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martes, 21 de octubre de 2025

El hombre se está convirtiendo en una pequeña comparsa dentro de una estructura burocrática

La estructura cerebral le permite al hombre algo sui generis; ponerse fines óptimos y consagrar sus pasiones al servicio de esos fines. Quien recorre ese camino aprende a resistir no sólo a las grandes tiranías, como la de Hitler, sino también a la "pequeña tiranía", a la solapada, a la burocratización y alienación que ocurre en la vida cotidiana. Hoy esta resistencia es más difícil que nunca, pues esta pequeña tiranía la produce toda la estructura social en la que el hombre se está convirtiendo cada vez más en un número, en una rueda, en una pequeña comparsa dentro de una estructura burocrática, en la que el hombre no tiene que enfrentar ninguna decisión ni asumir ninguna responsabilidad, y en general sólo hace lo que le prescribe la maquinaria burocrática, y cada vez piensa menos por sí mismo, siente menos por sí mismo, estructura menos por sí mismo. Todo lo que le preocupa surge de su egoísmo y responde a la pregunta de ¿cómo puedo progresar? ¿Cómo puedo ganar más? o ¿cómo puedo estar en mejores condiciones físicas? Pero no ¿qué es bueno para mí como hombre? ¿Qué es bueno para nosotros como polis? Esto fue por cierto entre los griegos y en la tradición clásica el objeto principal del pensamiento, del pensamiento no como instrumento de un mayor dominio de la Naturaleza, sino en primer lugar como instrumento para encontrar la respuesta a esta pregunta, ¿cuál es el mejor camino hacia la vida? ¿Quién promueve el desarrollo, el crecimiento del hombre?, escribe Erich Fromm, psicoanalista, psicólogo social y filósofo humanista. 

viernes, 7 de abril de 2023

Salmo 22

Escribe Erich Fromm en El amor a la vida que “hay salmos que sólo se pueden entender si se observa cómo el hombre comienza en un estado de desesperación, y luego vuelve a vencerla. Y sólo cuando la desesperación alcanza su mayor profundidad, su máxima intensidad, ocurre repentinamente una especie de giro milagroso y se instala un estado de ánimo de jubileo, creencia y gozosa esperanza. Un buen ejemplo lo constituye el Salmo 22, que comienza con estas palabras: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?. Desde hace siglos se ha planteado el problema de saber por qué Jesús, en el momento de su muerte, pronuncia estas palabras desesperadas. Esto parece ser una contradicción con su muerte voluntaria, con su creencia, pero en realidad no hay ninguna contradicción, pues la manera tradicional judía de citar un salmo no consiste, como en la tradición cristiana, en indicar el número, Salmo tal o cual, sino que se menciona todo un salmo con la primera frase o con las primeras palabras. Lo que el Evangelio quiere describir debe significar que Jesús recitó el Salmo 22. Y cuando leemos ese salmo, encontramos que comienza con la desesperación, pero termina en un estilo hímnico de la esperanza, y expresa quizás como ningún otro salmo la esperanza mesiánica universal del cristianismo primigenio.

viernes, 11 de febrero de 2022

Quien no experimenta ninguna alegría por su propia vida preferirá destruir la vida

Erich Fromm, destacado psicoanalista, psicólogo social y filósofo humanista de origen judío alemán escribe que “lo que atrae es siempre lo vivo. Una persona es atractiva por su vitalidad. La gente cree hoy, así decimos nosotros los hombres y nuestra industria del maquillaje se lo hace creer a las mujeres, que es amada y atractiva si se colorea el rostro de ésta o aquella manera, según determinadas reglas, o lo frunce de un modo especial o imita una cierta expresión que considera muy de moda e interesante, y son muchos los que caen en eso, por lo común gente con poca personalidad. En realidad hay sólo una cosa atractiva, y es la vitalidad. Se puede observar que dos personas destinadas a enamorarse se atraen mutuamente porque el deseo de agradar y de atraer hace que se muestren más vitales que de costumbre. Y lo lamentable en muchos casos es que luego de lograr su fin, cuando ya se “tienen”, su deseo de parecer vitales disminuye mucho y después, de golpe, cambian totalmente, hasta que por último, pasado un tiempo, dejan de amarse. Incluso ya no saben por qué se enamoraron, pues ya no son los mismos. El otro ya no es hermoso, porque ya no tiene la belleza que la vitalidad había impreso en su rostro”.


