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miércoles, 1 de abril de 2026

Los espías de la KGB formaban un engranaje infernal del que no podían salir

Para el periodista y escritor Pedro García Cuartango, “hay una diferencia esencial entre el KGB, por ejemplo, y el MI5 o el MI6. El KGB nació en el año 17, pero con otro nombre, cuando Lenin creó la checa y puso a Dzerzhinski al frente. Entonces ya, llámese checa o llámese OGPU, o NKVD, o KGB, el propósito claro del servicio secreto soviético fue el de purgar a los enemigos de la revolución. Eliminar a la disidencia. Eso es algo que Lenin tenía en la cabeza desde el principio. Y toda la historia del KGB tiene ese hilo conductor. Es un instrumento de represión interna. También tenía un aparato de espionaje externo, claro, pero su función principal era vigilar a la población y acabar con la disidencia. No es lo mismo que el MI5 y el MI6. El MI5 era el servicio de contraespionaje y el MI6 era el servicio exterior de espías, sí, pero ambos se crearon exclusivamente para defender la democracia británica contra enemigos externos. El KGB, en cambio, opera siempre para perseguir a los enemigos internos. Esa es la diferencia esencial que explica la idiosincrasia de los espías que militaban en estas organizaciones. Todos los espías que trabajaban para el KGB formaban parte de un engranaje infernal del que no podían salir. Cualquier desviación mínima, cualquier sugerencia de descontento, podía provocar la muerte. Stalin instauró un régimen de terror en el que nadie se atrevía ni siquiera a pensar en solitario, en su casa, en la posibilidad de traicionar al régimen. Lenin creó las bases del terror de las que luego se aprovecharía Stalin. Creó la checa; tenía esa idea del partido como vanguardia de la revolución; y creía que había que eliminar cualquier tipo de oposición interna en la nueva Unión Soviética.”

domingo, 29 de marzo de 2026

Proteger a las minorías, armándolas contra las mayorías

En 1961, Jruschov abogó por “guerras de liberación nacional” en todo el mundo. Desde entonces, los marxistas han librado una guerra contra su propia cultura en nombre de las del tercer mundo. Enaltecen las culturas extranjeras como superiores a las occidentales, con la esperanza de que aún no hayan sido corrompidas por el capitalismo y puedan inspirar una revolución. Como escribió el marxista anticolonialista Franz Fanon, “abatir a un europeo es matar dos pájaros de un tiro”. Se mata al hombre y a su cultura al mismo tiempo. Por eso, como ya ha dicho el profesor Starkey, la declaración internacional de derechos humanos de la ONU fue subvertida por la Unión Soviética. El propósito pasó a ser proteger a las minorías; en la práctica, armándolas contra las mayorías europeas, manifiesta Ayaan Hirsi Alí. 


sábado, 14 de febrero de 2026

Los experimentos marxistas del siglo XX subrayaron los fallos inherentes de la teoría

Los experimentos marxistas del siglo XX subrayaron los fallos inherentes de la teoría. El más importante de todos es que el control centralizado de la economía se reveló algo inmensamente difícil de llevar a cabo, si no imposible. Cuando el telón de acero cayó en la década de 1990 y las antiguas repúblicas soviéticas se abrieron a la mirada de Occidente, resultó visible que, pese a toda la rimbombancia de los años de la guerra fría, eran países terriblemente subdesarrollados. Mientras que las fuerzas de la oferta y la demanda creaban economías dinámicas que generaban riqueza a un ritmo veloz, los sistemas centralizados de la Unión Soviética y China se anquilosaron y ahogaron la innovación. Sin competencia entre compañías (el motor fundamental de los mercados libres), la economía sencillamente funcionó al ralentí, empujada por los burócratas. Hubo sólo un área en la que los soviéticos realmente sobresalieron, la innovación militar y aeronáutica. Resulta significativo que éste fuera el único campo en el que había una competencia directa, en este caso con Occidente durante la guerra fría, escribe Edmund Conway, editor de economía de Sky News 24h y columnista habitual de The Times y Sunday Times.

