Es fácil conocer a una persona en lo esencial porque, como bien dijo Shakespeare, todos sangramos si nos pinchan. Sin embargo, las personas también son misteriosas, y lo que las distingue es su manera de llevar el misterio. Hay quien lo esconde tanto que ni él mismo lo conoce, y hay otros que lo llevan a la vista, como una pancarta. Para retratar a una persona no hace falta conocer el contenido del misterio, basta con saber dónde lo tiene y cómo lo trata. Si lo custodia con celo o si lo lleva en el bolso junto a los pañuelos de papel; si le hace sufrir o le divierte, y si está dispuesto a contarlo o prefiere ser enterrado con él. Para saber eso suele bastar un rato de intimidad. Esto es fundamental, no se conoce a nadie sobre el escenario. Tiene que quitarse la máscara, dejar de interpretar el papel público y relajarse un poco en privado. Por eso las entrevistas formales casi nunca sirven para conocer a nadie, porque en ellas solo hay un actor que interpreta a un personaje. Creer que se conoce a un político (o a cualquier personaje público) por hacerle unas preguntas en su despacho es como creer que se conoce a Marlon Brando por ver El Padrino.
La mayoría de la gente solo baja la guardia cuando ven que tú también estás desarmado y no tienes ansia por sonsacarle nada.

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