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martes, 18 de febrero de 2020

Un filósofo y un niño curioso vienen a ser lo mismo



En el libro “El mundo de Sofía” de Jostein Gaarder hay un fragmento en el que el profesor de filosofía de Sofía le explica que un filósofo y un niño curioso vienen a ser, más o menos, lo mismo. “Para los niños, el mundo, y todo lo que hay en él, es algo nuevo, algo que provoca su asombro. No es así para todos los adultos. La mayor parte de los adultos ve el mundo como algo muy normal. Precisamente en este punto los filósofos constituyen una honrosa excepción. Un filósofo jamás ha sabido habituarse del todo al mundo. Para él el mundo sigue siendo algo desmesurado, incluso algo enigmático y misterioso. Por lo tanto, los filósofos y los niños pequeños tienen en común esta importante capacidad. Se podría decir que un filósofo sigue siendo tan susceptible como un niño pequeño durante toda la vida. De modo que puedes elegir, querida Sofía. ¿Eres una niña pequeña que aún no ha llegado a ser la perfecta conocedora del mundo? ¿O eres una filósofa que puede jurar que jamás lo llegará a conocer? Si simplemente niegas con la cabeza y no te reconoces ni en el niño ni en el filósofo, es porque tú también te has habituado al mundo que te ha dejado de asombrar. En ese caso corres peligro. Por esa razón recibes este curso de filosofía, es decir, para asegurarnos. No quiero que tú justamente estés entre los indolentes e indiferentes. Quiero que vivas una vida despierta”.

jueves, 7 de febrero de 2019

El ser humano pasivo es el eterno succionador.


El efecto de la droga, el efecto de la sexualidad, el efecto de los ritmos, que los hipnotizan, los arrastran, se apoderan de ciertos hombres, cuenta el profesor Erich Fromm. Tales ritmos no promueven su actividad, sino que los arrebatan como en una orgía, como en un estado similar al que producen las drogas, en el que se borran a sí mismos, es decir, son profundamente pasivos. El hombre activo es precisamente el que no se borra, sino que es y sigue siendo sin cesar él mismo. Se vuelve más maduro, más adulto, crece. El hombre pasivo es el eterno succionador. Lo que consume le es, en fin de cuentas, indiferente; espera siempre, por así decirlo, con la boca abierta la mamadera. Y así se va tranquilizando y adormeciendo sin tener que hacer nada para ello. No compromete ninguna de sus fuerzas anímicas, y al final se vuelve débil, fatigado e indolente. El sueño que entonces comienza es a menudo más bien una especie de anestesia, una extenuación por el hastío, que una regeneración saludable. Y los medios productores de necesidades nos inclinan a creer que nuestra cultura se prueba en última instancia por el consumo.