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miércoles, 18 de febrero de 2026

El anhelo natural de felicidad

La película de Fred Zinnemann, Un hombre para la eternidad (1966), está dedicada a los últimos años de la vida de Tomás Moro y sus difíciles relaciones con Enrique VIII. El film está basado en una obra de teatro de Robert Bolt, representada con éxito durante años. La película nos regala una prueba de la existencia de Dios, llamada técnicamente “por el anhelo natural de felicidad”. Ese anhelo natural que hay en todo ser humano supondría la existencia de lo anhelado, pero como el corazón del hombre no puede ser llenado por nada finito, debe existir un ser Infinito que colme sus deseos, que sería Dios. Al final de la película, cuando Tomás Moro va a ser decapitado, le dice a su verdugo a la vez que, como era costumbre, le entrega una moneda: “Haz tu trabajo sin preocuparte, que a mí me llevas junto a Dios”. “Muy seguro estás de ello, sir Thomas”, le contesta burlonamente el alguacil. A lo que Tomás responde con serenidad: “No puede defraudarme Aquel a quien tanto deseo ver”. Al momento, cae el hacha.


miércoles, 15 de octubre de 2025

Tomás Moro equipara el mal con el orgullo

Tomás Moro( 1478-1535) equipara el mal con el orgullo cuando escribe al preceptor de sus hijos, William Gonell, haciéndole ver los medios y fines de la educación: “Querido Gonell: el orgullo es un mal que solo difícilmente se puede extirpar; por eso y desde temprana edad se ha de poner esfuerzo para no permitir que aflore demasiado. Este mal es tan obstinado por varias razones. Apenas llegamos al mundo cuando ya nos es implantado en nuestros sensibles corazones de niño, después es casi cultivado por los maestros y fomentado por los padres. Ya nadie quiere enseñar el bien sin exigir de inmediato una alabanza como recompensa y si uno se acostumbra a ser alabado por las masas, es decir, por gente insignificante, al final se avergüenza de ser contado entre los honrados. A todo trance quiero apartar a mis hijos de tal desgracia. Vosotros, mi querido Gonell, mi mujer y todos mis amigos, tenéis que explicarles lo reprochable e indigna que es tal gloria efímera. Tenéis que explicarles que nada es más adecuado que aquella humilde modestia que Cristo nos recomienda repetidas veces. Actuad con prudente caridad; instruidlos en la virtud, sin censurar el vicio; pues con amor alcanzaréis más que con rigidez. Quien desee proceder cautelosamente, lea los escritos de los Padres de la Iglesia; nunca se enfurecieron. Su santidad, que nos mueve a la obediencia, nos exhorta a imitarlos”.


domingo, 31 de agosto de 2025

Dame, Señor, una buena digestión, y también algo que digerir

“Dame, Señor, una buena digestión, y también algo que digerir. Dame un cuerpo sano, Señor, con el sentido común necesario para cuidarlo. Dame, Señor, un alma sencilla, que sepa atesorar todo lo que es bueno y puro, y que no se asuste fácilmente ante el mal, sino que encuentre el modo de poner las cosas de nuevo en su lugar. Dame un alma que no conozca el aburrimiento, las murmuraciones, los suspiros y los lamentos, y no permitas que esa cosa pesada que se llama “Yo” me preocupe demasiado. Dame, Señor, sentido del humor. Dame la gracia de comprender una broma, y de descubrir un poco de alegría en esta vida y comunicarla a los demás. Así sea”. Esta oración se le atribuye a Tomás Moro.

