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domingo, 1 de marzo de 2026

Dueño de su voluntad y esclavo de su conciencia

“En toda historia, dice Chesterton, tiene que haber tres personajes; la princesa para ser amada; el dragón para ser combatido; y el san Jorge, para amar y para combatir”…..”Los caballeros medievales gozan del honor eterno de haber introducido el respeto a las mujeres”….”La caballerosidad es la manera realista, y no romántica, de ver los sexos”…..”El único modo de obligar a un caballero es diciéndole que es libre”.
José Ignacio Munilla dirá que “el verdadero caballero es dueño de su voluntad y esclavo de su conciencia”.

sábado, 23 de diciembre de 2017

El enamorado quiere a la amada en sí misma, no el placer que pueda proporcionarle.

hombre lascivo
Usamos una expresión muy desafortunada cuando decimos de un hombre lascivo que va rondando las calles en busca de una mujer, que “quiere una mujer”. Estrictamente hablando, una mujer es precisamente lo que no quiere. Quiere un placer, para el que una mujer resulta ser la necesaria pieza de su maquinaria sexual. Lo que le importa la mujer en sí misma puede verse en su actitud con ella cinco minutos después del goce. 
El eros hace que un hombre desee realmente no una mujer, sino una mujer en particular. De forma misteriosa pero indiscutible, el enamorado quiere a la amada en sí misma, no el placer que pueda proporcionarle. Ningún enamorado del mundo buscó jamás los abrazos de la mujer amada como resultado de un cálculo, aunque fuera inconsciente, de que serían más agradables que los de cualquier otra mujer, opina Clive Staples Lewis. Si se planteara esa cuestión, sin duda respondería que así era; pero el hecho de planteársela sería salirse completamente del mundo del eros.
Lewis dice que el eros, aun siendo el rey de los placeres, en su punto culminante tiende a considerar el placer como un subproducto. El hecho de pensar en el placer volvería a meternos en nosotros mismos, en nuestro propio sistema nervioso, mataría al eros, como podemos “matar” un hermoso paisaje de montaña al fijarlo en nuestra retina y en nuestros nervios ópticos. En todo caso, ¿es el placer de quién? Porque una de las primeras cosas que hace el eros es borrar la distinción entre el dar y el recibir.

jueves, 15 de junio de 2017

Las gentes superficiales se detienen en la superficie de la persona amada.


El amor auténtico no necesita, en sí, de lo corporal ni para despertar ni para realizarse, pero se sirve de ello para ambas cosas.

Las gentes superficiales se detienen en la superficie de la persona amada, sin preocuparse de penetrar en su fondo, para las gentes “profundas” la superficie no es más que la simple expresión del “fondo” y, en cuanto tal expresión, nada esencial ni decisivo, aunque siempre importante, dice Viktor Frankl. En este sentido se vale el amor de lo corporal, para
nacer, pero también se sirve de ello para realizarse. No cabe duda de que todo ser físicamente maduro que ame a otro se sentirá acuciado, en general, por la necesidad de unirse físicamente con él. Sin embargo, para quien de veras ame, la relación física, sexual, no es sino un medio de expresión de lo que constituye el verdadero amor, es decir, de la relación espiritual, y, como medio de expresión, recibe su consagración humana, precisamente, del amor, del acto espiritual a que sirve de exponente. Por tanto, dice Frankl, se puede afirmar lo siguiente: así como para quien verdaderamente ama el cuerpo del ser amado es, simplemente, la expresión de su persona espiritual, así también el acto sexual es, para el auténtico amor, la simple expresión de una intentio espiritual.