“Las pasiones penden sobre un abismo psíquico; se situarían en la indeterminada frontera entre claridad y confusión, entre lo voluntario y lo involuntario, entre lo que somos por decisión propia y el otro, el extraño, el desconocido que, como un espíritu animal, existe en nosotros. Las pasiones nos obligan a reconocer una naturaleza caída en el sentido de que todo aquello que, aun reflejándose en el alma, proviene del cuerpo, de aquella parte de nuestro ser que esclaviza a la razón en forma de estados anímicos, de humores perentorios e ineludibles. Y convierte a la misma en una máquina justificadora de tales estados y humores que fomenta el autoengaño, esa beatitud de espíritu que oculta, bajo la invocación a los principios y la virtud, el imperio del amor propio.”
“La domesticación de las pasiones a través de los intereses y los sentimientos nos permite dejar fuera de nuestro campo de visión la parte oscura de lo que somos, y trasformar lo involuntario, la emoción incontrolable y arrasadora, el apetito insaciable y desenfrenado, en principio de acción, en el motor de la conducta.”
“El capitalismo de los intereses y los sentimientos no tiene fábula que contar desde el momento en que han desterrado las pasiones al limbo, de un hombre mediocre y un sujeto empoderado cuya mediocridad y empoderamiento lo han moralizado hasta el punto de extinguir cualquier viso de inquietud por lo que es, hace, siente y padece.”
“El turbocapitalismo vigente al día de hoy, centrado en la mercadería emocional y la astuta y rentable colonización de los sentimientos, se habría convertido en el camino más directo para realizar aquella utopía y provocar así el inesperado y fascinante efecto de un mercado romantizado o un romanticismo del consumo”, escribe Luis Gonzalo Díez en Abejas sin fábula.
“El capitalismo de los intereses y los sentimientos no tiene fábula que contar desde el momento en que han desterrado las pasiones al limbo, de un hombre mediocre y un sujeto empoderado cuya mediocridad y empoderamiento lo han moralizado hasta el punto de extinguir cualquier viso de inquietud por lo que es, hace, siente y padece.”
“El turbocapitalismo vigente al día de hoy, centrado en la mercadería emocional y la astuta y rentable colonización de los sentimientos, se habría convertido en el camino más directo para realizar aquella utopía y provocar así el inesperado y fascinante efecto de un mercado romantizado o un romanticismo del consumo”, escribe Luis Gonzalo Díez en Abejas sin fábula.

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