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domingo, 8 de diciembre de 2024

Vivimos en la hora de los feelings

Alain Finkielkraut, miembro de la Academia Francesa, escribe que “vivimos en la hora de los feelings. Ya no existe verdad ni mentira, estereotipo ni invención, belleza ni fealdad, sino una paleta infinita de placeres, diferentes e iguales. La democracia que implicaba el acceso de todos a la cultura se define ahora por el derecho de cada cual a la cultura de su elección (o a denominar cultura su pulsión del momento). “Dejad que haga conmigo lo que yo quiera”; ninguna autoridad trascendente, histórica o simplemente mayoritaria puede modificar las preferencias del sujeto posmoderno o regir sus comportamientos. Dotado de un mando a distancia así en la vida como ante su aparato de televisión, compone su programa, con la mente serena, sin dejarse ya intimidar por las jerarquías tradicionales. Libre en el sentido de Nietszche cuando dice que dejar de avergonzarse de uno mismo es la señal de la libertad realizada, puede abandonarlo todo y entregarse gozosamente a la inmediatez de sus pasiones elementales. Su selección (trátese de Rimbaud o Renaud, Lévinas o Lavilliers) es automáticamente cultural.”
“La disolución de la cultura en el todo cultural no pone fin al pensamiento ni al arte. No hay que ceder a la lamentación nostálgica sobre la edad de oro en que las obras maestras se recogían a punta de pala. Antiguo como el resentimiento, este tópico acompaña, desde sus orígenes, la vida espiritual de la humanidad. El problema con que últimamente nos hemos tropezado es diferente, y más grave; las obras existen pero, tras haberse borrado la frontera entre la cultura y la diversión, ya no hay lugar para acogerlas y para conferirles sentido. Por consiguiente, flotan absurdamente en un espacio sin coordenadas ni referencias. Cuando el odio a la cultura pasa a ser a su vez cultural, la vida guiada por el intelecto pierde toda significación.”
“Ya no existen poetas malditos. Alérgica a cualquier forma de exclusión, la concepción preponderante de la cultura valoriza tanto a Shakespeare y Musil como el par de botas sublime y el caballo de carreras genial.”

sábado, 29 de octubre de 2022

Gozad los placeres y la belleza que el mundo revela

Hellen Keller recordaba una conversación con una amiga que acababa de regresar de un paseo por el bosque. Cuando le preguntó a su amiga qué había observado, esta respondió: “Nada en particular”. “Me pregunto cómo es posible,dice Helen, caminar durante una hora por el bosque y no ver nada notable. Yo, que no puedo ver, encuentro cientos de cosas. La delicada simetría de una hoja, la piel lisa de un abedul plateado, la corteza áspera de un pino. Yo, que soy ciega, puedo dar un consejo a los que ven; usad vuestros ojos como si mañana fueran a quedar ciegos. Oíd la música de las voces, la canción de un pájaro, las poderosas melodías de una orquesta como si mañana fuerais a quedaros sordos.Tocad cada objeto como si mañana fuerais a perder el tacto. Oled el perfume de las flores, saboread con deleite cada bocado, como si a partir de mañana ya no pudierais volver a saborear u oler. Aprovechad al máximo cada sentido. Gozad la gloria de todas las facetas y placeres y belleza que el mundo os revela”.

jueves, 19 de mayo de 2022

La amistad nos mantiene sanos

La amistad encabeza la lista de Epicuro de los placeres de la vida. Escribió: “De todos los bienes que nos ofrece la sabiduría para ser felices en la vida, el más precioso con mucho es el tesoro de la amistad”. Epicuro creía que elegir con quién cenamos es mucho más importante que elegir el menú. “Antes de comer o beber, piensa detenidamente con quién lo harás en lugar de qué comerás o beberás, porque comer sin un amigo es llevar la vida de un león o de un lobo”. El nivel cultural o la posición social de las personas con las que conversaba le traían sin cuidado; de hecho el súmmum de la verdadera amistad era ser aceptado y amado por lo que eres y no por la posición que hayas logrado en la vida. Amar y ser amado refuerza nuestro sentido del yo y elimina los sentimientos de soledad y alienación. Nos mantiene sanos.

