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domingo, 3 de noviembre de 2024

Nada antes de 1914 había preparado el mundo para lo que iba a suceder

Nada antes de 1914 había preparado el mundo para lo que iba a suceder. Todos los horrores de la Europa del siglo XX nacieron de aquella guerra, “la calamidad de la que surgieron todas las demás calamidades”, como la definió el historiador estadounidense Fritz Stern. El año 1914 fue, en efecto, la crisis por excelencia de esa historia, por lo que provocó y por lo que ocurrió después, porque por el camino se llevó al imperio ruso, a cuya caída siguió pocos meses después, un año antes de que esa guerra terminara, la conquista del poder por los bolcheviques.Los altos dirigentes, emperadores y reyes acudían a los actos públicos con uniforme militar; las revistas militares eran una parte esencial del ceremonial público, y, según Christopher Clark, “el culto a la exhibición militar se introdujo en la vida pública y privada de sus comunidades”.
Había una falta de transparencia diplomática en la mayoría de las maniobras de los ministros de Asuntos Exteriores, especialmente cuando trataban de los Balcanes, el escenario que sirvió de detonante al conflicto y que ya había conocido dos guerras, en 1912 y 1913, antes de que la tercera se extendiera en cinco semanas del verano de 1914 a todo el continente.Cuando el archiduque Francisco Fernando (1863-1914) y su esposa, Sofía Chotek (1868-1914), fueron asesinados en Sarajevo el 28 de junio de 1914, la elite europea estaba disfrutando de su vida privilegiada y exquisita. La noticia del asesinato sorprendió al emperador Guillermo II de Alemania (1859-1941) navegando en su yate. El presidente de Francia, Raymond Poincaré (1860-1934), aunque recibió un telegrama en el hipódromo, donde estaba en compañía de otros miembros del cuerpo diplomático, se quedó a disfrutar de las carreras.
Se esperaba que la guerra fuera corta y aunque los gobiernos de los principales poderes contribuyeron a poner en riesgo la paz con sus movilizaciones bélicas, ninguno de ellos había hecho planes militares o económicos para un prolongado combate. Sabían que si entraban en guerra todos la vez, algo que posibilitaba el sistema de alianzas pactado unos años antes, el dinero y las energías gastadas podrían conducir a la bancarrota de la industria y del crédito en Europa. Al declarar la guerra general en agosto de 1914, escribe Ruth Henig, “los poderes europeos contemplaban una serie de encuentros militares cortos e incisivos, seguidos presumiblemente de un congreso general de los beligerantes en el que confirmarían los resultados militares mediante un arreglo político y diplomático”. Guillermo (1885-1951), el príncipe heredero de la corona alemana, ansiaba que la guerra fuera “radiante y gozosa”. La guerra, ideada para garantizar la sobrevivencia y continuidad de los imperios alemán y austrohúngaro, acabó con su estrepitosa derrota y desaparición cuatro años después. Por el camino se llevó al imperio ruso, desacreditó la democracia liberal y de la batalla salieron también el comunismo y el fascismo, alternativas y después polos de atracción para intelectuales, vehículos para la política de masas, viveros de nuevos líderes que, subiendo de la nada, arrancando desde fuera del establishment y del viejo orden monárquico e imperial, propusieron rupturas radicales con el pasado.
Referencia:La venganza de los siervos de Julián Casanova




