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martes, 27 de febrero de 2024

¿Cómo se puede explicar el brutal cambio que sufrió Rusia en apenas nueve meses de 1917?

¿Cómo se puede explicar el brutal cambio que se produjo en apenas nueve meses de 1917? Cambio que afectó a todas las esferas de la sociedad, economía, religión, política, cultura, etc. Sufrió Rusia prácticamente de la noche a la mañana un cambio absoluto que hizo a aun país irreconocible. El derrumbe de la monarquía llegó sin que nadie se diera cuenta (y obligado más por las presiones de los altos cargos, civiles y militares que por las masas levantiscas), y tras un vano intento de democratización al estilo occidental en una nación en plena guerra, una guerra no deseada por nadie, ni siquiera por la mayoría del ejército, una nación en que la agricultura se había ido al traste, con los obreros industriales reivindicando derechos, con las mujeres pidiendo pan, con un ejército cada día más inexistente, con algunas de las repúblicas del imperio reivindicando soberanía, pasó lo que tenía que pasar. El gobierno provisional con el príncipe Lvov y más tarde Kerenski al mando, fue incapaz de conectar con las reivindicaciones de un pueblo alzado y de firmar una paz en la guerra europea que todos reclamaban. Ello supuso su pena de muerte, y dio lugar a la toma del poder por los soviets. El zar dimite en febrero, y en octubre los soviets se alzan con el gobierno. Ahí es donde aparece la figura de Lenin, partidario de la toma rápida del poder por el partido bolchevique, frente al intento de control de otros grupos, como los mencheviques, los liberales, etc. Puesto a ello, lo consigue, y así se consolidó, en ese pequeño espacio de tiempo, el paso de la autocracia zarista trasnochada y agotada a la revolución comunista. Tendría que venir después la guerra civil, con la creación del Ejército Rojo y la consolidación de los bolcheviques en el poder, para que quedara en afianzado el nuevo régimen, que tuvo más de 70 años de existencia.
Las revoluciones son acontecimientos extraordinarios, con un impacto notable en la historia de las naciones y en el escenario internacional. Aunque el término revolución se usa constantemente, se hace de forma ambigua e imprecisa. En historia aparece indistintamente frente a revuelta o rebelión y casi siempre implica una ruptura con el pasado, un cambio de las relaciones entre la gente y sus modos de vida. 

miércoles, 5 de octubre de 2022

La tragedia de Nicolás II

Fue el consejo de los jefes militares de Nicolas II lo que le persuadió a abdicar. En enero de 1917, cuando el gran duque Pablo, en un último intento desesperado por evitar la catástrofe, exhortó al zar para que creara un Gobierno de la Duma, Nicolás II contestó: “Yo pronuncié un juramento de defender la autocracia el día de mi coronación y debo entregar ese juramento en su integridad a mi hijo”. De alguna manera, encontró probablemente más fácil abdicar que convertirse en un rey constitucional. Ésa fue la tragedia de Nicolás II.

Al hacer explícita la conexión entre la corrupción sexual de la corte y la condición enfermiza de Rusia, esta propaganda fue vital para desacreditar al zar y socavar el mito del rey divino. A lo largo de 1917, se forjó la imagen popular de la monarquía como una fuerza ajena oscura y corrupta, una imagen que eliminó la posibilidad de restauración y, por lo tanto, socavó, en gran parte, la contrarrevolución durante años. Políticamente, la monarquía había muerto. Todas sus instituciones principales de apoyo (la burocracia, la policía, el Ejército y la Iglesia) se derrumbaron prácticamente de la noche a la mañana. Fue un indicio de hasta qué punto habían quedado debilitadas, y de lo mucho que se habían distanciado del zar, en los años anteriores a 1917. El zar fue el eje de la monarquía (y era, a la vez, una especie de oficial, sacerdote, gobernador de distrito y policía), y una vez destituido, todo el sistema se derrumbó.

