“La fidelidad implica un movimiento de ida y vuelta entre dos. Supone creer en alguien; creer que tiene buenas intenciones hacia mí. Supone construir la propia vida sobre la convicción de que esa otra persona me quiere ahora y lo seguirá haciendo en el futuro. En ese sentido, la fidelidad nace en un primer momento en el otro, no depende inicialmente de nosotros mismos. La fidelidad nos aleja de la ilusión de la autosuficiencia, nos invita a una apertura humilde que, como señala el Papa Francisco, “siempre tiene una cuota de riesgo y de osada apuesta”. No obstante, de esa apertura puede surgir un movimiento que, entre dos, poco a poco, se eleva en espiral hacia una vida compartida y feliz. Quien entra en esta dinámica de la fidelidad está muy lejos de haber llegado a la quietud de un destino; más bien, inicia el vértigo de lo vivo, el movimiento de quien está en camino.“La fidelidad es como una fuerza que conquista el tiempo, no por rigidez o inercia, sino de un modo creativo y contando con que al lado hay alguien”, escribe Guillaume Derville.

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