El posmodernismo pone el énfasis en la relativización, en el subjetivismo, en el lenguaje y en la deconstrucción. Rechaza cualquier metafísica, así como la idea de verdad, porque se parte de la base de que la verdad es relativa y, por tanto, cada sujeto tiene su verdad. La historia no puede ofrecer datos y hechos objetivos que existan más allá del observador. Todo es una construcción arbitraria y subjetiva, y cualquier entidad que no reconozca esta premisa debe ser deconstruida. Puesto que la objetividad es inalcanzable, no hay demasiada diferencia entre una novela y un libro de historia bien investigado. Todo es narrativa subjetiva, y la única diferencia que merece la pena destacar es entre quienes reconocen este planteamiento y quienes no lo hacen. Naturalmente, el posmodernismo no es una versión subjetiva de las cosas, sino la verdad, aunque esta no exista. Es decir, el posmodernismo es inmune a sí mismo, la excepción, esto es, una propuesta totalmente irracional e ilógica. En sus diversas ramas, el posmodernismo es un concepto, mientras que los postulados del pensamiento único pertenecen al mundo de la política, aunque se apliquen a todos los aspectos de la cultura y la sociedad. Una singularidad de la corrección política es que se trata de la primera nueva ideología radical de izquierdas que tiene su origen en Estados Unidos. Además, es la primera ideología importante de izquierdas que no posee ni un nombre oficial ni una definición canónica. En ocasiones, sus defensores insisten en que no existe como tal más allá de la imaginación de sus oponentes, mientras que los autores que la critican utilizan expresiones como The Silent Revolution o la ideología invisible. No se plasma en un único partido político ni en un movimiento cultural concreto, sino que es multiforme, son muchos los partidos y grupos sociales que la encarnan. En realidad, es una cultura de élites y de activistas que está presente en las principales organizaciones políticas occidentales y en casi todas las instituciones y, a diferencia de los movimientos radicales anteriores, su objetivo no es derrocar el sistema político, sino transformarlo desde dentro de la democracia por medio de la manipulación, escribe el historiador Stanley G. Payne.
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martes, 26 de mayo de 2026
El posmodernismo rechaza la idea de verdad
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miércoles, 19 de marzo de 2025
Quizás por el miedo a la justicia divina, se eliminó hace tiempo la jura de los cargos públicos ante la Biblia
Desde pequeños, comenta Pilar Castañon, nos dicen que no hay que mentir, los mandamientos nos instan, como mandato, a no tomar el nombre de Dios en vano, y quizás por el miedo a la justicia divina, se eliminó hace tiempo la jura de los cargos públicos ante la Biblia, y ya solo se promete, y sin Biblia, porque prometer ¡da igual! Desde pequeños nos dicen que no hay que mentir, los mandamientos nos instan, como mandato, a no tomar el nombre de Dios en vano, y quizás por el miedo a la justicia divina, se eliminó hace tiempo la jura de los cargos públicos ante la Biblia, y ya solo se promete, y sin Biblia, porque prometer ¡da igual!
La verdad era el punto de partida y base de las reglas del juego para la confianza y las relaciones, la palabra dada de otras épocas, como se solía decir, “iba a misa”, y esta era suficiente. Pero lo que hacía a las personas respetables, ha desaparecido.Decía Juan Pablo II que, sin la verdad, la libertad degenera en subjetivismo y anarquía.La eliminación del binomio verdad y libertad anula la posibilidad de normas morales objetivas y universales, que son precisamente las que rigen la convivencia entre los ciudadanos. Siguiendo esta ruta, los referentes morales han desaparecido, y la ética ha quedado inmediatamente eliminada del servicio público.
La verdad era el punto de partida y base de las reglas del juego para la confianza y las relaciones, la palabra dada de otras épocas, como se solía decir, “iba a misa”, y esta era suficiente. Pero lo que hacía a las personas respetables, ha desaparecido.Decía Juan Pablo II que, sin la verdad, la libertad degenera en subjetivismo y anarquía.La eliminación del binomio verdad y libertad anula la posibilidad de normas morales objetivas y universales, que son precisamente las que rigen la convivencia entre los ciudadanos. Siguiendo esta ruta, los referentes morales han desaparecido, y la ética ha quedado inmediatamente eliminada del servicio público.
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jueves, 13 de diciembre de 2018
La izquierda de los sesenta.