Resulta revelador que ninguno de los dirigentes blancos durante la guerra civil adoptara la monarquía como causa, a pesar de los esfuerzos de los numerosos monárquicos que había entre sus filas. Los dirigentes blancos se dieron cuenta de que, políticamente, sería un suicidio hacerlo. Porque, como Trotsky expresó “el país había vomitado la monarquía de una manera tan radical, que jamás podría volver a entrar por su garganta”. Su pronóstico probablemente sigue siendo válido, a pesar del enamoramiento postsoviético del pasado zarista. Según una encuesta de opinión sólo el siete por ciento del pueblo ruso está a favor del regreso de la monarquía.


Fuente:La Revolución rusa (1891-1924), Orlando Figes


miércoles, 21 de septiembre de 2022

El colapso de una dinastía

¿Cómo vamos a explicar el colapso de la dinastía? La palabra justa que hay que utilizar es precisamente colapso. Porque el régimen de los Romanov cayó bajo el peso de sus propias contradicciones internas. No fue derribado. Como en todas las revoluciones modernas, los primeros resquebrajamientos se produjeron en la cima. La revolución no empezó con el movimiento de los trabajadores, de ahí la preocupación de los historiadores izquierdistas en Occidente. Ni empezó con la ruptura de los movimientos nacionalistas en la periferia, como sucedió con el colapso del Imperio soviético que fue edificado sobre las ruinas del de los Romanov.Todo empezó con la revolución campesina por la tierra, que en algunos lugares dio inicio en fecha tan temprana como 1902, tres años antes de la revolución de 1905, y que ciertamente estaba condenada a producirse en la medida en que Rusia era una sociedad abrumadoramente campesina. Podría haberse salvado mediante una reforma. Pero ahí está el meollo del asunto. Los dos últimos zares de Rusia carecieron de voluntad para llevar a cabo una reforma real. Ciertamente, en 1905, cuando el zar fue casi desplazado del trono, se vio forzado a conceder reformas a regañadientes; pero una vez que hubo pasado la amenaza volvió a situarse al lado de los partidarios de la reacción. En lugar de abrazar la reforma se adhirieron obstinadamente a su propia visión arcaica de la autocracia. Para ellos resultó trágico que en el momento en que Rusia estaba entrando en el siglo XX intentaran hacerla regresar al siglo XVII.

La educación había reportado a Nicolás II todos los talentos y encantos de un alumno de escuela pública inglesa. Bailaba con gracia, cabalgaba con elegancia, era un muy buen tirador y destacaba en algunos otros deportes. Hablaba inglés como un profesor de Oxford, y también francés y alemán. Sus maneras eran, casi resulta innecesario decirlo, impecables. Su primo y amigo de juventud, el gran duque Alejandro, consideraba que era el hombre más educado de Europa. Pero del conocimiento práctico necesario para gobernar un país de las dimensiones de Rusia (y un país, además, en una situación prerrevolucionaria) Nicolás II no poseía casi nada. Nicolás II dio la impresión de ser incapaz de ocuparse de la tarea de regir un vasto imperio que se enfrentaba con una crisis revolucionaria creciente. Es cierto que sólo un genio podría haberse enfrentado con esa situación. Y Nicolás II, ciertamente, no era un genio. Para defender sus prerrogativas autocráticas, Nicolás II creía que necesitaba mantener a sus funcionarios en un estado de debilidad y división. Cuanto más poderoso se hacía un ministro, más celoso se sentía Nicolás de sus poderes. Primeros ministros capaces, tales como el conde Witte y Piotr Stolypin, que por sí solos podían haber salvado el régimen zarista, se vieron empujados a esta niebla de desconfianza. Sólo las mediocridades grises, tales como el Iván Goremykin, sobrevivieron durante bastante tiempo en cargos elevados. El asunto de Rasputin envenenó cada vez más las relaciones de la monarquía con la sociedad y con sus tradicionales columnas de apoyo en la corte, la burocracia, la Iglesia y el Ejército. Cuando se produjo el asesinato de Rasputin, en diciembre de 1916, la dinastía de los Romanov estaba a punto de colapsarse.  Si se les hubiera permitido integrar a los campesinos en el sistema de política local, entonces quizá la antigua división entre las “dos Rusias” (según la famosa expresión de Herzen), entre la Rusia oficial y la Rusia campesina, podía haber sido disminuida, si no eliminada. Esa división definió el curso total de la revolución. Sin ninguna oportunidad en el antiguo sistema de gobierno, los campesinos no dudaron en 1917 en derribar todo el Estado, creando de esa manera un vacío político para que los bolcheviques se hicieran con el poder. El zarismo se socavó a sí mismo; pero también creó las condiciones básicas para el triunfo del bolchevismo.