miércoles, 8 de enero de 2025

Si la causa del diablo fuese la justa, sería al diablo a quien yo diera la razón

Tomás Moro (1478-1535) fue un gran defensor del pensamiento anti-tiránico y anti-absolutista. Se sintió muy influido por Henri de Bracton y John Fortescue. Del primero habría que destacar la obra De legibus et consuetudinibus Angliae (De las leyes y costumbres de Inglaterra), libro del que Moro aprendería el principio de que “todo hombre es inocente mientras no se pruebe lo contrario con evidencia legal” junto al de que “todo hombre merece un juicio imparcial”. Esta obra le marcó a Moro por haber contribuido a separar las leyes inglesas de los intereses políticos. Con palabras suyas: “Nunca llegué a sospechar que aquella lectura de juventud formaría de tal modo mi carácter que, de existir un pleito entre mi padre y el diablo, si la causa de este último fuese la justa, sería al diablo a quien yo diera la razón”. De Fortescue resaltará dos obras, De laudibus legum Angliae y De natura legis naturae. Este último libro le ayuda a Moro a aprender la diferencia entre dominium reales et politicum, entre monarquía absoluta y respublica, esto es, que la monarquía limitada, por esencia, es anti-tiránica y anti-absolutista. Como explica Poch: “También, con Fortescue, mantendrá que el Rey, el Príncipe, está sometido a Dios, pero también a las leyes. Era precisamente lo opuesto al absolutismo, al princeps de legibus solutus, que iba sin embargo a triunfar e imponerse, por ser su hora histórica. En este sentido, Moro rema contra corriente. Era su destino. No verá resultados positivos. Al contrario, sus convicciones antes de nada religiosas, pero también morales, jurídicas y políticas, provocarán su muerte. Sin embargo, con Locke, y una vez el proceso constitucional inglés en marcha, estas convicciones desembocarán en resultados positivos históricos; si bien sea para Moro el reinar después de morir” . 
Parece ser que al menos en dos ocasiones intervino Moro en el Parlamento inglés, tratando de defender con su propio ejemplo la libertad de expresión. Con ello marcaría uno de los más importantes pasos del proceso constitucional inglés. También digno de destacar es su talante pacifista y su negativa al recurso de las armas, de los que dio buena cuenta al realizar diversas misiones diplomáticas. Para Moro la misión diplomática se traduce en “la realización de la mejor defensa posible de los intereses representados, pero en y a través de la negociación política, y apartando la intervención de las armas. Negociar, sí, pero dentro del marco de la paz, y en procura de la paz; de esa paz que él, buen agustiniano, debía definir como tranquilitas ordinis” .

domingo, 9 de enero de 2022

Quevedo y la Utopía de Moro

Francisco de Quevedo

Francisco de Quevedo, escritor español del Siglo de Oro, se hizo con una edición de la Utopía de Sir Tomás Moro (edición de Lovaina de 1548) y fue anotando en los márgenes sus observaciones personales. Y al toparse en una de las hojas la discusión de cierto parásito guasón con un fraile graduado en teología, anota al margen que la página era irreverente y de tendencia erasmiana.  Pero Quevedo sabe distinguir en el libro la opinión y objetivo que perseguía Moro de los dichos y observaciones de personajes ajenos a su cristianismo y ortodoxo parecer, terminando por dictaminar que “el libro es corto, mas para atenderlo como merece, ninguna vida será larga”. Las leyes, las instituciones y las costumbres descritas en la Utopía constituyen un nuevo mundo lavado de las lacras y corruptelas de nuestras sociedades.

miércoles, 22 de diciembre de 2021

Mi dinero no daba para caer en vicios

Oxford

Cuenta la historia que a los catorce años Tomás Moro fue de Londres a Oxford. El padre de Tomás pensaba de que residir en la pequeña ciudad universitaria ayudaría a los posteriores estudios de su hijo. En 1492 Oxford era una villa que empezaba a crecer rápidamente. 

Tomás Moro

Moro padre pensaba desde Londres que nada mejor que un bolsa vacía para que el hijo se hiciera a la vida dura. “Aunque le proveía de lo necesario, no le permitía tener un céntimo en el bolsillo, mostrándose tan estricto en este punto que, a menos que se lo pidiera expresamente a su padre, le faltaba dinero hasta para remendarse las botas”, cuenta Stapleton. Dice el biógrafo Vazquez de Prada que Sir Juan no tenía apuros económicos. Su proceder iba guiado por el amor al hijo, que posteriormente encomió la conducta del padre. “Así fue como no caí en vicios ni perdí el tiempo en placeres extravagantes y peligrosos. Ni ocasión tuve de saber lo que era aquello, porque mi dinero no daba para tanto.”

lunes, 15 de junio de 2020

Sin los utopistas del pasado, los hombres todavía vivirían en cavernas, desnudos y miserables



Afirma Anatole France que “sin los utopistas del pasado, los hombres todavía vivirían en cavernas, desnudos y miserables. Fueron los utopistas los que delinearon la primera ciudad. Los sueños generosos producen realidades benéficas. La utopía es el principio de todo progreso y el ensayo de un mundo mejor”.



