jueves, 5 de febrero de 2026

La Mancha

Escribe Pedro Laín Entralgo en su libro A qué llamamos España :
Más suavemente, en cuanto al relieve, que en los altos canchales de Gredos y Peñalara, más ásperamente en cuanto al color, sombrío ahora en sus rojos, sus pardos y sus verdes, Castilla se ha hecho otra vez monte. Monte, no sierra, y así lo consigna del modo más explícito el nombre, Montes de Toledo, de las nunca cortantes alturas que separan una de otra la cuenca del Tajo y la cuenca del Guadiana; la bandeja del Guadiana, si quiere hablarse con mayor precisión, que bandeja es, y no excavación o cuenca, la tierra por donde este azorante río una y otra vez nace y desnace, brilla y se oculta, antes de asentar definitivamente la cabeza y lanzarse ya sin devaneos subterráneos en busca de los campos de Extremadura. Estamos, amigos, en la Mancha, el paisaje más central y característico de la Castilla Nueva y uno de los capitales entre los que componen el rostro físico de España; la zona en que la tierra castellana es verdaderamente un llano absoluto. La Mancha, lugar de contemplación y lugar de meditación.
Como españoles capaces de vivir por nosotros mismos, sepamos mirar con ojos nuevos, sin transparentes espectros literarios entre su figura y nuestro sentimiento, la hermosa realidad de la Mancha. Hermosa, sí. Vedla desde los altos de Campo de Criptana, flanqueado vuestro cuerpo por molinos de viento que ahora ya no son gigantes quijotescos, ni pobres invenciones de una industria rudimentaria, sino puras y muy bellas creaciones plásticas; o junto a las islas de verdura que de trecho en trecho regala a su sequedad el misterioso curso subterráneo del Guadiana; o a la vera de la fina, entre alegradora y melancólica serenidad de las lagunas de Ruidera; o desde esos ocasionales centros de la Tierra, porque en todos ellos veréis a vuestro alrededor el mismo círculo infinito de pámpanos, si vais allí cuando la vid no es puro sarmiento, que vienen a ser, estando dentro de ellos, los múltiples y continuos viñedos de Alcázar, Tomelloso, Manzanares o Valdepeñas; y si os sentís cansados de campo y queréis en vosotros esa bien trabada mezcla de reposo e inquietud que suelen dar la pared y el balcón, pasead cuando cae la tarde por las calles claras y silenciosas de Almagro.

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