Tradicionalmente se cree que fueron los jesuitas los que establecieron el barroco como estilo escogido por la iglesia de la contrarreforma. Sin embargo, de hecho, los jesuitas no favorecieron ningún estilo específico, pues la orden, en esta época, aún era pobre y dependía de los buenos deseos y del gusto de sus mecenas. El mismo barroco era la respuesta de una nueva generación de artistas y mecenas a las necesidades de un catolicismo cada vez más confiado en sí mismo y a las limitaciones y posibilidades artísticas del arte manierista.
Las grandes iglesias de la contrarreforma fueron proyectadas como reflejo humano de la belleza celestial. Una profusión de luz, color y ornamentaciones, de pilares de mármol y retablos dorados, que disfrutaban de la nueva libertad que el manierismo había llevado al arte, aunque desplegando aquellos elementos de dinamismo y unidad de los que había carecido tan conspicuamente el manierismo. Todo el desarrollo artístico de la Iglesia romana, a través de un manierismo depurado y refinado, hacia las afirmaciones espectaculares del barroco señalaba cómo la reforma católica era mucho más que una mera reacción defensiva contra las fuerzas del protestantismo y del paganismo. Al participar en el mismo movimiento de regeneración espiritual que había dado lugar al nacimiento del propio protestantismo, la reforma católica se enfrentó con muchos de los mismos problemas y estuvo sujeta a las mismas tensiones. Ambas religiones tuvieron que enfrentarse con el problema fundamental de su relación con los logros y los valores del renacimiento. Ambas estaban inspiradas, al menos parcialmente, por una repulsa contra los ideales del renacimiento, como se demostró por su primera reacción austera al sensualismo del arte del renacimiento y por su acentuación de la depravación y de la dependencia del hombre cuando los humanistas del renacimiento habían proclamado su autonomía y sus infinitas posibilidades, escribe el historiador J. H. Elliott.

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