Erich Fromm

Quien no experimenta ninguna alegría por su propia vida, se vengará y preferirá destruir la vida, más bien que aceptar que no puede darle ningún sentido a la propia, dice Fromn, está fisiológicamente vivo, pero anímicamente muerto. Surge así el placer activo de la destrucción y la pasión por aniquilar a todos, incluso a sí mismo, más bien que aceptar el hecho de que uno ha nacido pero no encuentra la manera de ser un hombre vivo. Éste es un sentimiento muy amargo para quienes lo experimentan, y no es mera especulación suponer que el deseo de destruir es una reacción casi forzosa.

lunes, 23 de marzo de 2020

Cuando se ven a sí mismos como pobres



Para Erich Fromm la cuestión respecto de si lo que se produce no podría llegar a bastar en algún momento, queda sofocada por un aumento verdaderamente arrollador de la producción y del consumo, y aunque la mayoría de los hombres en este sistema económico tienen mucho más de lo que necesitan, se ven a sí mismos como pobres, porque no logran seguir el ritmo y aprovechar la masa de bienes disponibles. De este modo, dice Fromm, se fortalece la pasividad, y también la envidia y la avidez, y finalmente el sentimiento de debilidad íntima, de impotencia, de sumisión. El hombre vive sólo como lo que tiene, no como lo que es.

jueves, 7 de febrero de 2019

El ser humano pasivo es el eterno succionador.


El efecto de la droga, el efecto de la sexualidad, el efecto de los ritmos, que los hipnotizan, los arrastran, se apoderan de ciertos hombres, cuenta el profesor Erich Fromm. Tales ritmos no promueven su actividad, sino que los arrebatan como en una orgía, como en un estado similar al que producen las drogas, en el que se borran a sí mismos, es decir, son profundamente pasivos. El hombre activo es precisamente el que no se borra, sino que es y sigue siendo sin cesar él mismo. Se vuelve más maduro, más adulto, crece. El hombre pasivo es el eterno succionador. Lo que consume le es, en fin de cuentas, indiferente; espera siempre, por así decirlo, con la boca abierta la mamadera. Y así se va tranquilizando y adormeciendo sin tener que hacer nada para ello. No compromete ninguna de sus fuerzas anímicas, y al final se vuelve débil, fatigado e indolente. El sueño que entonces comienza es a menudo más bien una especie de anestesia, una extenuación por el hastío, que una regeneración saludable. Y los medios productores de necesidades nos inclinan a creer que nuestra cultura se prueba en última instancia por el consumo.

sábado, 2 de febrero de 2019

La religión de la técnica.

Erich Fromm opina que en nuestro siglo se está desarrollando una nueva religión, la “religión de la técnica”. El aspecto de la religión de la técnica es el del país de Jauja, es decir, la imagen de una ilimitada y no obstaculizada satisfacción de las necesidades. Las necesidades siguen siempre produciéndose y por lo tanto no existe ningún término, y el hombre espera como un perpetuo lactante con la boca abierta a que lo alimenten, más y más y más. El paraíso es la vivencia del goce absoluto, de la falsa abundancia que vuelve al hombre pasivo y desidioso. El fin de la técnica es la eliminación del esfuerzo.

sábado, 26 de enero de 2019

La autoconciencia hace al hombre.


Erich Fromm se pregunta en que se diferencia el hombre del animal.No es por la posición erecta, se contesta Fromm. Eso existía ya desde mucho antes en los monos, bastante antes de que se desarrollara más el cerebro. Tampoco es por la utilización de herramientas, sino por algo decisivamente nuevo, por una cualidad totalmente distinta, la autoconciencia. También el animal tiene una conciencia, una conciencia de los objetos, sabe que esto es una cosa y eso es otra. Pero cuando surgió el hombre, mostró una conciencia distinta y nueva, la conciencia de sí mismo. El hombre sabe que él es y que es otra cosa, distinta de la naturaleza, distinta también de los otros hombres. Tiene la vivencia de sí mismo, está consciente de que piensa, de que siente. En el reino animal no existe nada análogo. Esto es lo específico que hace que el hombre sea hombre.

miércoles, 25 de abril de 2018

Amar significa mezclar dos biografías.