Todo lo que ha acontecido a lo largo de eso que llamamos historia humana es tan remoto y, en cierto sentido, tan mítico como la misteriosa isla que Rafael Hitlodeo, erudito y navegante, le describiera a Tomás Moro. A no ser, claro está, que quedase registrado en un edificio, en un libro o de cualquier otra forma. Una buena parte de dicha historia resulta incluso menos sustancial. Los icarianos, que vivían únicamente en la mente de Étienne Cabet, o los freelanders que habitaban la imaginación de un pequeño y árido economista austríaco, han tenido más influencia en la vida de nuestros contemporáneos que los etruscos que una vez poblaron Italia, por más que estos pertenezcan a lo que llamamos el mundo real y los freelanders y los icarianos vivieran en… Ninguna Parte. Tal vez Ninguna Parte sea un país imaginario, pero las Noticias de ninguna parte son noticias de verdad. Insisto, mientras mantenga su capacidad de movilización, el mundo de las ideas, las fantasías y las proyecciones resulta tan real como el poste que pateó Samuel Johnson para demostrar que era sólido. El hombre que respeta plenamente el derecho a la propiedad se mantiene alejado de las tierras de su vecino tal vez de forma más eficaz que aquel al que meramente se le prohíbe la entrada mediante una señal de “prohibido el paso”. Resumiendo, no podemos ignorar nuestras utopías. Existen de la misma manera en que existen el norte y el sur, escribe Lewis Mumford.

martes, 21 de abril de 2020

Miedo

Symphorien Champier
Symphorien Champier escribe en 1510:“El señor debe tomar comodidad y deleite en las cosas que a sus hombres producen sufrimiento y trabajo”. Su papel es “mantenerse firme porque por el pavor que las gentes del pueblo tienen a los caballeros, laboran y cultivan las tierras, por pavor y temor a ser destruidas”. En cuanto a Tomás Moro, que rechaza la sociedad de su tiempo, situándose no obstante en una imaginaria “Utopía”, afirma que “la pobreza del pueblo es la defensa de la monarquía… La indigencia y la miseria privan de todo valor, embrutecen las almas, las acomodan al sufrimiento y a la esclavitud y las oprimen hasta el punto de privarlas de toda energía para sacudir el yugo”.Sartre escribe que “todos los hombres tienen miedo. Todos. El que no tiene miedo no es normal, eso no tiene nada que ver con el valor”. 

Jean Delumeau
La necesidad de seguridad está en la base de la afectividad y de la moral humanas. El compañero, el ángel guardián, el amigo, el ser benéfico es siempre aquel que difunde seguridad, dice Jean Delumeau. 

El animal no anticipa su muerte. El hombre sabe que morirá. Es, por tanto, “el único en el mundo que conoce el miedo en un grado tan temible y duradero”. Además, observa R. Caillois, el miedo de las especies animales es único, idéntico a sí mismo, inmutable: el de ser devorado. “Mientras que el miedo humano, hijo de nuestra imaginación, no es uno sino múltiple, no es fijo sino perpetuamente cambiante”.



En los Cuentos de la Bécasse, Maupassant describe el miedo como una “sensación atroz, una descomposición del alma, un espasmo horrible del pensamiento y del corazón cuyo solo recuerdo proporciona al alma estremecimientos de angustia”. A causa de sus efectos a veces desastrosos, Descartes lo identifica con la cobardía, contra la que no podríamos acorazarnos suficientemente de antemano.Simenon declara que el miedo es un “enemigo más peligroso que todos los demás”.

lunes, 10 de febrero de 2020

En la economía feudal todo lo terreno era creación de Dios y solo El podía disponer de ello



La noción feudal de las relaciones de propiedad era totalmente diferente de la actual. En la economía feudal, escribe Jeremy Rifkin todo lo terreno era creación de Dios y solo él podía disponer de ello. A su vez, la creación de Dios se concebía como una jerarquía de responsabilidades establecida con rigidez que iba desde los seres más insignificantes hasta los ángeles del cielo. En esta escala espiritual cada ser debía servir a quienes tenía por encima y por debajo de acuerdo con unas obligaciones para garantizar el funcionamiento adecuado de la creación como un todo. En este marco teológico, la propiedad se concebía como una serie de tutelas o custodias bajo una administración piramidal que abarcaba desde el trono celestial hasta los campesinos que trabajaban las tierras comunales. La propiedad no era exclusiva de nadie y se repartía en esferas de responsabilidad de acuerdo con un código fijo de obligaciones. Según Richard Schlatter, historiador de Harvard, “no se podía decir que nadie poseyera tierras; todo el mundo, desde el rey hasta los arrendatarios, los subarrendatarios y los campesinos que las trabajaban, tenían cierto dominio sobre ellas, pero nadie las poseía por completo”. La economía feudal duró más de 700 años prácticamente sin cambios. Pero hacia el siglo XVI unas fuerzas económicas nuevas empezaron a socavar el orden feudal. Las tierras comunales se cercaron y se transformaron en una propiedad privada. Jeremy Rifkin dice que el movimiento de cercamiento o acotamiento, es considerado por muchos historiadores como “la revolución de los ricos contra los pobres”. 