domingo, 22 de octubre de 2023

Antes de 1914 la Tierra era de todos

"Antes de 1914 la Tierra era de todos. Todo el mundo iba adonde quería y permanecía allí el tiempo que quería. No existían permisos ni autorizaciones; me divierte la sorpresa de los jóvenes cada vez que les cuento que antes de 1914 viajé a la India y a América sin pasaporte y que en realidad jamás en mi vida había visto uno. La gente subía y bajaba de los trenes y de los barcos sin preguntar y sin ser preguntada, no tenía que rellenar ni uno del centenar de papeles que se exigen hoy en día. No existían salvoconductos ni visados ni ninguno de estos fastidios; las mismas fronteras que hoy aduaneros, policías y gendarmes han convertido en una alambrada, a causa de la desconfianza patológica de todos hacia todos, no representaban más que líneas simbólicas que se cruzaban con la misma despreocupación que el meridiano de Greenwich. Antes de la Gran Guerra, Europa era una mezcla de imperios cosmopolitas y de comunidades nacionales sin un territorio concreto. Las fronteras orientales no sólo eran difusas en términos administrativos, sino en los estrictamente nacionales. Los turistas no podían hacerse la foto en la que salen con el pie derecho en un país y el izquierdo en otro porque nadie sabía con tanta precisión dónde empezaban y terminaban las naciones. Los pocos viajeros que rondaban por el mundo lo hacían con despreocupación y sin el temor a ser cuestionados por no haber rellenado bien un impreso o no haberse informado de los trámites migratorios.Podíamos vivir más a lo cosmopolita, el mundo entero se abría ante nosotros. Podíamos viajar sin pasaporte ni permiso adonde nos diera la gana, nadie nos examinaba por razón de ideología, raza, origen o religión”, escribía Stefan Zweig en El mundo de ayer al retratar la Europa anterior a 1914, tan distinta de la de entreguerras, “un mundo de huellas dactilares, visados e informes policiales”.

Hoy una de las pocas políticas europeas eficaces es la Agencia Europea de la Guardia de Fronteras y Costas (Frontex), con sede en Varsovia y un presupuesto de doscientos cincuenta millones de euros anuales destinados sólo a coordinar las policías y cuerpos militares encargados de vigilar el Mediterráneo. Porque la agencia no se fundó para fortificar la frontera norte y mantener a raya a los noruegos, sino para plantar castillos en el mar.

domingo, 17 de abril de 2022

El siglo XIX no termina históricamente hasta 1914

Pío X

Pío X no supo ni pudo hacer más para evitar la espantosa guerra; los pueblos de Europa, aunque parezca increíble, no temían la guerra, la anhelaban. Aún no había terminado ese mes trágico, agosto de 1914, cuando murió San Pío X. Las naciones vivían hasta 1914 aisladas, encerradas en sus concepciones egoístas, que sólo contemplaban al resto del mundo desde perspectivas imperialistas (Inglaterra, Alemania) o aislacionistas, como los Estados Unidos que parecían contentarse con el dominio de la totalidad del Continente americano, si bien sus gobiernos se habían mostrado sensibles a las motivaciones estratégicas desde la guerra contra España, el rapto de las islas Hawai y la compra de Alaska a los rusos. Al vislumbrarse ya el final de la Gran Guerra (gracias a la poderosa intervención americana) un Presidente idealista, Woodrow Wilson, (muy condicionado por los fabianos de Europa y Norteamérica) impuso su concepción mundialista que cristalizaría en la Sociedad de Naciones, primer intento de organismo representativo mundial con carácter igualitario. Pero hasta 1914 la Humanidad vivía según esquemas anteriores; el siglo XIX no termina, históricamente, hasta 1914.


Una idea-fuerza tan propia del siglo XIX como el principio de las nacionalidades minaba la convivencia dentro del Imperio austrohúngaro (independentismo de Hungría, Checoslovaquia, los pueblos balcánicos) y los dominios del Imperio otomano, contra el que se agitaban los pueblos árabes sometidos. La nación y la sociedad rusa estaban en 1914 minadas por sus insolubles problemas interiores y desmoralizadas por la situación lamentable de la familia imperial y de la corte. Pero el ejército imperial ruso disponía de efectivos humanos inagotables y aunque mal pertrechado estaba bien armado sobre todo gracias a su legendaria artillería de campaña.


Benedicto XV

La ausencia injusta del Papado en la paz de Versalles permitió a Benedicto XV proclamar, clarividentemente, que aquél era un tratado para la guerra y no para la paz.

