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sábado, 15 de agosto de 2026

La belleza salvaría al mundo

Dostoyevski en su obra “El idiota”, cuyo protagonista es el príncipe Misshkin, joven de gran corazón y bondad. Otro personaje, Ippolit, poco más joven que él, es tuberculoso, cercano a la muerte y ha decidido suicidarse; en una concurrida velada, se dirige a Misshkin, vociferando: “Príncipe, ¿es verdad que usted dijo una vez que al mundo lo salvaría la belleza? ¡Caballeros! ,gritó dirigiéndose a todos, el príncipe ha dicho que la belleza salvaría al mundo… Yo sostengo que si se le ocurren ideas tan peregrinas es porque está enamorado.”. (Parte III, cap. 5). Ippolit parece ya muerto a todo amor y encanto de la vida.
En el fondo, quien habla es Dostoyevski que, además, transfiere experiencias propias, a esos dos personajes. A Misshkin, la epilepsia que padecía el escritor ruso. Con Ippolit comparte la vivencia de una muerte inminente, experimentada también por Fiodor cuando, condenado por actividades revolucionarias y llevado al paredón, le conmutaron in extremis la pena de muerte por cinco años de exilio en Siberia. 
Ippolit, desde su situación personal, considera inconcebible que la belleza pueda salvar el mundo; pero Dostoyevski deja un resquicio de verosimilitud, y es que alguien, por estar tan enamorado, pueda conseguirlo; y tal persona es el príncipe Misshkin. 


lunes, 16 de febrero de 2026

El amor abre el espíritu al mundo en su plenitud de valor

El amor no es ningún “mérito”, sino sencillamente una “gracia”. No solamente gracia, sino también encanto. Para el amante, el amor hechiza el mundo, lo transfigura, lo dota de un valor adicional. El amor aumenta y afina en quien ama la resonancia humana para la plenitud de los valores. Abre el espíritu al mundo en su plenitud de valor, a la “totalidad de los valores”. De este modo, debido a su entrega al tú, el yo, el amante, adquiere una riqueza interior que trasciende del tú, del ser amado. El cosmos entero gana, para él, en extensión y en profundidad de valor, resplandece bajo la luz brillante de aquellos valores que sólo el enamorado acierta a ver, pues el amor no hace al hombre ciego, como a veces se piensa, sino que, por el contrario, le abre los ojos y le aguza la mirada para percibir los valores.
El amor (en el exacto sentido de la palabra) es la más alta forma posible de lo erótico (en el sentido más amplio del término), como la más profunda penetración posible en la textura personal de la otra parte, la vinculación con algo espiritual. La relación directa con lo espiritual en la otra parte constituye, por tanto, la más alta forma posible de emparejamiento. Quien ama en este sentido no se ve tampoco excitado en su propia corporalidad, ni conmovido en su propia emotividad, sino afectado en lo más hondo de su espíritu por el portador espiritual de lo que en el ser amado hay de corpóreo y de emocional, por su meollo personal. El amor es, por tanto, la orientación directa hacia la persona espiritual del ser amado, en cuanto algo único e irrepetible (rasgos que hacen de ella una persona espiritual)…….No ve un “tipo” de cuerpo capaz de excitarle, ni tampoco un tipo de alma capaz de conmoverle, sino que ve al mismo ser humano, a la persona misma a quien ama como un ser incomparable e insustituible.
En su amor, quien verdaderamente lo siente, no “tiene en mientes” (mentar, intendere) jamás esas o las otras cualidades psíquicas o físicas que puedan darse “en” la persona amada, este o aquel modo de ser que la persona “tenga”, sino lo que el ser amado “es” como algo único en el mundo. Por serlo, precisamente, no es nunca ni en modo alguno sustituible por ninguna especie de “doble”.

Referencia: Psicoanálisis y existencialismo (Viktor Frankl)

domingo, 28 de julio de 2024

Poesía es ella

Bécquer

¿Qué es poesía? dices mientras clavas en mi pupila tu pupila azul. ¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas? ¡Poesía eres tú! Estos versos me arrebataron. Tenían que ser de Bécquer. Reflexioné largamente. Entonces poesía es ella, porque le está hablando a ella, la mujer de la que está enamorado (Ethel Krauze).

domingo, 2 de junio de 2024

Se han enamorado tanto de la vasija de barro, que lo mismo da ya que se llene de agua o de vino

Hablando de los intelectuales, decía José María Pemán que se han enamorado tanto de la vasija de barro, que lo mismo da ya que se llene de agua o de vino. No; la primera humildad tiene que consistir en retornar a aquellas secas jerarquías, que creen que la inteligencia del Angel es perfecta en la misma medida que está determinada, obligada, hacia la verdad, y lo mismo la voluntad hacia el bien. Son perfectas precisamente por su falta de libertad, por no poder errar o pesar. El hombre no es perfecto, porque es naturaleza caída; pero le queda, como residuo de su excelencia, una tendencia, un rastro angélico, que le inclina su inteligencia a la verdad y su voluntad al bien. En la primera hay unas evidencias, unos primeros principios claros, universales; en la segunda, una cierta rectitud natural. Esto podrá parecer muy teórico o escolástico, pero la realidad es que esto, con el nombre de sentido común, conciencia, honradez, etc, lo sentimos todos sin demasiada complicación, antes de volvernos intelectuales; es decir, dubitativos y cavilosos por deformación profesional.
José María Pemán
Humildad es la gran palabra….La humildad de aceptar algunas modestas certezas y pensar que si yo veo ese tintero delante debe ser porque ahí está…..y la humildad, sobre todo, reno subir al púlpito para ensanchar inquietudes y desorden, sino para expender orden y certeza. No abrir nuestra tienda si tenemos los almacenes vacíos. La verdad es la materia prima de nuestra faena. No se la puede sustituir por el solo y libre pensamiento, como el carpintero no puede sustituir la madera por la sierra y el martillo, que son poco útiles en el vacío. Cuando falta la “materia prima”, lo decente es cerrar el negocio….Si estamos en estado de duda y agonía, habría que cerrar nuestro tenderete y pones el letrero “ cerrado por falta de verdades”. 