Cuenta Jeremy Rifkin como una industria textil incipiente encareció el precio de la lana e hizo que fuera más rentable acotar las tierras comunales para dedicarlas a la cría de ganado lanar. Mientras la gente pasaba hambre, a las ovejas no les faltaba alimento para surtir de lana a las fábricas textiles que se iban extendiendo por el continente europeo. Tomás Moro captó el amargo espíritu de la época en Utopía, un ataque mordaz a la codicia de los terratenientes: “Vuestras ovejas, que tan mansas eran y que solían alimentarse con tan poco, han comenzado a mostrarse ahora, según se cuenta, de tal modo voraces e indómitas que se comen a los propios hombres y devastan y arrasan las casas, los campos y las aldeas”.

martes, 25 de junio de 2019

Apostasía silenciosa

Universidad de Notre Dame.
Monseñor Chaput, arzobispo de Filadelfia y fraile capuchino, en una charla que dio en la Universidad de Notre Dame en octubre de 2016 denunció que el “precio” de entrada a las clases políticas de élite para los católicos ha sido, en muchos casos, “la transferencia de nuestras lealtades y convicciones reales de la antigua Iglesia de nuestro bautismo, a la nueva Iglesia de nuestras ambiciones y apetitos”.   

Monseñor Chaput.
Quienes abandonan sus creencias y lo que es correcto, cometen lo que el Papa Benedicto XVI llamó una “apostasía silenciosa”, un término griego que significa “un medio para rebelarse o desertar”; literalmente “para alejarse de”, anotó monseñor Chaput. Además, recordó, Benedicto XVI advirtió que los laicos y los sacerdotes no necesitan renunciar públicamente a su bautismo para ser apóstatas: “Simplemente necesitan guardar silencio cuando su fe católica exige que se expresen; ser cobardes cuando Jesús les pide que tengan valor; alejarse de la verdad cuando necesitan trabajar por ella y luchar por ella”, enfatizó el Prelado.

Hay un comentario de santo Tomás Moro en la película Un hombre para la Eternidad que vale la pena recordar: "Cuando los estadistas abandonan su propia conciencia por sus propios deberes públicos, conducen a su país por un corto camino al caos". 

lunes, 15 de abril de 2019

Si el honor trajese cuenta, todo el mundo sería honorable


Michel de Montaigne escribió: “Toda persona honesta prefiere perder el honor antes que la conciencia”; pero Tomás Moro tuvo que vivirlo, a su pesar, al pie de la letra, al pie del cadalso. Quizá en ese momento recordó una frase suya: “Si el honor trajese cuenta, todo el mundo sería honorable”.

domingo, 3 de febrero de 2019

Cuando un hombre de Estado renuncia a su conciencia en nombre de sus deberes público, conduce a su país hacia el caos.

Robert Barron.
Una religión privatizada, que jamás se encarna en un gesto, en una actitud, en un compromiso moral, se desvanece rápidamente. Convicciones que fueron poderosas, pero que nunca se traducen en nada concreto, se convierten, casi de un día para otro, en veleidades piadosas, y terminan por desaparecer por completo, escribe Robert Barron, obispo auxiliar de Los Ángeles.
 
Estatua de Tomás Moro  frente a la Antigua iglesia de Chelsea, Cheyne Walk, Londres.
En la obra de teatro de Robert Bolt sobre Santo Tomás Moro, “Un hombre para la eternidad”, hay una conversación entre el cardenal Wolsey, un político endurecido y básicamente amoral, y Tomás Moro. Wolsey se lamenta: “Eres un constante pesar para mí, Tomás. Solo con que contemplases los hechos de forma más sencilla, sin esa horrible bizquera moral, solo con un poco de sentido común, podrías haber sido un hombre de Estado”. A lo que responde Tomás Moro: “Bueno… creo que cuando un hombre de Estado renuncia a su conciencia privada en nombre de sus deberes públicos… conduce a su país por un atajo hacia el caos”.