Erich Fromm
Erich Fromm captó el dilema en su esencia cuando observó que “la satisfacción en el amor individual no se puede alcanzar… sin verdadera humildad, valentía, fe y disciplina”. Pero añadía que, “en una cultura en la que dichas cualidades son raras, la consecución de la capacidad de amar debe seguir siendo un extraño logro”. Amar significa estar decidido a compartir y a mezclar dos biografías, cada una con su diferente carga de experiencias y recuerdos y su propia singladura. Por la misma razón, significa un acuerdo cara al futuro y, por tanto, cara a ese gran desconocido. Significa hacerse dependiente de otra persona dotada con una libertad parecida para elegir y con voluntad para mantener dicha elección, y, por tanto, de otra persona llena de sorpresas, imprevisible. Mi deseo de amar y de ser amado sólo puede culminarse si una auténtica disposición a que sea en las “duras y en las maduras” lo respalda, a
comprometer mi propia libertad si fuera necesario, de modo que la libertad de la persona amada no sea violentada. En el Banquete de Platón, Diotima de Mantinea le señala a Sócrates, con el acuerdo incondicional de este último, que el “amor no es para la belleza, como piensas”, “es para engendrar y dar a luz en la belleza”. Amar es desear “engendrar y procrear” y, por tanto, el amante “va buscando de un lado a otro la cosa hermosa en la que poder engendrar”. El amor no encuentra su sentido en el ansia por cosas conclusas, terminadas y fabricadas de antemano, sino en la urgencia por participar en y contribuir a que dichas cosas se hagan realidad. El amor es afín a la trascendencia; sólo es otra denominación del impulso creativo y está plagado de riesgos, como lo están todos los procesos creativos, que jamás saben dónde van a ir a parar.

Como ha sugerido Anthony Giddens, la vieja y romántica idea del amor como elección de una pareja exclusiva “hasta que la muerte nos separe” se ha sustituido, a lo largo del proceso de liberación individual, por un “amor confluente”, una relación que sólo dura en la medida en que (y ni un instante más) satisfaga a ambos miembros de la pareja. En el caso de las relaciones, uno quiere que el “permiso para entrar” conlleve un “permiso para salir” en cuanto uno vea que no hay motivo alguno para quedarse.

Zygmunt Bauman
Dice Zygmunt Bauman que como el comienzo de una relación requiere el consentimiento de dos y para acabar con ella basta con la decisión de uno solo de sus miembros, toda relación de pareja está condenada a ser blanco constante de la ansiedad. ¿Y qué pasa si el otro se aburre antes que yo? La disponibilidad de una salida fácil constituye en sí misma un obstáculo formidable para la consumación del amor. Hace que sea mucho menos probable el tipo de esfuerzo a largo plazo que dicha consumación requeriría, que se sea susceptible de ser abandonado mucho antes de alcanzar una conclusión gratificante, rechazado por “no salir mucho a cuenta”, molesto por un precio que uno considera que no hay motivo alguno para pagar, teniendo en cuenta los sustitutos aparentemente más baratos asequibles en el mercado.

domingo, 16 de julio de 2017

La tarea de los intelectuales consiste en buscar la verdad y decirla.

Los intelectuales de mi aldea - Pintura de Ramóm de Zubiaurre - 1913
Erich Fromm decía que los intelectuales tienen, en primer lugar, y en segundo, y en tercero, una tarea, y ésta consiste en buscar la verdad, en la medida de sus fuerzas, y decirla. La principal tarea del intelectual, su principal función, no consiste en esbozar programas políticos. El intelectual tiene una función, y esto lo caracteriza o debería caracterizarlo, que es específica de él, y es la de una prosecución implacable de la verdad sin consideración de sus propios intereses ni de los intereses de los demás. Y cuando los intelectuales, sirviendo a un programa partidario y a fines políticos, por buenos que esos fines sean, limitan su función de investigar y decir la plena verdad, pecan contra su más auténtica misión.