viernes, 24 de diciembre de 2021

La noción que Felipe II era un rey enclaustrado es pura leyenda

Felipe II

Felipe II fue, después de su padre, el emperador, el monarca más viajero de la historia de España. Fernando e Isabel habían recorrido extensamente los reinos españoles. Fernando conocía también el Mediterráneo e Italia. Pero Felipe los superaba a ambos en la suma total de sus viajes por la Península y Europa occidental. Ningún soberano de la época viajó más que él. En comparación, los monarcas coetáneos más prominentes, como Isabel de Inglaterra y Enrique IV de Francia, nos parecen verdaderamente sedentarios. No existe ningún dirigente español de los tiempos modernos (salvo el emperador Carlos V) que tuviera mayores conocimientos directos sobre la geografía, la topografía, la meteorología y el entorno humano del norte de Italia, Europa central, Renania, los Países Bajos e Inglaterra; todos ellos territorios clave del panorama político europeo. Cuando pedía a artistas como Wijngaerde que dibujaran paisajes urbanos, solían ser ciudades que conocía personalmente y que había visitado por lo menos una vez. ¿Qué otro soberano europeo podía, al igual que él, ofrecer un juicio informado sobre las vistas de Londres, Amsterdam o Milán? De todas las grandes naciones, la única que no recorrió fue Francia, aunque efectuó breves visitas a su costa mediterránea. Había conversado cara a cara, y en sus propios países y su propio entorno, con los príncipes protestantes que apoyaban la reforma alemana, con los líderes de la nobleza neerlandesa y con la princesa Isabel de Inglaterra. Pocos jefes de Estado han tenido el privilegio de conocer de cerca, e incluso íntimamente, a aquellos que en un momento dado habían de convertirse en sus más feroces enemigos. Felipe los conocía a todos. La noción de un rey deseoso de encerrarse en España es pura leyenda.

Felipe II 

Las múltiples imágenes del rey, omnipresente en todos los torneos de caza en la Selva Negra o en los bosques de Baviera, en los bailes de Binche, Milán y Barcelona, en las justas del gran patio del palacio de Westminster o del castillo de Mariemont, a bordo de embarcaciones por los ríos Rin y Danubio, en las comidas campestres de Hampton Court o de los lagos de Valencia, se contradicen con la idea ampliamente aceptada de un monarca que deseaba huir del mundo para enterrarse en el Escorial, sumergirse en su trabajo y negarse a sí mismo los placeres mundanos. La noción de un rey sombrío y melancólico contrasta tan abiertamente con los documentos disponibles que cabe desconfiar de los autores que no solo evitan citar dichos documentos, sino que, además, hacen aserciones carentes de fundamento.Siempre estaba activo. Al igual que a sus antepasados los Reyes Católicos, le gustaba viajar.La imagen de un rey enclaustrado es simplemente una leyenda.


miércoles, 22 de diciembre de 2021

Mi dinero no daba para caer en vicios

Oxford

Cuenta la historia que a los catorce años Tomás Moro fue de Londres a Oxford. El padre de Tomás pensaba de que residir en la pequeña ciudad universitaria ayudaría a los posteriores estudios de su hijo. En 1492 Oxford era una villa que empezaba a crecer rápidamente. 

Tomás Moro

Moro padre pensaba desde Londres que nada mejor que un bolsa vacía para que el hijo se hiciera a la vida dura. “Aunque le proveía de lo necesario, no le permitía tener un céntimo en el bolsillo, mostrándose tan estricto en este punto que, a menos que se lo pidiera expresamente a su padre, le faltaba dinero hasta para remendarse las botas”, cuenta Stapleton. Dice el biógrafo Vazquez de Prada que Sir Juan no tenía apuros económicos. Su proceder iba guiado por el amor al hijo, que posteriormente encomió la conducta del padre. “Así fue como no caí en vicios ni perdí el tiempo en placeres extravagantes y peligrosos. Ni ocasión tuve de saber lo que era aquello, porque mi dinero no daba para tanto.”