miércoles, 12 de mayo de 2021

Antisemitismo en la Alemania anterior a 1914


Mucho antes de que estallase la Primera Guerra Mundial, Alemania era la economía más rica y potente del Continente. Ocupaba el primer puesto mundial en las industrias más modernas, como la química, la farmacéutica y la eléctrica. En la agricultura el uso masivo de abonos artificiales y de maquinaria agrícola había multiplicado en 1914 la eficiencia de las grandes fincas del Norte y el Este. El nivel de vida había ido aumentando a saltos desde el cambio de siglo, e incluso desde antes. Los productos de las grandes empresas industriales alemanas como Krupps y Thyssen, Siemens y AEG, Hoechst y BASF, eran famosos en todo el mundo por su calidad. Eran muchos aquellos a los que la Alemania de antes de 1914, vista nostálgicamente desde la perspectiva del principio del periodo de entreguerras, les parecía que había sido un remanso de paz, prosperidad y armonía social. Pero por debajo de esa superficie próspera y segura había inquietud, inseguridad y dolorosas tensiones internas, escribe Richard J. Evans. A muchos, el intenso ritmo de cambio económico y social les parecía desconcertante y aterrador. Daba la impresión de que estaban desapareciendo los viejos valores y aumentaba el sentimiento de desorientación en algunos sectores de la sociedad. 

Bismarck

La sociedad alemana no se integró nacionalmente en 1871 en una condición completamente estable. Estaba dividida por conflictos internos que se agudizaron rápidamente y que se sumaron cada vez más a las tensiones del sistema político que había creado Bismarck. Estas tensiones hallaron desahogo en un nacionalismo cada vez más vociferante, mezclado con estridentes y alarmantes dosis de racismo y antisemitismo, que habrían de dejar una funesta herencia para el futuro.

Cuenta Richard Evans que para los desafectos y los fracasados, los que tenían la sensación de que el avance implacable de la industrialización les dejaba marginados y anhelaban una sociedad más simple, más ordenada, más segura y más jerárquica, como la que ellos imaginaban que había existido en el pasado no tan lejano, los judíos simbolizaban la modernidad cultural, financiera y social. Una depresión económica de dimensiones mundiales, desencadenada por el fracaso de las inversiones ferroviarias en Estados Unidos, provocó quiebras y cierres de empresas en Alemania. Resultaron especialmente perjudicados talleres y pequeños negocios. A los más gravemente afectados les resultó fácil creer de que la culpa la tenían los financieros judíos. A principios de la década de 1890 la amenaza de los antisemitas para la hegemonía electoral del Partido Conservador Alemán en los distritos rurales llegó a considerarse tan seria que el propio partido, alarmado por la política del gobierno, que parecía probable que fuese aún más perjudicial para los intereses de los agricultores, votó en 1893, en su conferencia de Tivoli, a favor de que se incluyese en el programa la exigencia de que se combatiese la “amplia, insistente y corruptora influencia judía sobre la vida de nuestro pueblo”.

domingo, 4 de septiembre de 2016

¿Qué hacer cuando el propio apellido proclama un odiado origen?

Lord Mountbatten
En la Inglaterra de 1.914, la antipatía contra lo alemán alcanza cotas difíciles de imaginar en un pueblo supuestamente flemático. Entre la aristocracia inglesa abundan las familias de estirpe alemana. ¿Qué hacer si el propio apellido proclama ese odiado origen? Con ese sentido práctico que caracteriza a los ingleses, muchos optan por cambiarlo: en adelante los Battenberg se llamarán Mountbatten (o sea, lo traducen al aristocrático francés, porque el berg alemán, «montaña», se convierte en mount). La familia real, que solía llamarse Sajonia-Coburgo-Gotha tomará en adelante el nombre de su principal castillo residencia y se llamará casa Windsor. Por la misma razón, en Rusia mudan el nombre de la capital, San Petersburgo, que es alemán, por el ruso Petrogrado (de las dos maneras significa “ciudad de Pedro”). 

Castillo de Windsor.

En los niveles inferiores, el rechazo a lo alemán se manifiesta del mismo modo. Los perros de raza alemana no entienden por qué la gente los maltrata. En Francia, al agua de Colonia le cambian el nombre y la llaman agua de Provenza. En Estados Unidos, en cuanto entren en guerra, se propondrá que las hamburgers («hamburguesas») se llamen Salisbury steak («filete de Salisbury») para olvidar su origen, la ciudad alemana de Hamburgo. Por la misma razón, las salchichas de Frankfurt (o Frankfurters) se llamarán liberty sausages («salchichas de la libertad»), y los perritos calientes o dachshunds («perritos alemanes») se llamarán liberty dogs («perritos de la libertad»).