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| Aldous Huxley |
En Un mundo feliz, de Aldous Huxley, dice uno de los personajes de la novela que “en la antigüedad, los viejos solían renunciar, retirarse, entregarse a la religión, pasarse el tiempo leyendo, pensando… ¡Pensando!”; a lo que añade que se les inculcaría el afán por buscar una juventud y prosperidad imperecederas, que les haga sentirse independientes de Dios.Un anhelo de eterna juventud que nos instiga a esquivar el preguntarnos sobre la muerte; un estado de prosperidad que apuntala nuestro complejo de autosuficiencia; una sustancia llamada Soma que actúa como sustitutivo del consuelo ofrecido por Dios; y una soledad que nos proporciona el silencio idóneo para rezar y pensar, minada por un enjambre de entretenimientos mundanos…Este conformismo (basado en cumplir con el deber y aceptar el destino inevitable) es lo que permitiría a las élites de esta distopía huxleyana instalar el gobierno mundial de la estabilidad; que tenga, bajo su férula, a una ciudadanía adormecida y acomodada bajo los efectos del Soma. Con esto, se trataría de edificar un sistema que asuste con la irrupción del caos, para que sus gentes se conformen con la tranquilidad establecida. Este gobierno mundial de la estabilidad no admitiría cambios, pero, al mismo tiempo, inculcaría la filosofía de cambiar de cabo a rabo los valores del pasado. La felicidad de este mundo feliz hundiría sus raíces en amar la servidumbre establecida; aquello a lo que Étienne de La Boétie denominó como “servidumbre voluntaria”. Huxley cuenta que “a medida que la libertad política y económica disminuye, la libertad sexual tiende, en compensación, a aumentar”.
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