René Girard, filósofo francés, nos muestra cómo las obras por él analizadas, con el Quijote a la cabeza, ponen al descubierto la “mentira romántica”, consistente en hacer creer a los lectores que el deseo del personaje protagonista es autónomo y original. Por contraposición, la “verdad novelesca” supondría poner al descubierto el origen mimético del deseo del héroe, proyectando idénticas conclusiones sobre nuestros propios anhelos. Desde la historia de la literatura podríamos afirmar que, para que esto sea así, Cervantes ha necesitado primero llevar a cabo una revolucionaria reivindicación del modo de narrar propio de la novela; verosímil, pero no verdadero. Con este fin, el autor alcalaíno guiña constantemente el ojo de forma cómplice al “desocupado lector”: querido amigo, esto que tienes delante, lejos de ser una verdadera crónica, no es otra cosa más que fabulación mía (parece decirle). Así, los juegos irónicos con las voces narrativas o los episodios metaficcionales de la segunda parte vienen a reivindicar un estatuto propio para la ficción en prosa, necesitado de la validación de un lector crítico que asuma el distanciamiento de quien sabe que aquello que lee no es real. La revelación de la verdad novelesca de la que habla Girard solo puede darse tras esta afirmación que Cervantes hace de la verdad poética, con la que se inaugura nada más y nada menos que la novela moderna.

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