jueves, 3 de octubre de 2019

El hombre adulto enamorado de una muchacha, es grotesco, ridículo



El hombre adulto enamorado de una muchacha, es grotesco, ridículo. Grotesco es sobre todo el llanto porque el llanto es propio de los niños, del que es impotente, no de la persona que tiene un status definido, un puesto en la sociedad. Alrededor de la persona enamorada se constituye una barrera de muecas y burlas. Hace algo no serio, ha perdido la seriedad. Lo que para él es una vivencia dramática, esencial, aun sus amigos más queridos lo consideran una frivolidad y una estupidez, un acto infantil. “No hagas el niño”, le dicen los amigos. Es un comportamiento infantil,regresivo, sentencia el psicólogo. O bien, se echa mano a otra interpretación diametralmente opuesta: es sexualidad pura, sexualidad reprimida, desahogo sexual. El enamoramiento es reducido a sexualidad porque ésta no tiene un objeto único, exclusivo, por eso es poco temible.

sábado, 23 de diciembre de 2017

El enamorado quiere a la amada en sí misma, no el placer que pueda proporcionarle.

hombre lascivo
Usamos una expresión muy desafortunada cuando decimos de un hombre lascivo que va rondando las calles en busca de una mujer, que “quiere una mujer”. Estrictamente hablando, una mujer es precisamente lo que no quiere. Quiere un placer, para el que una mujer resulta ser la necesaria pieza de su maquinaria sexual. Lo que le importa la mujer en sí misma puede verse en su actitud con ella cinco minutos después del goce. 
El eros hace que un hombre desee realmente no una mujer, sino una mujer en particular. De forma misteriosa pero indiscutible, el enamorado quiere a la amada en sí misma, no el placer que pueda proporcionarle. Ningún enamorado del mundo buscó jamás los abrazos de la mujer amada como resultado de un cálculo, aunque fuera inconsciente, de que serían más agradables que los de cualquier otra mujer, opina Clive Staples Lewis. Si se planteara esa cuestión, sin duda respondería que así era; pero el hecho de planteársela sería salirse completamente del mundo del eros.
Lewis dice que el eros, aun siendo el rey de los placeres, en su punto culminante tiende a considerar el placer como un subproducto. El hecho de pensar en el placer volvería a meternos en nosotros mismos, en nuestro propio sistema nervioso, mataría al eros, como podemos “matar” un hermoso paisaje de montaña al fijarlo en nuestra retina y en nuestros nervios ópticos. En todo caso, ¿es el placer de quién? Porque una de las primeras cosas que hace el eros es borrar la distinción entre el dar y el recibir.

jueves, 13 de octubre de 2016

Fe, esperanza y caridad.

San Agustín.
San Agustín escribe en el Enchiridión que “no hay caridad sin esperanza, esperanza sin caridad y ni esperanza ni caridad sin fe”. La fe es una suerte de compromiso devoto o convicción apasionada que, de acuerdo con la doctrina cristiana, tiene su origen en el amor ciego de Dios por la humanidad. 

Kierkegaard
“Un creyente es alguien que está enamorado”, escribe Kierkegaard en “La enfermedad mortal”. La fe es una cuestión de confianza, que a su vez implica alguna forma de caridad o abnegación. Consiste en la firme convicción de que el otro no va a dejar que te escurras entre sus dedos, y confiar en que no te van a abandonar es la base de la esperanza. 

Terry Eagleton. 
El Oxford English Dictionary da “sentimiento de confianza” como significado arcaico de “esperanza”. La esperanza es la confianza en que nuestro proyecto prevalecerá, lo que un comentarista describe como “un compromiso activo con la deseabilidad y viabilidad de un determinado fin”. Como tal, implica deseo y, por tanto, en un sentido amplio, amor. Es la fe lo que revela qué cabe legítimamente esperar, y, en última instancia, ambas virtudes están enraizadas en la caridad, escribe Terry Eagleton. 

Para santo Tomás, la caridad se diferencia de la esperanza
Santo Tomás 
en que ya está unida a su objeto, al menos en espíritu; sin embargo, como comenta Denys Turner parafraseando a santo Tomás, “la verdadera caridad genera esa clase de esperanza que hace que un amigo confíe en otro, pues es en aquellos que son nuestros amigos por caridad en quienes más absolutamente podemos confiar”. 


Según santo Tomás, la fe y la caridad son lógicamente anteriores a la esperanza, mientras que para Kant y para John Stuart Mill es la esperanza en Dios lo que nos conduce a postular su existencia. Lo mismo cabe decir de Miguel de Unamuno, que en “El sentimiento trágico de la vida” afirma que creemos porque esperamos, y no al contrario.

Un creyente es alguien que está enamorado

la verdadera caridad genera esa clase de esperanza que hace que un amigo confíe en otro