sábado, 6 de septiembre de 2025

Stalin, el fundador de un imperio

Stalin era un heredero, un vencedor, el fundador de un imperio, y murió cuando era más poderoso que nunca, pocos años después de haber sido celebrado al cumplir 70 años como genio universal. Como sucesor de Lenin, Stalin había participado de la gloria de su célebre predecesor. No fue el único aspirante a esta filiación, pero, habiéndola conquistado por la astucia y por la fuerza, hizo de ella una prerrogativa casi indiscutida, eclipsando a sus rivales con su formidable poder antes de reducirlos por el asesinato o el exilio, o por ambos a la vez, como en el caso de Trotski. Su derecho a la sucesión se apoyaba sobre algo firme, el partido único, la ideología bolchevique, el terror y la policía política constituían el legado leninista. Stalin lo integró en un sistema de gobierno asiático, que coronó con el exterminio del campesinado so pretexto de que este era burguesía. Realizó tan bien esa maniobra política que hubiera podido reclamar tanto como el que más su derecho a la idea original, y tal vez con mayor razón, pues su principal carta de triunfo consiste en haber hecho durar ese régimen tan poco hecho para durar; en haber prolongado e incluso reimpulsado la ilusión revolucionaria al mismo tiempo que con ella forjaba una cadena de autoridad primitiva, pero no por ello menos obedecida. Trotski, en quien el hombre de letras pesaba más que el terrorista, casi seguramente hubiese naufragado. El discreto Bujarin hubiese dilapidado el patrimonio familiar en un retorno asaz moderado al capitalismo. Stalin hizo fructificar la herencia, añadiendo a esta su genio político propio, y atemperando al uno con la otra. El georgiano ganó la guerra, transformó la Unión Soviética en imperio y en superpotencia y dio a la idea comunista un resplandor sin precedentes. Su gobierno conoció entonces la respetabilidad que dan la victoria y la fuerza; su persona fue objeto de reverencia universal, y llegó a ser temido por doquier, incluso por quienes lo idolatraban. El Estado soviético se encontró en una posición más estable, no porque fuese menos arbitrario o menos despótico o porque hubiera cesado la represión de las masas; esta, por el contrario, se renovó; pero la tribuna del Kremlin presentaba a los mismos dirigentes en cada aniversario de Octubre, y la maquinaria burocrática adquirió un barniz moderno que no había tenido antes de la guerra un partido a la vez todopoderoso, y sin embargo diezmado sistemáticamente por un grupo mudable de fieles en torno de un jefe de grupo imprevisible. Así, todo contribuía a hacer creer que el día de la desaparición de Stalin la transmisión del poder soviético se efectuaría de manera menos dramática y menos conflictiva que después de la muerte de Lenin.
Su única obsesión fue conservar el poder y, para empezar, la vida, frustrando las conjuras que su desconfianza paranoica no dejaba de ofrecerle a su imaginación. En su vejez de potentado conservó las costumbres del conspirador y del aventurero, reforzadas por el hábito del poder absoluto. Vivía rodeado de guardias y soldados, no hablaba casi nunca en público, cambiaba de residencia y de itinerario, y hacía que otros probasen los platos que salían de su propia cocina. Ni siquiera su séquito más cercano y más antiguo, fuese político o familiar, estuvo libre de sus sospechas.El fiel entre los fieles, Mólotov, cuya mujer ya había sido arrestada, parecía ser la próxima víctima. El descubrimiento de la conjura de los médicos judíos, en enero de 1953, puso de manifiesto la vigencia intacta de los resortes del régimen, la ideología y el terror.
Referencia: El pasado de una ilusión (François Furet)

lunes, 1 de septiembre de 2025

La emigración menos publicitada de la historia norteamericana

A comienzos de los años treinta, en plena Gran Depresión, miles de jóvenes desempleados abandonaron Estados Unidos rumbo a la Unión Soviética, el paraíso de los trabajadores. Algunos fueron ejecutados a los pocos años de llegar. Otros murieron en “campos de reeducación” estalinista. Unos pocos sobrevivieron.
En una nación de inmigrantes nadie se preocupa de recordar a los que dejaron atrás el sueño; aquellos exiliados olvidados que permanecieron de pie con sus familias en las cubiertas de madera de barcos de pasajeros viendo cómo la estatua de la Libertad se perdía en la distancia mientras ellos dejaban Nueva York rumbo a Leningrado. Una muestra representativa de la sociedad estadounidense, procedente de todos los sectores de la vida; profesores, ingenieros, obreros de fábrica, maestros, artistas, médicos e incluso granjeros, todos mezclados en los barcos de pasajeros. Se marcharon para participar en el Plan Quinquenal de la Rusia soviética, atraídos por la posibilidad de encontrar trabajo en plena Gran Depresión. Ingenieros cualificados, con trabajos bien pagados, se apretaban junto a obreros en paro que buscaban empleo en las fábricas soviéticas y compañeros de viaje soñadores cuyo equipaje estaba lleno a reventar de los gruesos tomos de Marx, Engels y Lenin. En sus filas había comunistas, sindicalistas y radicales varios de la escuela de John Reed, pero la mayoría de ellos eran ciudadanos normales, a los que no les interesaba demasiado la política. Lo que les unía era la esperanza que impulsa a todos los emigrantes, la búsqueda de una vida mejor para sus hijos y para ellos mismos. Con la ilusión de la partida, ningún ojo perspicaz se esforzó por prever la crónica de violencia que les aguardaba en Rusia.