*Basado en el libro La Revolución rusa (1891-1924) de Orlando Figes


domingo, 21 de noviembre de 2021

En el umbral de la tumba podamos encontrar fuerzas en esta humilde plegaria por nuestros enemigos

El sábado 14 de julio de 1918, la esposa del zar Alexandra anotaba “la alegría de unas vísperas, en esta segunda visita del joven sacerdote”. El padre Storozhev ya había estado antes allí, en mayo, y Yurovsky estuvo de acuerdo en que volviera otra vez. El sacerdote reunió a toda la familia. Alexis se sentó en la silla de ruedas de su madre. Alexandra, con un vestido lila, se sentó al lado de su hijo. Nicolás, vestido con su camisa caqui, pantalones y botas, se quedó de pie con sus hijas, vestidas con blusas blancas y faldas oscuras. Cuando comenzó la misa, Nicolás se hincó de rodillas. Un amigo de Alexandra les había enviado a Tobolsk un poema dedicado a Olga y Tatiana. En la Casa Ipatiev, Olga lo copió en uno de sus libros. Los Blancos encontraron los versos: "Dadnos paciencia, Señor, a nosotros tus hijos en estos sombríos y tormentosos días, cuando sufrimos la persecución de nuestro pueblo y los tormentos de nuestras culpas. Dadnos fuerza, Dios de Justicia, a nosotros que la necesitamos, perdona a nuestros perseguidores, y que tu gran mansedumbre alivie el peso de esta dolorosa cruz que acarreamos. Cuando somos despojados e insultados en estos días de incansable amotinamiento, pedimos tu ayuda, Cristo Salvador, para poder soportar la amarga prueba. Señor del mundo, Dios de la Creación, dadnos tu bendición a través de nuestra plegaria, dad la paz a nuestros corazones, oh Maestro, en esta hora extrema que debemos vivir. Y en el umbral de la tumba, insufla tu poder divino en nuestra arcilla para que nosotros, tus hijos, podamos encontrar fuerzas en esta humilde plegaria por nuestros enemigos".



jueves, 11 de noviembre de 2021

Relaciones clientelares que no se ajustan a la meritocracia


En 1921, la burocracia bolchevique era diez veces mayor que la de los zares, con dos millones y medio de empleados, cifra que duplicaba la de los trabajadores de la industria. Pese a todas las diferencias ideológicas, el Partido Nazi desempeñaba funciones similares a las de los comunistas. Ambos partidos ocultaban complejas redes personales basadas en relaciones clientelares que no se ajustaban a la meritocracia que formalmente propugnaban. En teoría, sus miembros eran élites activistas que comunicaban la voluntad de sus jefes a las masas de población, a la vez que ejercían una tutela vigilante sobre estas. En ambos sistemas, informar sobre los demás constituía un deber a nivel celular, en el que el partido permeaba toda la vida cotidiana.


martes, 17 de julio de 2018

Descubrimiento ruso de Europa.

