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sábado, 2 de febrero de 2019

La religión de la técnica.

Erich Fromm opina que en nuestro siglo se está desarrollando una nueva religión, la “religión de la técnica”. El aspecto de la religión de la técnica es el del país de Jauja, es decir, la imagen de una ilimitada y no obstaculizada satisfacción de las necesidades. Las necesidades siguen siempre produciéndose y por lo tanto no existe ningún término, y el hombre espera como un perpetuo lactante con la boca abierta a que lo alimenten, más y más y más. El paraíso es la vivencia del goce absoluto, de la falsa abundancia que vuelve al hombre pasivo y desidioso. El fin de la técnica es la eliminación del esfuerzo.

viernes, 9 de febrero de 2018

Hoy en día la libertad individual es el fin y la libertad política es el medio.

Los padres fundadores de los Estados Unidos y de la Francia contemporánea establecieron el fundamento de un nuevo tipo de democracia basado en un concepto diferente de libertad. Hoy ser libre significa el derecho de no estar sometido sino a las leyes, expresar su opinión, escoger su trabajo, disponer de su propiedad, moverse libremente, reunirse con otros individuos e influir en el gobierno.
Mientras la libertad de los antiguos consistía en la “participación activa y constante del poder colectivo”, hoy estriba en el “goce pacífico de la independencia privada”.

El profesor de la Universidad Francisco de Vitoria de Madrid Luis Gonzalo Díez manifiesta que lo principal, ahora, no es educar a la ciudadanía en los valores de la abnegación y del ascetismo, sino procurarle las condiciones adecuadas para que cada individuo pudiese ejercer su libertad en la búsqueda de la felicidad. Hoy en día la libertad individual es el fin y la libertad política es el medio.

sábado, 23 de diciembre de 2017

El enamorado quiere a la amada en sí misma, no el placer que pueda proporcionarle.

hombre lascivo
Usamos una expresión muy desafortunada cuando decimos de un hombre lascivo que va rondando las calles en busca de una mujer, que “quiere una mujer”. Estrictamente hablando, una mujer es precisamente lo que no quiere. Quiere un placer, para el que una mujer resulta ser la necesaria pieza de su maquinaria sexual. Lo que le importa la mujer en sí misma puede verse en su actitud con ella cinco minutos después del goce. 
El eros hace que un hombre desee realmente no una mujer, sino una mujer en particular. De forma misteriosa pero indiscutible, el enamorado quiere a la amada en sí misma, no el placer que pueda proporcionarle. Ningún enamorado del mundo buscó jamás los abrazos de la mujer amada como resultado de un cálculo, aunque fuera inconsciente, de que serían más agradables que los de cualquier otra mujer, opina Clive Staples Lewis. Si se planteara esa cuestión, sin duda respondería que así era; pero el hecho de planteársela sería salirse completamente del mundo del eros.
Lewis dice que el eros, aun siendo el rey de los placeres, en su punto culminante tiende a considerar el placer como un subproducto. El hecho de pensar en el placer volvería a meternos en nosotros mismos, en nuestro propio sistema nervioso, mataría al eros, como podemos “matar” un hermoso paisaje de montaña al fijarlo en nuestra retina y en nuestros nervios ópticos. En todo caso, ¿es el placer de quién? Porque una de las primeras cosas que hace el eros es borrar la distinción entre el dar y el recibir.