Cuenta el escritor e historiador británico Tony Judt que “el individualismo de la nueva izquierda no respetaba ni los fines colectivos ni la autoridad tradicional: después de todo, era tanto nueva como izquierda. Lo que quedaba era el subjetivismo de los intereses y deseos individuales, medidos individualmente. A su vez, esto desembocó en un relativismo moral y estético: si algo es bueno para mí no me atañe a mí averiguar si también lo es para alguien más, y mucho menos imponérselo (“haz lo que quieras”). Es cierto que muchos radicales de la década de 1960 eran partidarios entusiastas de las imposiciones, pero sólo cuando afectaban a pueblos distantes de los que sabían poco. Retrospectivamente, es asombroso cuántos occidentales en Europa y Estados Unidos expresaron su entusiasmo por la “revolución cultural” de Mao Zedong, con su uniformidad dictatorial, mientras que en sus propios países definían la reforma cultural como la maximización de la iniciativa y la autonomía individuales. Retrospectivamente, puede parecer extraño que tantos jóvenes de los sesenta se identificaran con el marxismo y con proyectos radicales de toda índole, al tiempo que se distanciaban de las normas conformistas y los fines totalitarios. Pero el marxismo era un paraguas retórico bajo el que podían tener cabida formas de contestación muy diferentes, en buena medida porque ofrecía una continuidad ilusoria con la generación radical anterior. Bajo ese paraguas y reforzada por esa ilusión, la izquierda se fragmentó y perdió todo sentido de un propósito común. Por el contrario, adoptó un aire un tanto egoísta”.
En aquellos años, ser de izquierda, ser radical, significaba estar centrado en uno mismo y en sus preocupaciones y ser curiosamente estrecho de miras en sus intereses. “Los movimientos estudiantiles de izquierda, dice Judt, estaban más preocupados por la hora de cierre de las residencias de estudiantes que por las prácticas de los obreros industriales; en Italia, universitarios de clase media alta pegaron palizas a modestos policías en nombre de la justicia revolucionaria; las airadas críticas proletarias a los explotadores capitalistas fueron desplazadas por consignas irónicas y despreocupadas sobre la libertad sexual. Esto no quiere
decir que la nueva generación de radicales fuera insensible a la injusticia o a la iniquidad política: las protestas contra la guerra de Vietnam y los disturbios raciales de los sesenta no fueron insignificantes. Pero carecían de cualquier sentido de propósito colectivo y, más bien, se entendían como extensiones de la expresión y la ira individuales”.
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martes, 15 de agosto de 2017
Una verdad que no sea universalmente válida representa un sinsentido.
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| Johannes Hessen |
El subjetivismo y el relativismo juzgan que no hay ninguna verdad universalmente válida; pero en esto hay una contradicción. Johannes Hessen manifiesta que una verdad que no sea universalmente válida representa un sinsentido. La validez universal de la verdad está fundada en la esencia de la misma. La verdad significa la concordancia del juicio con la realidad objetiva. Si existe esta concordancia, no tiene sentido limitarla a un número determinado de individuos. Si existe, existe para todos. El dilema es que el juicio es falso, y entonces no es válido para nadie, o es verdadero, y entonces es válido para todos, es universalmente válido. Quien mantenga el concepto de la verdad y afirme, sin embargo, que no hay ninguna verdad universalmente válida, se contradice a sí mismo.
El subjetivismo se contradice también a sí mismo,
pretendiendo de hecho una validez más que subjetiva para su juicio: “Toda verdad es subjetiva”. Cuando formula este juicio, no piensa ciertamente: “Sólo es válido para mí, para los demás no tiene validez”. Si otro le repusiese: “Con el mismo derecho con que tú dices que toda verdad es subjetiva, digo yo que toda verdad es universalmente válida”, seguramente no estaría de acuerdo con esto. Ello prueba que atribuye efectivamente a su juicio una validez universal. Y lo hace así, porque está convencido de que su juicio acierta en la cosa, reproduce una situación objetiva. De este modo supone prácticamente la validez universal de la verdad que niega teóricamente. Lo mismo pasa con el relativismo. Cuando el relativista sienta la tesis de que toda verdad es relativa, está convencido de que esta tesis reproduce una situación objetiva y es, por ende, válida para todos los sujetos pensantes. Cuando Spengler, por ejemplo, formula la proposición anteriormente citada: “Sólo hay verdades en relación a una humanidad determinada”, pretende dar expresión a una situación objetiva, que debe reconocer todo hombre racional. Supongamos que alguien le repusiese: “Con arreglo a tus propios principios, este juicio sólo es válido para el círculo de la cultura occidental. Pero yo procedo de un círculo cultural completamente
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| subjetivismo |
| toda verdad es universalmente valida |
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