La película de Fred Zinnemann, Un hombre para la eternidad (1966), está dedicada a los últimos años de la vida de Tomás Moro y sus difíciles relaciones con Enrique VIII. El film está basado en una obra de teatro de Robert Bolt, representada con éxito durante años. La película nos regala una prueba de la existencia de Dios, llamada técnicamente “por el anhelo natural de felicidad”. Ese anhelo natural que hay en todo ser humano supondría la existencia de lo anhelado, pero como el corazón del hombre no puede ser llenado por nada finito, debe existir un ser Infinito que colme sus deseos, que sería Dios. Al final de la película, cuando Tomás Moro va a ser decapitado, le dice a su verdugo a la vez que, como era costumbre, le entrega una moneda: “Haz tu trabajo sin preocuparte, que a mí me llevas junto a Dios”. “Muy seguro estás de ello, sir Thomas”, le contesta burlonamente el alguacil. A lo que Tomás responde con serenidad: “No puede defraudarme Aquel a quien tanto deseo ver”. Al momento, cae el hacha.

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