lunes, 27 de julio de 2026

Nada favorece tanto el espíritu de comprensión como las reflexiones punzantes sobre nuestros propios crímenes

El socialismo soviético llegó a ser para mucha gente la esperanza de una forma de gobierno que pondría fin al despotismo de los zares y a un reparto equitativo de la riqueza entre la población; la meta era establecer algo así como un paraíso comunista. Muchos llegaron a creer sinceramente en el sistema y a someterse a él, como era el caso de Solzhenitsin. Participó en la Gran Guerra Patria, nombre que los soviéticos habían dado a la guerra librada contra la Alemania nazi. Sin embargo, al final de ésta, se descubrió cierta correspondencia que había mantenido con un amigo en la que criticaba el modo en que Stalin había dirigido la guerra y donde defendía volver a la política de Lenin. Eso le costó caro. Los regímenes totalitarios son como bestias adormecidas siempre que no se ose criticar a sus dirigentes o al sistema mismo. Entonces es cuando a menudo se ve el puño de acero en guante de terciopelo. Solzhenitsin fue condenado a ocho años de prisión y confinado en un campo de concentración. Mirando retrospectivamente dijo: “Me detuvieron por culpa de mi ingenuidad. Yo sabía que en las cartas del frente se prohibía hablar de los secretos militares, pero creía que estaba permitido pensar”. “Si no hubiera estado en la cárcel, habría llegado a ser un escritor más en la Unión Soviética, pero no habría entendido ni mi verdadera misión, ni la situación real de mi país… el escritor que veis ante vosotros se ha hecho en la cárcel y en el campo de trabajos forzados”.
Solzhenitsyn: “Nada favorece tanto el espíritu de comprensión como las reflexiones punzantes sobre nuestros propios crímenes…Poco a poco he descubierto que la línea divisoria entre el bien y el mal no separa ni a Estados, ni a clases, ni a partidos, sino que atraviesa el corazón de todo hombre y de toda la humanidad” (Archipiélago Gulag).


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