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lunes, 24 de noviembre de 2025

Ser europeo


George Steiner parte de cinco axiomas para definir Europa. El café y el paisaje a escala humana y transitable son los dos primeros. En el paisaje entran las calles y plazas con los nombres de los estadistas, científicos, artistas y escritores del pasado. En Dublín, hasta las estaciones de autobús encaminan a las casas de los poetas. Pero a Europa la define sobre todo su doble filiación (Atenas y Jerusalén). 
Los cafés trazan el mapa de Europa y las relaciones en los cafés revelan su esencia. Esos encantadores locales “se extienden desde el café favorito de Pessoa en Lisboa hasta los cafés de Odessa, frecuentados por los gangsters de Isaak Bábel”. No hay cafés “primeros ni determinantes en Moscú, que es ya un suburbio de Asia”. Steiner considera simbólico que cuando las luces se apagaron en Europa, en 1914 con la Primera Guerra Mundial, el pacifista y socialista Jean Jaurès (1859-1914) fuera asesinado en el Café du Croissant, en París, por un fanático nacionalista a favor del conflicto armado.

Las distancias europeas poseen escala humana, pueden ser dominadas por el viajero, como lo ponen de manifiesto los peregrinos a Compostela desde tiempos inmemoriales. Europa es aquel lugar donde al viajero “nunca le parece estar muy lejos del campanario del próximo pueblo” . En Europa, “los ríos han tenido vados, vados, incluso para bueyes, “Oxford” (significa vado de buey)”. La diferencia con otros continentes es radical. En Estados Unidos, en Australia, no se va a pie de una población a otra. “Los desiertos del interior australiano, del sudoeste americano, los grandes bosques de los estados del pacífico o de Alaska, son casi impracticables”, mientras que Europa está hecha por europeos que piensan mientras caminan. “Algunos elementos integrantes del pensamiento y la sensibilidad europeos son, en el sentido originario de la palabra, “pedestres”. Su cadencia y sus secuencias son las del caminante”. “El cotidiano Fussgang (paseo a pie) de Kant, su ruta, cronométricamente exacta, a través de Königsberg, llegó a ser legendario”.
Las calles y plazas europeas evocan su historia, los europeos “habitan literalmente en cámaras de resonancia de los logros históricos, intelectuales, artísticos y científicos”, dice Steiner. “Indudablemente, la restauración, milímetro a milímetro, de los antiguos barrios de Varsovia con arreglo a pinturas topográficas del siglo XVIII es un milagro de destreza y de deliberada remembranza. Pero cuando caminamos entre estos sólidos espectros nos invade una sensación extraña, de enorme tristeza”. Sobre la carga del pasado, apunta: “Caminando cansinamente por la Rue Descartes, cruzando el Ponte Vecchio, o pasando ante la casa de Rembrandt en Ámsterdam, cuántas veces no me abrumó, incluso en sentido físico, la pregunta ¿Para qué? ¿Qué puede añadir cualquiera de nosotros a las inmensidades del pasado europeo?; un europeo culto queda atrapado en la telaraña de un in memoriam a la vez luminoso y asfixiante”. Eso es precisamente lo que Norteamérica rechaza. “Su ideología ha sido la del amanecer y la futuridad. Cuando Henry Ford declaró que “la historia es una estupidez”, estaba ofreciendo una contraseña para la amnesia creativa, una capacidad de olvidar que avala una búsqueda pragmática de la utopía”.  


Europa es espíritu descendiente de Atenas y de Jerusalén, de la filosofía griega, de la Biblia hebrea y del Nuevo Testamento.“Esta relación, a la vez conflictiva y sincrética, ha tenido parte en la discusión teológica, filosófica y política desde los Padres de la Iglesia hasta Lev Chestov, desde Pascal hasta Leo Strauss. El topos es hoy tan fértil y urgente como lo ha sido siempre. Ser europeo es tratar de negociar, moralmente, intelectualmente y existencialmente los ideales y aseveraciones rivales, la praxis de la ciudad de Sócrates y de la de Isaías”, exclama Steiner.


domingo, 22 de octubre de 2023

Antes de 1914 la Tierra era de todos

"Antes de 1914 la Tierra era de todos. Todo el mundo iba adonde quería y permanecía allí el tiempo que quería. No existían permisos ni autorizaciones; me divierte la sorpresa de los jóvenes cada vez que les cuento que antes de 1914 viajé a la India y a América sin pasaporte y que en realidad jamás en mi vida había visto uno. La gente subía y bajaba de los trenes y de los barcos sin preguntar y sin ser preguntada, no tenía que rellenar ni uno del centenar de papeles que se exigen hoy en día. No existían salvoconductos ni visados ni ninguno de estos fastidios; las mismas fronteras que hoy aduaneros, policías y gendarmes han convertido en una alambrada, a causa de la desconfianza patológica de todos hacia todos, no representaban más que líneas simbólicas que se cruzaban con la misma despreocupación que el meridiano de Greenwich. Antes de la Gran Guerra, Europa era una mezcla de imperios cosmopolitas y de comunidades nacionales sin un territorio concreto. Las fronteras orientales no sólo eran difusas en términos administrativos, sino en los estrictamente nacionales. Los turistas no podían hacerse la foto en la que salen con el pie derecho en un país y el izquierdo en otro porque nadie sabía con tanta precisión dónde empezaban y terminaban las naciones. Los pocos viajeros que rondaban por el mundo lo hacían con despreocupación y sin el temor a ser cuestionados por no haber rellenado bien un impreso o no haberse informado de los trámites migratorios.Podíamos vivir más a lo cosmopolita, el mundo entero se abría ante nosotros. Podíamos viajar sin pasaporte ni permiso adonde nos diera la gana, nadie nos examinaba por razón de ideología, raza, origen o religión”, escribía Stefan Zweig en El mundo de ayer al retratar la Europa anterior a 1914, tan distinta de la de entreguerras, “un mundo de huellas dactilares, visados e informes policiales”.