Referencia: Los olvidados de Tim Tzouliadis


lunes, 25 de agosto de 2025

Los rusos siempre han considerado que eran ellos los que querían que el Muro cayera

Giuliano da Empoli
Giuliano da Empoli, antiguo asesor político del exprimer ministro italiano Matteo Renzi, manifiesta en una entrevista que a finales de los años 80, en Occidente pensábamos que nuestro modelo democrático había ganado y que el perdedor era la antigua Unión Soviética. De hecho, fue un error por nuestra parte, porque los rusos siempre han considerado que eran ellos los que querían que el Muro cayera para poner fin a un régimen que ya no funcionaba. Así que desde el principio hubo una interpretación inadecuada de los hechos que todavía hoy da lugar a trágicos malentendidos.
Afirma da Empoli que la literatura rusa desempeña un papel fundamental en su relación con la sociedad y la política. Y por una buena razón, la verdad en Rusia es generalmente reprimida o suprimida. La función de la literatura es, por tanto, dar a conocer esta verdad, o al menos intentar alcanzarla, sin ser necesariamente ideológica.


sábado, 12 de julio de 2025

22 de junio de 1941

El 22 de junio de 1941 fue uno de los días más importantes de la historia de Europa. La invasión alemana de la Unión Soviética, que empezó ese día bajo el nombre en clave de Operación Barbarroja, significó mucho más que un ataque sorpresa, un cambio de alianzas o una nueva etapa de la guerra, fue el principio de una catástrofe indescriptible. El enfrentamiento de la Wehrmacht y sus aliados con el Ejército Rojo provocó la muerte de más de diez millones de soldados y de un número comparable de civiles, que murieron, bajo los bombardeos, huyendo de ellos, o de hambre y enfermedades provocadas por la guerra en el frente oriental. Durante la contienda, los alemanes mataron además a unos diez millones de personas, entre ellas más de cinco millones de judíos y más de tres millones de prisioneros de guerra.

domingo, 11 de mayo de 2025

El imperio que se precipito de golpe al vacío

Según un reciente análisis de los acontecimientos, solo los elevados precios del petróleo en la década de 1970 “evitaron el Apocalipsis”. Pero por entonces eso no era evidente en absoluto. En marzo de 1985, cuando Mijaíl Gorbachov se convirtió en el secretario general del Partido Comunista soviético, la CIA calculó (erróneamente) que la economía soviética tenía más o menos el 60 por ciento del tamaño de la estadounidense. El arsenal nuclear soviético sí era realmente mayor que las reservas de Estados Unidos. Y los gobiernos de lo que entonces se llamaba el Tercer Mundo, desde Vietnam hasta Nicaragua, habían estado inclinándose a favor de los soviéticos durante la mayor parte de los veinte años anteriores. Y, sin embargo, menos de cinco años después de que Gorbachov asumiera el poder el Imperio soviético en la Europa centro oriental se había desmoronado, seguido en 1991 por la propia Unión Soviética. Si ha habido alguna vez un imperio que se precipitara de golpe al vacío, en lugar de ir declinando poco a poco, ha sido el fundado por Lenin.

