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sábado, 7 de febrero de 2026

Servidumbre voluntaria

Aldous Huxley
En Un mundo feliz, de Aldous Huxley, dice uno de los personajes de la novela que “en la antigüedad, los viejos solían renunciar, retirarse, entregarse a la religión, pasarse el tiempo leyendo, pensando… ¡Pensando!”; a lo que añade que se les inculcaría el afán por buscar una juventud y prosperidad imperecederas, que les haga sentirse independientes de Dios.Un anhelo de eterna juventud que nos instiga a esquivar el preguntarnos sobre la muerte; un estado de prosperidad que apuntala nuestro complejo de autosuficiencia; una sustancia llamada Soma que actúa como sustitutivo del consuelo ofrecido por Dios; y una soledad que nos proporciona el silencio idóneo para rezar y pensar, minada por un enjambre de entretenimientos mundanos…Este conformismo (basado en cumplir con el deber y aceptar el destino inevitable) es lo que permitiría a las élites de esta distopía huxleyana instalar el gobierno mundial de la estabilidad; que tenga, bajo su férula, a una ciudadanía adormecida y acomodada bajo los efectos del Soma. Con esto, se trataría de edificar un sistema que asuste con la irrupción del caos, para que sus gentes se conformen con la tranquilidad establecida. Este gobierno mundial de la estabilidad no admitiría cambios, pero, al mismo tiempo, inculcaría la filosofía de cambiar de cabo a rabo los valores del pasado. 
La felicidad de este mundo feliz hundiría sus raíces en amar la servidumbre establecida; aquello a lo que Étienne de La Boétie denominó como “servidumbre voluntaria”. Huxley cuenta que “a medida que la libertad política y económica disminuye, la libertad sexual tiende, en compensación, a aumentar”.

jueves, 15 de mayo de 2025

La libertad sexual es una salvaguardia eficaz contra la revolución social

En los años veinte, los soviéticos estuvieron tentados en sustituir el matrimonio por uniones libres. Su conclusión fue que esto destruiría en gran medida la adhesión individual al socialismo. Así que preservaron la estructura familiar. Las élites neoliberales han llegado a la conclusión contraria. La libertad sexual es una salvaguardia eficaz contra la revolución social, porque hace a los individuos más indiferentes a su estatus social y más centrados en sus propios cuerpos. Hace que el explotado se solidarice mentalmente con el explotador, porque ambos creen que la libertad consiste en hacer lo que uno quiere con su propia propiedad, el uno su cuerpo, el otro su dinero. “A medida que disminuye la libertad política y económica, escribe Huxley, la libertad sexual tiende compensatoriamente a aumentar”.
El individualismo basado en el disfrute es incompatible, salvo contadas excepciones, con la disciplina intelectual, moral y social necesaria para librar la lucha política por una sociedad socialista. Una vez instalado en la intimidad personal, contaminará inevitablemente el comportamiento político, sobre todo si el proletariado ha podido entretanto elevarse al menos al nivel del pequeño burgués.
Referencia: Una filosofía de la guerra de Henri Hude

jueves, 10 de abril de 2025

Afirmar que la sexualidad es opcional es chocar contra la realidad

La meta final de la ideología de género es la utopía de Firestone y Duberman: pansexualidad, identidad fluida, tolerancia sexual sin restricciones y desaparición de los vínculos biológicos y de parentesco. Este tipo de libertad sexual provoca serios conflictos legales, morales y psicológicos. Pasar por alto el peso de la biología y afirmar que la sexualidad masculina y femenina es opcional, no determinada por la condición biológica del varón y la mujer, es chocar frontalmente contra la realidad y la naturaleza del ser humano. Shakespeare, por boca del médico de Macbeth dice: “ Los actos contra la naturaleza engendran disturbios contra la naturaleza”.
Es propio de toda ideología negar la evidencia, y la de género no duda en rechazar el carácter patológico o anómalo de cuadros clínicos considerados como tales por los especialistas. Así, el creer o desear pertenecer al sexo opuesto ha sido tratado con terapia psicológica, igual que la anorexia, hasta que la ideología tomó al asalto los medios de comunicación, los programas educativos, las leyes y los protocolos terapéuticos, escribe el filósofo José Ramón Ayllón.