sábado, 28 de marzo de 2020

No hay rico hoy que no haya sido pobre ayer


No hay rico hoy que no haya sido pobre ayer o cuyos antepasados no hayan sido pobres. De hecho, jamás en la historia humana ha habido menos pobres en proporción a la población mundial, y esto es gracias al sistema de propiedad privada y mercado competitivo. El profesor de la Universidad de Columbia, Xavier Sala i Martín, da una explicación sobre este punto: “A través de la historia, las sociedades humanas han sido formadas por unos pocos ciudadanos muy ricos y una aplastante mayoría de pobres. El 99,9 por ciento de los ciudadanos de todas las sociedades de la historia, desde los cazadores y recolectores de la Edad de piedra, hasta los campesinos fenicios, griegos, etruscos, romanos, godos u otomanos de la Antigüedad, pasando por los agricultores de la Europa medieval, la América de los incas, los aztecas o los mayas, la Asia de las dinastías imperiales o la África precolonial, vivieron en situación de pobreza extrema. Todas, absolutamente todas esas sociedades tenían a la mayoría de la población al límite de la subsistencia hasta el punto de que, cuando el clima no acompañaba, una parte importante de ellos moría de inanición. Todo esto empezó a cambiar en 1760 cuando un nuevo sistema económico nacido en Inglaterra y Holanda, el capitalismo, provocó una revolución económica que cambió las cosas para siempre. En poco más de doscientos años, el capitalismo ha hecho que el trabajador medio de una economía de mercado media no sólo haya dejado de vivir en la frontera de la subsistencia, sino que incluso tenga acceso a placeres que el hombre más rico de la historia, el emperador Mansa Musa I, no podía ni imaginar”. 


En 1970, el 30 por ciento de la población mundial vivía con menos de un dólar al día. En el año 2011 la tasa de pobreza era de menos del 5 por ciento. ¿Qué ha pasado desde 1970? Pues, entre otras cosas, que los países más poblados y más pobres del mundo abandonaron los sistemas socialistas de planificación que los condenaban a la pobreza y adoptaron el capitalismo como forma de organización económica. 


sábado, 23 de diciembre de 2017

El enamorado quiere a la amada en sí misma, no el placer que pueda proporcionarle.

hombre lascivo
Usamos una expresión muy desafortunada cuando decimos de un hombre lascivo que va rondando las calles en busca de una mujer, que “quiere una mujer”. Estrictamente hablando, una mujer es precisamente lo que no quiere. Quiere un placer, para el que una mujer resulta ser la necesaria pieza de su maquinaria sexual. Lo que le importa la mujer en sí misma puede verse en su actitud con ella cinco minutos después del goce. 
El eros hace que un hombre desee realmente no una mujer, sino una mujer en particular. De forma misteriosa pero indiscutible, el enamorado quiere a la amada en sí misma, no el placer que pueda proporcionarle. Ningún enamorado del mundo buscó jamás los abrazos de la mujer amada como resultado de un cálculo, aunque fuera inconsciente, de que serían más agradables que los de cualquier otra mujer, opina Clive Staples Lewis. Si se planteara esa cuestión, sin duda respondería que así era; pero el hecho de planteársela sería salirse completamente del mundo del eros.
Lewis dice que el eros, aun siendo el rey de los placeres, en su punto culminante tiende a considerar el placer como un subproducto. El hecho de pensar en el placer volvería a meternos en nosotros mismos, en nuestro propio sistema nervioso, mataría al eros, como podemos “matar” un hermoso paisaje de montaña al fijarlo en nuestra retina y en nuestros nervios ópticos. En todo caso, ¿es el placer de quién? Porque una de las primeras cosas que hace el eros es borrar la distinción entre el dar y el recibir.

miércoles, 26 de julio de 2017

Una gran satisfacción.

Puesta de sol en el entorno de la ría de Avilés. Asturias.
Los bosques de la Sierra de Cebollera
Epicuro (c. 341-270 a. C.) señaló una razón evidente para privilegiar los placeres simples, naturales, frente a los artificiales o superfluos: tienden a ser más frecuentes y más fáciles de obtener. Las personas que sienten una gran satisfacción viendo puestas de sol, realizando largos paseos por los bosques y dedicando tiempo a la familia y los amigos, por lo general pueden encontrar muchas oportunidades de disfrutar de estas experiencias. En cambio, quienes buscan la felicidad en placeres más esquivos como la riqueza, el poder, el prestigio o la fama terminan a menudo con las manos vacías.