Poco después de medianoche, lista en mano, llamaron a setenta y nueve presos y, atados por los codos de dos en dos, fueron llevados en ocho camiones a las afueras de Lérida. En el cruce de la carretera de Barcelona con la de Tarragona, un grupo de unos doscientos milicianos obligó al convoy a retroceder hasta el cementerio. Alrededor de las dos de la madrugada los detenidos fueron asesinados de doce en doce. Las crónicas dicen que los condenados cantaban el Magnificat y que sólo se remataba a los moribundos que respondían con un gesto si habían quedado malheridos. En este episodio encontramos uno de los diálogos más patéticos de la persecución. Uno de los fusilados, el padre Josep Franch, rector de la parroquia del Carme de Lérida, en lugar de responder a la pregunta pidió al verdugo que le dejase acabar de rezar el Credo. “De acuerdo, pero sea breve, porque no estoy acostumbrado a esperar”. Segundos más tarde, el padre Franch exclamaba: “He acabado y os perdono”. La escena deja constancia una vez más del grado de convicción en la fe cristiana de los sacerdotes y religiosos que perdieron la vida por su condición de eclesiásticos. El hecho de no haber encontrado casos de apostasía demuestra una coherencia doctrinal muy elevada y admirable, escribe Jordi Albertí.
Hay que recordar, dice Albertí, a la víctima anónima, a las personas que sin morir se quedaron sin vida, a los que vivieron en el alma la tragedia de perder la esperanza… y, más aún, a los que siendo amigos o hermanos, vecinos o compañeros de trabajo o de estudio, se encontraron frente a frente con un fusil en la mano, se encontraron lamentándose de la cobardía, la humana cobardía, que les impidió salir a la defensa de los condenados sin juicio.

No hay comentarios:
Publicar un comentario