martes, 12 de diciembre de 2023

El sexo

El periodista y escritor Malcolm Muggeridge hace una crítica contra los pretendidos expertos sexólogos, cuyos estudios han colaborado al fomento y el culto a la libertad sexual. Escribe que “el sexo empieza con el éxtasis, fundiendo momentáneamente dos yos separados en una unión con el otro y con la vida entera; y se termina con la separación radical de un ego preocupado exclusivamente en su propio orgasmo. El sexo empieza como una ventana a la eternidad, y termina en un oscuro sótano cerrado y cubierto por el tiempo. El sexo empieza como la savia que corre por el árbol para engendrar brotes, flores, hojas y frutos; y termina en la película del doctor Masters. El sexo empieza como un misterio cuyo origen es el arte, la poesía, la religión, el deleite de generaciones sucesivas, y acaba en un laboratorio. El sexo empieza con la pasión que encierran conceptos como el dolor y el gozo; termina en un trivial sueño de placer que acaba disolviéndose  por si mismo en la soledad y la desesperanza de la autosatisfacción”.

Malcolm Muggeridge considera el acto sexual un don demasiado preciado y con demasiado peso como para emplearlo despreocupadamente o para tomarse libertades con él. En un congreso celebrado en San Francisco explicó que había acabado entendiendo la sexualidad como un sacramento. “ De la creatividad de los hombres, de su creatividad animal, procede el sacramento del amor que ha creado el concepto cristiano de familia y del matrimonio que debería durar para siempre, que debería ser algo solido y maravilloso”. 

jueves, 13 de diciembre de 2018

La izquierda de los sesenta.

Cuenta el escritor e historiador británico Tony Judt que “el individualismo de la nueva izquierda no respetaba ni los fines colectivos ni la autoridad tradicional: después de todo, era tanto nueva como izquierda. Lo que quedaba era el subjetivismo de los intereses y deseos individuales, medidos individualmente. A su vez, esto desembocó en un relativismo moral y estético: si algo es bueno para mí no me atañe a mí averiguar si también lo es para alguien más, y mucho menos imponérselo (“haz lo que quieras”). Es cierto que muchos radicales de la década de 1960 eran partidarios entusiastas de las imposiciones, pero sólo cuando afectaban a pueblos distantes de los que sabían poco. Retrospectivamente, es asombroso cuántos occidentales en Europa y Estados Unidos expresaron su entusiasmo por la “revolución cultural” de Mao Zedong, con su uniformidad dictatorial, mientras que en sus propios países definían la reforma cultural como la maximización de la iniciativa y la autonomía individuales. Retrospectivamente, puede parecer extraño que tantos jóvenes de los sesenta se identificaran con el marxismo y con proyectos radicales de toda índole, al tiempo que se distanciaban de las normas conformistas y los fines totalitarios. Pero el marxismo era un paraguas retórico bajo el que podían tener cabida formas de contestación muy diferentes, en buena medida porque ofrecía una continuidad ilusoria con la generación radical anterior. Bajo ese paraguas y reforzada por esa ilusión, la izquierda se fragmentó y perdió todo sentido de un propósito común. Por el contrario, adoptó un aire un tanto egoísta”. 



En aquellos años, ser de izquierda, ser radical, significaba estar centrado en uno mismo y en sus preocupaciones y ser curiosamente estrecho de miras en sus intereses. “Los movimientos estudiantiles de izquierda, dice Judt, estaban más preocupados por la hora de cierre de las residencias de estudiantes que por las prácticas de los obreros industriales; en Italia, universitarios de clase media alta pegaron palizas a modestos policías en nombre de la justicia revolucionaria; las airadas críticas proletarias a los explotadores capitalistas fueron desplazadas por consignas irónicas y despreocupadas sobre la libertad sexual. Esto no quiere
decir que la nueva generación de radicales fuera insensible a la injusticia o a la iniquidad política: las protestas contra la guerra de Vietnam y los disturbios raciales de los sesenta no fueron insignificantes. Pero carecían de cualquier sentido de propósito colectivo y, más bien, se entendían como extensiones de la expresión y la ira individuales”.