Los niños de corta edad fijan fronteras grupales con una facilidad pasmosa. Sin entrenamiento previo de ningún tipo adoptan lindes, de inmediato, para distinguir entre amigos y enemigos, entre los míos y los otros, aunque la separación provenga de distinciones totalmente arbitrarias. Mediante “marcas neutras” asignadas de modo aleatorio para separar, en dos bandos, a un conjunto de chavales desconocidos entre sí, tal alineación distintiva pone en marcha unos sesgos de adscripción automática dentro de los corros donde se ha ido a parar, de modo que los propios devienen virtuosos en toda suerte de atributos y los otros se convierten en contrincantes molestos o indeseables incluso.
Es importante que ese sesgo primado para el favoritismo intragrupal (chovinismo, gremialismo o etnocentrismo son denominaciones alternativas), constatado en multitud de situaciones y en toda suerte de culturas, surja en edades muy tiernas. Indica que la propensión de base hacia el alineamiento inmediato con los propios, sean estos quienes fueren, es potente y prefigura el surgimiento de las tendencias tribales, en jóvenes y en adultos, cuando las marcas de separación son relevantes (familia, habla, color de la piel, indumentarias y pigmentaciones diferenciadoras, cánticos y enseñas grupales reconocibles).
Esa tendencia biológicamente prefigurada para erigir fronteras cognitivas y afectivas entre nosotros y ellos es el nutriente esencial del tribalismo coaligado y belicoso. Constituye la cimentación necesaria para que fenómenos como el sectarismo, el fundamentalismo o los faccionalismos cainitas cundan y exalten los ánimos agonísticos. Ese mismo proceso de sesgado progrupal acentuado facilita que los que quedan al otro lado de la frontera, los nuevos o añejos adversarios, pasen a ser aborrecidos, odiados y despreciados. Y más aún cuando las diferencias se enconan y fanatizan, los contrincantes devienen enemigos y son deshumanizados convirtiéndose en alimañas a exterminar, escribe Adolf Tobeña, profesor en el departamento de Psiquiatría y Medicina Legal de la Facultad de Medicina-Instituto de Neurociencias de la Universidad Autónoma de Barcelona.
Esa tendencia biológicamente prefigurada para erigir fronteras cognitivas y afectivas entre nosotros y ellos es el nutriente esencial del tribalismo coaligado y belicoso. Constituye la cimentación necesaria para que fenómenos como el sectarismo, el fundamentalismo o los faccionalismos cainitas cundan y exalten los ánimos agonísticos. Ese mismo proceso de sesgado progrupal acentuado facilita que los que quedan al otro lado de la frontera, los nuevos o añejos adversarios, pasen a ser aborrecidos, odiados y despreciados. Y más aún cuando las diferencias se enconan y fanatizan, los contrincantes devienen enemigos y son deshumanizados convirtiéndose en alimañas a exterminar, escribe Adolf Tobeña, profesor en el departamento de Psiquiatría y Medicina Legal de la Facultad de Medicina-Instituto de Neurociencias de la Universidad Autónoma de Barcelona.

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