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miércoles, 21 de septiembre de 2022

El colapso de una dinastía

¿Cómo vamos a explicar el colapso de la dinastía? La palabra justa que hay que utilizar es precisamente colapso. Porque el régimen de los Romanov cayó bajo el peso de sus propias contradicciones internas. No fue derribado. Como en todas las revoluciones modernas, los primeros resquebrajamientos se produjeron en la cima. La revolución no empezó con el movimiento de los trabajadores, de ahí la preocupación de los historiadores izquierdistas en Occidente. Ni empezó con la ruptura de los movimientos nacionalistas en la periferia, como sucedió con el colapso del Imperio soviético que fue edificado sobre las ruinas del de los Romanov.Todo empezó con la revolución campesina por la tierra, que en algunos lugares dio inicio en fecha tan temprana como 1902, tres años antes de la revolución de 1905, y que ciertamente estaba condenada a producirse en la medida en que Rusia era una sociedad abrumadoramente campesina. Podría haberse salvado mediante una reforma. Pero ahí está el meollo del asunto. Los dos últimos zares de Rusia carecieron de voluntad para llevar a cabo una reforma real. Ciertamente, en 1905, cuando el zar fue casi desplazado del trono, se vio forzado a conceder reformas a regañadientes; pero una vez que hubo pasado la amenaza volvió a situarse al lado de los partidarios de la reacción. En lugar de abrazar la reforma se adhirieron obstinadamente a su propia visión arcaica de la autocracia. Para ellos resultó trágico que en el momento en que Rusia estaba entrando en el siglo XX intentaran hacerla regresar al siglo XVII.

La educación había reportado a Nicolás II todos los talentos y encantos de un alumno de escuela pública inglesa. Bailaba con gracia, cabalgaba con elegancia, era un muy buen tirador y destacaba en algunos otros deportes. Hablaba inglés como un profesor de Oxford, y también francés y alemán. Sus maneras eran, casi resulta innecesario decirlo, impecables. Su primo y amigo de juventud, el gran duque Alejandro, consideraba que era el hombre más educado de Europa. Pero del conocimiento práctico necesario para gobernar un país de las dimensiones de Rusia (y un país, además, en una situación prerrevolucionaria) Nicolás II no poseía casi nada. Nicolás II dio la impresión de ser incapaz de ocuparse de la tarea de regir un vasto imperio que se enfrentaba con una crisis revolucionaria creciente. Es cierto que sólo un genio podría haberse enfrentado con esa situación. Y Nicolás II, ciertamente, no era un genio. Para defender sus prerrogativas autocráticas, Nicolás II creía que necesitaba mantener a sus funcionarios en un estado de debilidad y división. Cuanto más poderoso se hacía un ministro, más celoso se sentía Nicolás de sus poderes. Primeros ministros capaces, tales como el conde Witte y Piotr Stolypin, que por sí solos podían haber salvado el régimen zarista, se vieron empujados a esta niebla de desconfianza. Sólo las mediocridades grises, tales como el Iván Goremykin, sobrevivieron durante bastante tiempo en cargos elevados. El asunto de Rasputin envenenó cada vez más las relaciones de la monarquía con la sociedad y con sus tradicionales columnas de apoyo en la corte, la burocracia, la Iglesia y el Ejército. Cuando se produjo el asesinato de Rasputin, en diciembre de 1916, la dinastía de los Romanov estaba a punto de colapsarse.  Si se les hubiera permitido integrar a los campesinos en el sistema de política local, entonces quizá la antigua división entre las “dos Rusias” (según la famosa expresión de Herzen), entre la Rusia oficial y la Rusia campesina, podía haber sido disminuida, si no eliminada. Esa división definió el curso total de la revolución. Sin ninguna oportunidad en el antiguo sistema de gobierno, los campesinos no dudaron en 1917 en derribar todo el Estado, creando de esa manera un vacío político para que los bolcheviques se hicieran con el poder. El zarismo se socavó a sí mismo; pero también creó las condiciones básicas para el triunfo del bolchevismo.


*Basado en el libro La Revolución rusa (1891-1924) de Orlando Figes


jueves, 26 de abril de 2018

Para el bolchevismo, el valor moral supremo lo representaba el partido.

León Trotsky
Trotsky descalificó como “las patrañas papistas y cuáqueras la santidad de la vida humana”, una visión que respaldó con las ametralladoras apuntando a las espaldas de sus propias tropas. Para los marxistas, la ética era una rama de la metafísica, un artificio superestructural bajo el que se camuflaba un orden social injusto. Bujarin escribió que la construcción del comunismo podía compararse con un carpintero cuando fabrica un banco, que todo lo que es conveniente es a su vez necesario: “La “ética” se transforma a sí misma para el proletariado, paso a paso, en unas normas de conducta simples y comprensibles necesarias para el comunismo, de modo que, de hecho, deja de ser ética”.
Para el bolchevismo, el valor moral supremo lo representaba
Lenin y Trotsky
el partido como fuerza motriz de la lucha de clases; cualquier cosa que obstruyera o se resistiera a la marcha del progreso era, a priori, mala. “Todo lo que sirve a la revolución mundial es moral, y todo lo que sirve para dividir las filas del proletariado, desorganizarlo y debilitarlo, es inmoral”. Los conceptos de asesinato y robo fueron sustituidos por los de liquidación y expropiación.


Mucho antes de Stalin, los bolcheviques habían tratado agresivamente de destruir la Iglesia ortodoxa, sus monjes y sacerdotes obstaculizaban el acceso del partido a las mentes de la mayoría campesina, y les proporcionaba una versión de la existencia humana y un código moral que era diametralmente opuesto a la retórica progresista del marxismo.


lunes, 23 de octubre de 2017

Justicia comunista.

Jemeres rojos entrando en Phnom Penh
Lo que narro es un suceso real que en su momento escribió un periodista, como notario de la historia de la humanidad:
Tras la muerte de su mujer, un padre criaba solo a su hija de cinco años. Una mañana, mientras estaba arando, encontró dos caracoles en la tierra húmeda. Los mostró con orgullo a su hija, que se había quedado en el talud. En plena hambruna, era un verdadero tesoro. En el momento en que se guardaba los caracoles en el bolsillo, se aproximaron unos jemeres rojos. Era un individualista, un enemigo del Angkar. Lo golpearon y lo ataron a un poste, junto al arrozal.
El genocidio de los Jemer Rojo en Camboya
Pasaron las horas. La temperatura se volvió insoportable. El hombre gemía. Las hormigas trepaban por su cuerpo, a cientos y luego a miles. Invadieron su boca y su garganta, sus orejas y sus ojos. El hombre se retorcía y gritaba tanto como podía y se desplomó. Entonces se acercó una campesina, tomó de la mano a la niñita que llevaba ahí desde la mañana y le dijo: “Ven conmigo”. Las dos fueron hasta el pueblo andando.