Monumento a Pedro I el Grande
Cuenta el historiador británico Peter Burke que el llamado “descubrimiento ruso de Europa” coincidió con el descubrimiento europeo de Rusia. Antes de 1550, era muy escasa la información en letra impresa que se podía obtener acerca de Muscovy, que era como entonces se conocía a Moscú. La situación cambió poco a poco a partir de 1550 y rápidamente después de 1697, fecha de la “Gran embajada” de Pedro el Grande a Occidente, durante la cual unos doscientos cincuenta rusos, entre ellos el mismo zar, viajaron para realizar estudios a la República holandesa, Inglaterra, Francia, Italia y otros lugares. Como contrapartida, en virtud de estos acontecimientos, también los europeos occidentales se hicieron más conscientes de Rusia.

sábado, 22 de julio de 2017

1917. Un tren lleva a bordo el virus de la revolución.

1917 se inaugura bajo los peores auspicios. Las huelgas obreras en las fábricas y las deserciones masivas en el ejército ponen al país al borde del caos y de la anarquía. En marzo las huelgas paralizan Petrogrado y el Parlamento (la Duma) se disuelve, pero el zar Nicolás II está atornillado a la poltrona y no abdica, a pesar de que desde todas las instancias se exige su retirada.
1917.Revolución rusa.

Los obreros amotinados detienen el tren del zar. Nicolás cede al fin y abdica en el zarevitch Alexis. Cuando le hacen ver que su hemofílico hijo es demasiado endeble para sostener la corona en tiempos tan revueltos, designa a su hermano menor, el gran duque Miguel, prestigioso general de cosacos. Tremenda complicación para el elegido, que se había apartado de la corte para vivir apaciblemente con su amante Natalia Sheremétievskaya, una estupenda señora, aunque rechazada por la aristocracia porque no es noble y tiene un pasado (dos maridos y algún amante). Miguel rechaza la oferta con el argumento de que sólo aceptará la corona si se la entrega el Parlamento. Rusia se queda sin zar.


9 de abril de 1917. Un tren especial atraviesa Alemania sin detenerse más que para repostar agua en las estaciones de Mannheim, Frankfurt, Berlín y Sassnitz. Este tren lleva a bordo el virus de la revolución; por eso las autoridades germanas han sellado ciertos vagones. Ese virus es Vladímir Ilich Lenin, un hombrecillo calvo, con perilla, los ojos rasgados, de aspecto caucasiano, que viaja con un reducido séquito en el que ponen la nota femenina su esposa legítima, Nadezhda Krúpskaya, y su amante, Inessa Armand.

Lenin y su nutrido séquito (los treinta y dos camaradas que
lo acompañan) toman un barco que los lleva a Malmö, en la costa sueca. Finalmente la comitiva penetra en Rusia por Finlandia, en trineos, para llegar, días después, a Petrogrado. Lenin aparece en público, recibe a los periodistas, realiza declaraciones que se divulgan impresas por toda Rusia. Los socialistas se le entregan. En sus manos, la errática revolución bolchevique se transforma en un movimiento organizado y eficaz. Gracias a la secreta financiación alemana, los revolucionarios, que antes de la guerra tenían que mantenerse atracando bancos, disponen de una línea de crédito casi ilimitada con la que financian periódicos y arman a su Guardia Roja. El bolchevismo crece como la espuma. En pocos meses se hace con el control de la revolución.

Mientras el frente se desploma, el gobierno de Kérenski asiste perplejo a la disolución del régimen zarista. El 25 de octubre (para nosotros el 6 de noviembre), en plena anarquía, estalla la Revolución de Octubre. Los bolcheviques controlan buena parte de la capital. Al atardecer, el crucero Aurora se sitúa frente al palacio real, ahora sede del gobierno provisional ruso, apunta con el cañón de popa y dispara una salva de fogueo. Un cañonazo
crucero Aurora
de grueso calibre casi a quemarropa impone. Aunque no lleve bala. Kérenski se acongoja y renuncia al cargo. Su gobierno dimite igualmente. 

Ministros, directores generales, subsecretarios y barandas abandonan los palacios del gobierno y huyen de la capital. Rusia no se disuelve en la anarquía porque el providencial Lenin ocupa el vacío de poder como presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo. Su flamante comisario de Asuntos Exteriores, León Trostki, contacta de inmediato con los alemanes para iniciar unas laboriosas negociaciones de paz. El 3 de marzo de 1918, firman en Brest-Litovsk, cuartel general alemán en Oriente.

*Fuente:La Primera Guerra Mundial contada para escépticos (Juan Eslava Galán)