Hoy una de las pocas políticas europeas eficaces es la Agencia Europea de la Guardia de Fronteras y Costas (Frontex), con sede en Varsovia y un presupuesto de doscientos cincuenta millones de euros anuales destinados sólo a coordinar las policías y cuerpos militares encargados de vigilar el Mediterráneo. Porque la agencia no se fundó para fortificar la frontera norte y mantener a raya a los noruegos, sino para plantar castillos en el mar.

martes, 31 de enero de 2023

El viaje es uno de los mejores modos de pasar perezosamente el tiempo

Se nos tiene a los viajeros por gente atrevida, y callamos nuestra culpa; el viaje es uno de los mejores modos de pasar perezosamente el tiempo. Más que un mero gandulear, se trata de una elaborada evasión vagabunda, que nos permite llamar la atención sobre nosotros con nuestra conspicua ausencia mientras fisgoneamos en la intimidad de otras personas, tan activamente al ataque como unos gorrones en plena fuga, escribe el escritor estadounidense Paul Theroux.
No importa adónde hayas ido, siempre es bueno regresar y contrastar tus primeras impresiones. ¿Te precipitaste un poco al juzgar ese lugar? ¿O tal vez lo viste en un mes bueno? ¿Algo en el clima tal vez ablandó tu disposición? En cualquier caso, el viaje a menudo consiste en aprovechar el momento. Y es algo personal. Incluso si yo viajara contigo, tu viaje sería distinto del mío, dice Theroux.

viernes, 24 de diciembre de 2021

La noción que Felipe II era un rey enclaustrado es pura leyenda

Felipe II

Felipe II fue, después de su padre, el emperador, el monarca más viajero de la historia de España. Fernando e Isabel habían recorrido extensamente los reinos españoles. Fernando conocía también el Mediterráneo e Italia. Pero Felipe los superaba a ambos en la suma total de sus viajes por la Península y Europa occidental. Ningún soberano de la época viajó más que él. En comparación, los monarcas coetáneos más prominentes, como Isabel de Inglaterra y Enrique IV de Francia, nos parecen verdaderamente sedentarios. No existe ningún dirigente español de los tiempos modernos (salvo el emperador Carlos V) que tuviera mayores conocimientos directos sobre la geografía, la topografía, la meteorología y el entorno humano del norte de Italia, Europa central, Renania, los Países Bajos e Inglaterra; todos ellos territorios clave del panorama político europeo. Cuando pedía a artistas como Wijngaerde que dibujaran paisajes urbanos, solían ser ciudades que conocía personalmente y que había visitado por lo menos una vez. ¿Qué otro soberano europeo podía, al igual que él, ofrecer un juicio informado sobre las vistas de Londres, Amsterdam o Milán? De todas las grandes naciones, la única que no recorrió fue Francia, aunque efectuó breves visitas a su costa mediterránea. Había conversado cara a cara, y en sus propios países y su propio entorno, con los príncipes protestantes que apoyaban la reforma alemana, con los líderes de la nobleza neerlandesa y con la princesa Isabel de Inglaterra. Pocos jefes de Estado han tenido el privilegio de conocer de cerca, e incluso íntimamente, a aquellos que en un momento dado habían de convertirse en sus más feroces enemigos. Felipe los conocía a todos. La noción de un rey deseoso de encerrarse en España es pura leyenda.

Felipe II 

Las múltiples imágenes del rey, omnipresente en todos los torneos de caza en la Selva Negra o en los bosques de Baviera, en los bailes de Binche, Milán y Barcelona, en las justas del gran patio del palacio de Westminster o del castillo de Mariemont, a bordo de embarcaciones por los ríos Rin y Danubio, en las comidas campestres de Hampton Court o de los lagos de Valencia, se contradicen con la idea ampliamente aceptada de un monarca que deseaba huir del mundo para enterrarse en el Escorial, sumergirse en su trabajo y negarse a sí mismo los placeres mundanos. La noción de un rey sombrío y melancólico contrasta tan abiertamente con los documentos disponibles que cabe desconfiar de los autores que no solo evitan citar dichos documentos, sino que, además, hacen aserciones carentes de fundamento.Siempre estaba activo. Al igual que a sus antepasados los Reyes Católicos, le gustaba viajar.La imagen de un rey enclaustrado es simplemente una leyenda.


miércoles, 10 de abril de 2019

Viajero


Cuenta Chesterton que “el viajero ve lo que ve; el turista, lo que ha ido a ver”.

domingo, 4 de diciembre de 2016

Viajero o turista.

El turista necesita volver a ver las fotos para recordar dónde estuvo; se le ha olvidado la sensación, el escalofrío, el picor o la dulzura de la comida, la resonancia de las palabras, la cadencia de la música. Los lugares son meras escenografías, decorados más o menos bellos, pero no los ha habitado. El viajero, en cambio, ha vivido ahí horas o meses, no importa, pero es el lugar el que se le ha metido bajo la piel y ya nunca lo abandonará. Aun si no recuerda con precisión los extraños nombres de los sitios, ellos y lo que contienen le han dejado una marca, trabajan en su interior y se entretejen con la vida cotidiana al regreso de su travesía. El turista pasa, el viajero habita, dice Diana Sperling.


Walter Benjamin escribe que la mejor manera de conocer una ciudad es perderse en ella. Correr el riesgo de entrar por callejuelas apartadas, investigar pasajes oscuros, explorar, sin la urgencia de llegar a ningún lado y sin la culpa de haber escogido un trayecto erróneo.