miércoles, 19 de marzo de 2025

La idea de Europa

El rapto de Europa de François Boucher

La idea de Europa nació en la Antigua Grecia, donde se contrastaba con una Asia despótica y bárbara. Tras la caída del Imperio romano, el sueño de la reunificación europea apareció de forma recurrente. En la Edad Media, se concretó en la unión de la cristiandad contra el islam. En los siglos XVII y XVIII, mientras las guerras de religión e imperiales hacían estragos, surgieron ideas seculares. En 1712 el abad de Saint-Pierre abogó por una “unión europea”, y en 1795 Immanuel Kant propuso algo parecido en su obra La paz perpetua.
El siglo XIX añadió la idea de las culturas y los pueblos intrínsecamente europeos. Ese nacionalismo se tradujo en más guerras y, en su sentido de culpabilidad posterior, llamamientos a la unidad europea. El movimiento europeo moderno se inició después de la I Guerra Mundial. Algunos de sus fundadores la consideraban una forma de que Europa compitiera con América y la Unión Soviética, lo que implicaba que Rusia no podría unirse nunca. Ni tampoco, según creían algunos, podría hacerlo Gran Bretaña, que se identificaba más con su imperio que con Europa. Cuando un primer gobierno europeo federal finalmente llegó tras la II Guerra Mundial, su misión fue política y económica; hacer que Europa occidental estuviera tan integrada como para que sus Estados no se enfrentaran de nuevo y fuera tan rica como para eludir el comunismo. La pertenencia estaba dictada por las circunstancias de la Guerra Fría, y no tanto por preocupaciones filosóficas insustanciales.
El filósofo europeo del siglo XX, Ludwig Wittgenstein creyó en algún momento que el lenguaje debe referirse a cosas diferenciadas del mundo real, y que la filosofía debería aspirar a hacerlo exacto, como una ciencia. Más tarde, llegó a la conclusión de que eso era absurdo. Las palabras no pueden ser definidas con precisión; sus límites son difusos. Su significado radica en la forma en que las personas las usan para conseguir lo que quieren.
Lo mismo ocurre con la palabra Europa. Los sentimientos de los europeos sobre quién merece estar en la Unión Europea depende de los problemas sobre los que estén discutiendo. La unión monetaria y los conflictos sobre el principio de legalidad son cuestiones de instituciones y cultura, y centran la atención en las distintas identidades e historias de los europeos. Pero los mayores desafíos actuales (la guerra de Ucrania, la competencia con China, el aumento de la migración en el Mediterráneo, la gestión del cambio climático) son geopolíticos. Esto ha hecho que Europa vuelva su mirada a la geografía. Es posible que los franceses y los albanos no estén totalmente de acuerdo en los rasgos civilizadores que los caracteriza, pero saben que comparten el mismo trozo de roca euroasiática. En estos momentos, eso parece más importante.

Referencia:The Economist (30/9/2023)


jueves, 20 de junio de 2024

Sartre aportó credibilidad intelectual a voces como la de Pierre Daix, Maurice Thorez, Belov y Saloth Sar

Sartre aportó credibilidad intelectual a voces como la de Pierre Daix, director de Les Lettres Françaises, que escribió que “los campos de reeducación de la Unión Soviética son el logro de la completa eliminación de la explotación del hombre por el hombre”. O la del líder del Partido Comunista Francés, Maurice Thorez, que pronunció un discurso público en febrero de 1949 en el que afirmó que si el ejército soviético, “en defensa de la causa de la libertad y del socialismo, llegara a nuestro país para perseguir a los agresores, ¿podrían tener los trabajadores y el pueblo de Francia otra actitud hacia el ejército soviético que la que han tenido los pueblos de Polonia, Rumanía y Yugoslavia?”. Manejado por hombres como éstos, el engranaje de la justificación convertía lo negro en blanco y, si era necesario, otra vez en negro, dependiendo de las veleidades ideológicas de Moscú.Las célebres palabras de Jean-Paul Sartre dieron justificación existencial a los puños de torturadores como Belov y aportaron consuelo moral a ideólogos atentos y tiranos embrionarios como el estudiante camboyano llamado Saloth Sar, que ingresó en el Partido Comunista Francés en París a principios de los años cincuenta y llegó a ser conocido por el mundo como “el Hermano Número Uno” o Pol Pot. Es imposible que Sartre pudiera alegar ignorancia. No tenía más que entrar en cualquier biblioteca y sacar de la estantería la crónica de André Gide sobre su visita a la Unión Soviética en 1936, cuya publicación había causado sensación en Francia: “La más mínima protesta, la más mínima crítica, se penaliza con los castigos más severos, y de hecho es suprimida al instante. Dudo que haya otro país en el mundo, incluida la Alemania de Hitler, donde el pensamiento sea menos libre, más reprimido, más temeroso, más sometido”. Gide era comunista cuando llegó a Rusia.
A principios de los años cincuenta, el culto a la personalidad había cobrado un fervor y un fanatismo como sólo se ven en las primeras etapas de los movimientos religiosos de masas. Stalin,el exseminarista, había construido una religión socialista con él mismo en el centro; un dios que exigía fe sin razonamiento, obediencia sin un instante de vacilación. Que cientos de millones de personas (las poblaciones enteras de la Unión Soviética, China y las naciones satélite de Europa del Este) pudieran tener sus vidas controladas por un solo hombre, que había usurpado todo el poder de una revolución mundial, era demasiado difícil de asimilar por los ciudadanos corrientes. Mucho mejor y mucho más seguro, pues, era creer. Pero su adulación colectiva no hizo más que magnificar y reinfectar la megalomanía de Stalin.


