Dicen que san Fermín lleva varios siglos dando su bendición a los corredores de los encierros que se juegan la vida delante de seis toros.Fue hijo de Eugenia y de Firmo, un senador romano que vivió en Pamplona en el siglo III, datos que han llegado hasta nosotros gracias a las Actas de la vida y del martirio de san Fermín, un documento elaborado tres siglos más tarde de su muerte y que coloca al santo entre la historia y la leyenda. Según la tradición,un adolescente Fermín se convirtió al cristianismo gracias a un sacerdote llamado Honesto, que había llegado a Pamplona enviado por san Saturnino. Su conversión debió de ser muy sonada en Pamplona, pues el padre era uno de los notables de Navarra.
Su ímpetu misionero le llevó después a predicar a Francia, concretamente a Amiens, al norte del país, donde levantó una iglesia y consolidó la fe de la incipiente comunidad cristiana. Por este motivo fue elegido obispo cuando tan solo tenía 24 años. Podía haberse quedado en su zona de confort y dedicado a pastorear la grey que le había elegido como cabeza de la diócesis, pero decidió salir de nuevo a evangelizar por los territorios vecinos. En los años siguientes, los paganos de Aquitania, Auvernia, Anjou y Normandía tuvieron la oportunidad de escuchar por primera vez el nombre de Cristo de los labios de este bravo santo navarro. Fue precisamente en Normandía donde el prefecto Valerio le envió a la cárcel por soliviantar al pueblo, alterar el orden público y poner en riesgo la paz romana. Allí estuvo unos meses hasta que, a la muerte de Valerio, su sucesor le sacó de nuevo a la calle con la orden expresa de no volver más por allí, por lo que encaró el camino de lo que hoy son los Países Bajos para llevar a cabo su misión. Acabada esta, volvió a Amiens, pero el lugar al que regresó ya no era el mismo que dejó años atrás. Había subido al poder el gobernador Riccio Varo, que al sentir amenazado su poder en la zona mandó apresar al santo y ordenar su decapitación el 25 de septiembre del año 303. Fermín tenía solamente 31 años y había pasado toda su vida adulta predicando el nombre de Cristo allí donde le dejaron. Sin embargo, como ha sucedido siempre en la historia de la Iglesia con multitud de mártires, su presencia no se acabó ahí. Generaciones de cristianos en Amiens se pasaron la voz unos a otros sobre aquel santo que había obtenido allí la palma del martirio, hasta que en el año 1085 levantaron sobre su tumba una iglesia en su memoria. La devoción se disparó y un siglo después el entonces obispo de Pamplona, Pedro de Artajona, fue hasta ese lugar para reclamar alguna de sus reliquias. Fue en 1186 cuando volvió a su tierra la cabeza del santo, nueve siglos después de su partida hacia tierras galas. Desde entonces, las fiestas locales se han asociado a su memoria y así pervive hasta el día de hoy el signo del pañuelo rojo tan típico de los sanfermines, un recuerdo de la sangre en el cuello derramada por el santo al ser decapitado.


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