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miércoles, 10 de noviembre de 2021

China, el paraíso de las multinacionales


Hace 39 años, Estados Unidos era el mayor productor de juguetes. Más tarde, en los años setenta, las compañías norteamericanas radicaron su producción en los denominados “tigres asiáticos”: Hong Kong, Taiwan, Corea del Sur. Un paraíso para las empresas.Cuando en esos países comenzaron a subir lentamente los salarios y se formaron los sindicatos, la caravana inversionista se trasladó hacia Tailandia, Indonesia, Malasia y Filipinas. Y, sobre todo, hacia China. Porque, para las multinacionales, China es un paraíso. Hay un orden político estable, los sindicatos están prohibidos, las imposiciones gubernamentales son mínimas, las autoridades se dejan sobornar y el costo de vida es muy bajo. No es de extrañar que, en la actualidad, alrededor de un tercio de los juguetes se fabrique en China. Desde hace algunos años, las empresas invierten también en Vietnam. Allí las condiciones reinantes son muy similares a las de China. El mercado del juguete es gigantesco. Cuantos menos niños nacen en los países industrializados, más dinero se gasta en sus juguetes.



jueves, 9 de abril de 2020

El sentido de los Mandamientos


*La Alianza que Dios había sellado con su Pueblo incluía unas prescripciones que no tenían el sentido original de imponerles cargas sino, muy al contrario, el de llevarles por caminos de libertad: “Hoy pongo ante ti la vida y el bien, o la muerte y el mal. Si escuchas los mandamientos del Señor, tu Dios, que yo te ordeno hoy, entonces vivirás y te multiplicarás. El Señor, tu Dios, te bendecirá en la tierra que vas a tomar en posesión” (Dt 30,15-18). La tierra prometida a los hebreos es una figura de la tierra interior en la que los hombres y mujeres de todos los tiempos podemos entrar, si vivimos en su auténtico sentido los mandamientos.

El mundo puede revelarse a veces contra los Mandamientos, como si fueran imposiciones trasnochadas, propias de un estadio infantil de la humanidad; pero no faltan ejemplos de cómo se desmoronan las sociedades y las personas cuando creen que pueden ignorarlos.


*La ternura de Dios

jueves, 13 de diciembre de 2018

La izquierda de los sesenta.

Cuenta el escritor e historiador británico Tony Judt que “el individualismo de la nueva izquierda no respetaba ni los fines colectivos ni la autoridad tradicional: después de todo, era tanto nueva como izquierda. Lo que quedaba era el subjetivismo de los intereses y deseos individuales, medidos individualmente. A su vez, esto desembocó en un relativismo moral y estético: si algo es bueno para mí no me atañe a mí averiguar si también lo es para alguien más, y mucho menos imponérselo (“haz lo que quieras”). Es cierto que muchos radicales de la década de 1960 eran partidarios entusiastas de las imposiciones, pero sólo cuando afectaban a pueblos distantes de los que sabían poco. Retrospectivamente, es asombroso cuántos occidentales en Europa y Estados Unidos expresaron su entusiasmo por la “revolución cultural” de Mao Zedong, con su uniformidad dictatorial, mientras que en sus propios países definían la reforma cultural como la maximización de la iniciativa y la autonomía individuales. Retrospectivamente, puede parecer extraño que tantos jóvenes de los sesenta se identificaran con el marxismo y con proyectos radicales de toda índole, al tiempo que se distanciaban de las normas conformistas y los fines totalitarios. Pero el marxismo era un paraguas retórico bajo el que podían tener cabida formas de contestación muy diferentes, en buena medida porque ofrecía una continuidad ilusoria con la generación radical anterior. Bajo ese paraguas y reforzada por esa ilusión, la izquierda se fragmentó y perdió todo sentido de un propósito común. Por el contrario, adoptó un aire un tanto egoísta”. 



En aquellos años, ser de izquierda, ser radical, significaba estar centrado en uno mismo y en sus preocupaciones y ser curiosamente estrecho de miras en sus intereses. “Los movimientos estudiantiles de izquierda, dice Judt, estaban más preocupados por la hora de cierre de las residencias de estudiantes que por las prácticas de los obreros industriales; en Italia, universitarios de clase media alta pegaron palizas a modestos policías en nombre de la justicia revolucionaria; las airadas críticas proletarias a los explotadores capitalistas fueron desplazadas por consignas irónicas y despreocupadas sobre la libertad sexual. Esto no quiere
decir que la nueva generación de radicales fuera insensible a la injusticia o a la iniquidad política: las protestas contra la guerra de Vietnam y los disturbios raciales de los sesenta no fueron insignificantes. Pero carecían de cualquier sentido de propósito colectivo y, más bien, se entendían como extensiones de la expresión y la ira individuales”.