Abandonar las convicciones de la conciencia en el ejercicio de los deberes públicos es precisamente equivalente a
Andrew Cuomo
“personalmente me opongo pero no estoy dispuesto a llevar a cabo ninguna acción concreta para poner en práctica mi oposición” ( cita del gobernador de Nueva York Mario Cuomo en 1984). Y este abandono, evidente en la alocución de Mario Cuomo en 1984, manifiesta Robert Barron, nos ha conducido efectivamente por un atajo hacia el caos, patente en la gozosa celebración de Andrew Cuomo (actual gobernador de Nueva York) de una ley que permite el asesinato de niños.

martes, 3 de julio de 2018

Antes que en la España de los Reyes Católicos, casi todas las naciones europeas habían expulsado a los judíos.

Antes que en la España de los Reyes Católicos, casi todas las naciones europeas habían expulsado a los judíos. ¿Por qué en el caso de España este acto tuvo más repercusión? Quizás por su volumen, por la alta calidad de los expulsados, por haberse producido en una época en la que era mayor la comunicación y difusión de las noticias, o porque en las demás naciones las órdenes de expulsión cayeron en desuso y en España se mantuvieron con rigidez. Pero no hay que creer que en su tiempo fuera criticada; incluso humanistas de la talla de Maquiavelo y Guicciardini la alabaron como medida de buen gobierno; fue en el Siglo de las Luces cuando empezó a ser criticada.
Tomas Moro.

Por otro lado, y siempre con la voluntad de aclarar, hay que reconocer que en la lista negra de la Inquisición española no figuran víctimas de la categoría de Giordano Bruno, quemado por la Inquisición romana; el humanista Etienne Dolet, que sufrió la misma pena por el dictamen de la Sorbona parisiense; Servet, víctima de Calvino, o Tomás Moro, decapitado por orden de Enrique VIII. La nómina de escritores perseguidos por la Inquisición española no es larga y en la mayoría de los casos sus procesos no dieron lugar a condenas graves.

sábado, 17 de marzo de 2018

La felicidad.


Goethe
Goethe decía que el hombre más feliz del mundo es aquel que sepa reconocer los méritos de los demás y pueda alegrarse del bien ajeno como si fuera propio.


Para Santo Tomás Moro felices son aquellos que saben reírse de si mismos, porque nunca terminarán de divertirse.

Sin embargo Aristóteles pensaba que sólo hay felicidad donde hay virtud y esfuerzo serio, pues la vida no es un juego.
Richard Wagner
Para Richard Wagner nada es tan conveniente para la felicidad como sustituir las preocupaciones por las ocupaciones.

Bob Dylan


Bob Dylan nos trasmite lo que su abuela le enseño sobre la felicidad. “Ella me dijo una vez que no existe un camino que conduzca a la felicidad; la felicidad es el camino. También me enseñó a tratar con amabilidad a todas las personas, porque todo el mundo libra una dura lucha en la vida”.


lunes, 10 de julio de 2017

Shakespeare escribió contra los peligros políticos de las expulsiones forzosas.


Uno de los pasajes escritos por la pluma de Shakespeare describe a Tomás Moro, en su calidad de alguacil de Londres, logrando persuadir a los revoltosos anti extranjeros de que abandonen su violencia y su rebeldía y se sometan al rey. Shakespeare escribió unos versos que parecen alertar de forma excepcional contra la miseria humana y los peligros políticos de las expulsiones forzosas. 

“Consentid que los echen”, dice el Tomás Moro de
Tomas Moro.
Shakespeare al populacho que exige que los extranjeros sean expulsados del reino, “y consentiréis que todo este tumulto vuestro vapulee toda la majestad de Inglaterra. Imaginad que veis a esos desdichados extranjeros, cargados con sus niños a hombros y su pobre equipaje, marchando hacia los puertos y las costas en busca de algún medio de transporte, mientras vosotros permanecéis sentados como reyes en vuestros deseos, la autoridad enmudecida por vuestras peleas y vosotros ufanamente adornados con las gorgueras de vuestra opinión: ¿Qué habréis conseguido? Yo os lo diré. Habréis demostrado que la insolencia y la intimidación habrán prevalecido, que el orden habrá sido reprimido… Y siguiendo esa pauta ninguno de vosotros llegará a la vejez, pues otros rufianes, como quiera actuar su fantasía, por su propia mano, sus propias razones y derecho propio abusarán de vosotros, y los hombres, cual peces voraces, se comerán unos a otros”.