política local, entonces quizá la antigua división entre las “dos Rusias” (según la famosa expresión de Herzen), entre la Rusia oficial y la Rusia campesina, podía haber sido disminuida, si no eliminada. Esa división definió el curso total de la revolución. Sin ninguna oportunidad en el antiguo sistema de gobierno, los campesinos no dudaron en 1917 en derribar todo el Estado, creando de esa manera un vacío político para que los bolcheviques se hicieran con el poder. El zarismo se socavó a sí mismo; pero también creó las condiciones básicas para el triunfo del bolchevismo.


*Basado en el libro La Revolución rusa (1891-1924) de Orlando Figes


lunes, 20 de junio de 2022

Quien estuviera en contra de la Unión Soviética sería un fascista

Cuenta Timothy David Snyder, historiador estadounidense y profesor de la Universidad de Yale, ​que “en la Europa occidental y del sur, las personas preocupadas por la expansión de Hitler y del fascismo celebraron el nuevo enfoque soviético. Al presentar a la Unión Soviética como la patria del antifascismo, Stalin buscaba detentar el monopolio del bien. Sin duda, la gente razonable estaría del lado de los antifascistas y no de los fascistas. La conclusión era que cualquiera que estuviera en contra de la Unión Soviética probablemente sería un fascista, o por lo menos un simpatizante del fascismo. De junio de 1934 a agosto de 1939, unos tres cuartos de millón de ciudadanos soviéticos serían fusilados por orden de Stalin, y una cantidad mayor deportados al gulag. La mayor parte de las víctimas eran campesinos y obreros, la gente a la que se suponía que el sistema social soviético debía servir. El resto, en general, eran miembros de minorías étnicas”.

Parte del talento político de Stalin residía en su habilidad para asociar las amenazas exteriores con los fallos de su política interior, como si ambas cosas fueran la misma y él no fuera responsable de ninguna. Esto lo eximía de los fracasos políticos y le permitía definir a los que consideraba enemigos interiores como agentes de potencias extranjeras. En fecha tan temprana como 1930, cuando los problemas de la colectivización se hicieron evidentes, Stalin ya hablaba de conspiraciones internacionales con la participación de partidarios de Trotski y di versas potencias extranjeras. Era obvio, proclamó Stalin, que“mientras exista el cerco capitalista seguirá habiendo derrotistas, espías, saboteadores y asesinos entre nosotros”. Cualquier problema de la política soviética era culpa de estados reaccionarios que querían ralentizar el curso de la historia. Todos los fallos aparentes del Plan Quinquenal procedían de una intervención extranjera. El éxito del Frente Popular dependía de una información sobre los avances del socialismo que era pura propaganda. La explicación del hambre y la miseria en casa residía en la subversión extranjera, una idea que, en esencia, carecía de fundamento. Stalin a la cabeza del aparato del partido soviético y de la Internacional Comunista, utilizaba ambas mentiras de forma simultánea, pero sabía bien cómo podrían volverse ciertas, con una intervención militar extranjera de un Estado lo bastante hábil para alistar a ciudadanos soviéticos que hubieran sufrido sus políticas. El poder de la combinación de guerra extranjera y oposición interna era, después de todo la primera lección de la historia de los soviets. El mismo Lenin había sido el arma secreta de Alemania en la Primera Guerra Mundial; la propia revolución bolchevique fue un efecto colateral de la política exterior alemana de 1917. Veinte años después, Stalin hubo de temer que sus oponentes dentro de la Unión Soviética utilizaran la inminencia de una guerra para derrocar su régimen. Trotski estaba en el exilio, igual que lo había estado Lenin en 1917. Durante una guerra, Trotski podía regresar y reunir a sus seguidores, como había hecho Lenin veinte años antes. En 1937 Stalin no tenía ninguna oposición política relevante dentro del partido comunista soviético; pero, al parecer, esto sólo le llevó a creer que sus enemigos habían aprendido a mantenerse invisibles. Igual que había hecho en el apogeo de la hambruna, aquel año sostuvo que los enemigos más peligrosos del Estado fingían ser inofensivos y leales.Todos los enemigos, incluso los invisibles, debían ser desenmascarados y erradicados.El 7 de noviembre de 1937, vigésimo aniversario de la revolución bolchevique (y el quinto del suicidio de su esposa), Stalin hizo un brindis: “Destruiremos sin piedad a todo aquel que, por sus hechos o por sus pensamientos amenace la unidad del estado socialista.Por la completa destrucción de todos los enemigos, de ellos y de su estirpe”.

jueves, 24 de marzo de 2022

Para los bolcheviques, la idea de una vida privada carecía de sentido

Vladimir Lenin y Nadezhda Krupskaia

Permitir “una distinción entre la vida privada y la vida pública,sostenía la esposa de Lenin, Nadezhda Krupskaia, conduciría tarde o temprano a la traición del comunismo”. Según los bolcheviques, la idea de una vida privada separada del terreno de la política carecía de sentido, ya que la política incidía en todo. No había nada en la así llamada vida privada de una persona que no fuera político. La esfera personal, por tanto, debía someterse a la supervisión y el control públicos. Los espacios privados que estaban más allá del control público eran considerados por los bolcheviques peligrosos caldos de cultivo de contrarrevolucionarios, que debían ser descubiertos y eliminados. Anatoli Lunacharski, político comunista ucraniano soviético, escribió en 1927: “La así llamada esfera de la vida privada no puede estar fuera de nuestro alcance, porque es precisamente allí donde debe cumplirse el objetivo final de la Revolución”.


bolcheviques

El nuevo Código sobre el Matrimonio y la Familia (1918) estableció un encuadre legislativo que tendía claramente a facilitar la descomposición de la familia tradicional. Eliminaba la influencia de la Iglesia sobre el matrimonio y el divorcio, convirtiéndolos en un simple trámite de registro en los archivos estatales. El código garantizaba los mismos derechos legales a los matrimonios de facto (parejas que vivían juntas) que a los matrimonios legalmente registrados. Convertía el divorcio, que hasta entonces había sido un lujo del que sólo disfrutaban los ricos, en un trámite sencillo al alcance de todos. La promiscuidad sexual fue más pronunciada en las filas juveniles del Partido que entre la juventud soviética en general. Muchos bolcheviques consideraban la licencia sexual como una forma de liberarse de las convenciones morales burguesas y como signo de “la modernidad soviética”.

jueves, 11 de noviembre de 2021

Relaciones clientelares que no se ajustan a la meritocracia


En 1921, la burocracia bolchevique era diez veces mayor que la de los zares, con dos millones y medio de empleados, cifra que duplicaba la de los trabajadores de la industria. Pese a todas las diferencias ideológicas, el Partido Nazi desempeñaba funciones similares a las de los comunistas. Ambos partidos ocultaban complejas redes personales basadas en relaciones clientelares que no se ajustaban a la meritocracia que formalmente propugnaban. En teoría, sus miembros eran élites activistas que comunicaban la voluntad de sus jefes a las masas de población, a la vez que ejercían una tutela vigilante sobre estas. En ambos sistemas, informar sobre los demás constituía un deber a nivel celular, en el que el partido permeaba toda la vida cotidiana.


jueves, 25 de junio de 2020

Acuérdate que el programa eutanásico de Hitler lejos de ayudar a quien quería morir, terminó exterminando a orates y mutilados



El llamado Cristianismo Germánico o Positivo, propuesto por Hitler con el culto a un Estado “verdaderamente popular como el espartano”, cualquier tullido puede  resultar eliminado. El programa eutanásico (1936) lejos de ayudar a quien quiera morir bien, extermina a unos 70.000 orates y mutilados entre 1939 y 1941, normalmente usando los tubos de escape de camiones, al estilo recién descubierto por comisarios bolcheviques para despachar su sobrecarga de trabajo.Los carteles de propaganda serán fotos de algunos con la leyenda: “Mantener toda su vida a esta persona cuesta a la comunidad 60.000 marcos. Conciudadano, se trata de tu dinero también”, escribe Antonio Escohotado


Altos dignatarios eclesiásticos, entre otros el obispo luterano de Württemberg y el católico de Munster, el arzobispo de Paderborn y el provincial de los jesuitas en Baviera, no vacilan en denunciarlo como crimen alevoso y pecado capital, sin dejarse intimidar por la ejecución del presidente de Acción Católica y el jefe de sus Juventudes dos años antes. El obispo de Munster,  por ejemplo, dice Escohotado, futuro cardenal von Galen, considera que el ideario de Rosenberg, un neopaganismo revelado por el héroe divino Hitler, sería “el hazmerreír de gente culta” si no incluyese invitaciones forzosas a la idolatría y el homicidio, o sacrilegios como retirar todas las cruces de lugares públicos. Rosenberg, y Hitler en privado, consideran que el cristianismo es y será una religión de esclavos, opuesta en esencia a la redención nacionalsocialista, y especialmente cómica le parece a Von Galen la idea del Führer como nuevo hijo de Odín y superación (Aufhebung) de Thor. Tres sermones sucesivos, que circulan copiados por feligreses, le valdrán el apodo “León de Munster”, pues llama a “resistir el homicidio aunque suponga perder la propia vida”. Tampoco olvida recordar que el anticlericalismo nazi imita la política bolchevique, y se pregunta cuánto falta para que comiencen las ejecuciones en masa, como en la URSS. Distintas fuentes apuntan a que durante el quinquenio de Lenin fueron fusilados o ahorcados 28 obispos, junto con unos 1.200 popes, y que otros 95.000 perecieron en las purgas estalinistas (cf. Wikipedia, Russian Orthodox Church).

miércoles, 6 de mayo de 2020

Hoy todo el mundo quiere ser Dinamarca



*A pesar del desdén del tirano bolchevique hacia las alternativas que combinaban socialismo y capitalismo, es decir, que no destruían totalmente la propiedad privada, han sido esas alternativas las que han preponderado, y el pensamiento político mayoritario en el mundo no es hoy el de la revolución socialista, y tampoco, por supuesto, el liberal, sino un híbrido que recuerda mucho más a John Stuart Mill que a Karl Marx. Esto tiene bastante lógica. Hay que ser muy fanático para defender el supuesto paraíso comunista después de los cien años que lleva su letal combinación de arrasadora pobreza económica y brutal violencia política. En cambio, la mayoría sentencia a derecha e izquierda que lo bueno, lo noble, lo justo, lo avanzado, es que el Estado viole la propiedad privada pero no del todo, con lo que estamos en otro supuesto paraíso, aparentemente alcanzable, o al menos no tan groseramente falso como el comunista. Es el paraíso de nuestro tiempo, no el de Lenin sino el de Rawls, que preserva la potencia del mercado a la hora de crear riqueza, y la combina con la generosidad y la justicia de la redistribución a cargo de las autoridades, salvaguardando a la vez la libertad y la democracia. Eso explica que así como hubo un tiempo cuando desde las tribunas comunistas se nos pregonaba que los espejos en los que debíamos contemplarnos eran Rusia, China o Cuba, hoy todo el mundo, comunista o no comunista, quiere ser… Dinamarca.
*Carlos Rodriguez Braun