viernes, 14 de junio de 2024

Los pueblos de las naciones del centro-oriente de Europa,rompieron las cadenas que las ataban a Moscú

Brézhnev
El deterioro interior de la Unión Soviética había alcanzado, al final de los años de Brézhnev, tal magnitud que no solo la fuerza del país, sino su salud física y moral, su avituallamiento, su hábitat, sus hospitales, en suma: la capacidad de las autoridades públicas para satisfacer las necesidades sociales más elementales se encontraba en entredicho. Ello era así hasta el punto de que uno de los observadores que previeron, siguiendo a Amalrik, la crisis general del régimen, fue un joven demógrafo, Emmanuel Todd, que durante los años setenta había descubierto el aumento de la tasa de mortalidad infantil soviética. Los individuos acaso podían vivir un poco mejor que en el pasado, pero el régimen se quedaba sin aliento; el partido estaba gangrenado por la corrupción; por doquier se veían el cinismo, la embriaguez y la pereza. La vulnerabilidad particular de un sistema de partido único omnipotente que impera sobre la sociedad causó este desplome general, producido por el del partido. Sin embargo, ese bolchevismo crepuscular habría podido sobrevivir aún, sin duda, y tal vez llegar al fin del siglo. Si ya no había una verdadera creencia, sí, en cambio, había una numerosa policía, velando porque todos hablaran la lengua muerta de la ideología. Sájarov estaba bajo estricta vigilancia en Gorki. Los hospitales psiquiátricos cuidaban de los disidentes. El colapso se inició como una clásica crisis de sucesión, a causa del ejercicio obligado de cada nuevo amo del partido, tomar las riendas del aparato. Andrópov o Chernenko no permanecieron en funciones el tiempo suficiente para ser el blanco de su sucesor, todavía eran los hombres de Brézhnev los que había que someter o eliminar para convertirse en el amo. Así, Gorbachov hizo como Jruschov después de Stalin, y como Brézhnev después de Jruschov, acumuló en sus manos el máximo de poder. Pero lo hizo de manera inédita. Antes que él, el partido constituía el único medio del poder. En ocasiones, el secretario general podía volverse contra el partido y destruir su osamenta para rehacerlo, como lo hizo Stalin durante los años treinta; pero nadie era el amo de la Unión Soviética si no contaba con autoridad absoluta sobre el aparato comunista. Cuando Jruschov perdió esta autoridad en 1964, no tardó en caer. Ahora bien, Gorbachov, para imponerse, tomó otro camino. No le bastó remodelar las altas esferas del partido para ponerlas al servicio de su reinado. Se apoyó, además, sobre elementos externos al partido. La liberación de Sájarov, en 1986, indica que modificó las reglas del régimen.
La modesta apertura hacia la sociedad y la relativa suspensión del terror policiaco no manifiestan una pugna por el comunismo sino una vaga aspiración a la democracia, sobre la cual Gorbachov se apoyó poco a poco, a la vez por elección propia y por la fuerza de las circunstancias. Jruschov nunca puso en entredicho el monopolio político del partido, pero su lejano sucesor, en cambio, infringe esta regla fundamental; amenazado, como él, de encontrarse en minoría en el Comité Central, reanimó el Parlamento y debió apoyarse sobre algunos sectores de la opinión pública, como la intelligentsia. Mas, con ello, al debilitar a sus adversarios también se debilitó a sí mismo, destruyendo la fuente de su legitimidad y ofreciendo un nuevo terreno de batalla a unos rivales imprevistos. Asimismo, al suprimir el miedo de hablar, suprimió el principio de la obediencia. Incluso el desorden creciente de la economía encuentra ahí una de sus causas, en la medida en que es inseparable de la anarquía del Estado: Al suprimir el terror, me dijo por entonces un miembro del Parlamento soviético, Gorbachov también ha suprimido la confianza. Palabras terribles pero profundas, que muestran bien el carácter frágil y ambiguo del primero y último presidente de la Unión Soviética, demasiado comunista para lo que ha concedido de libertad. Gorbachov pretende renovar el régimen comunista, y para ello no cuenta con otras ideas que las que toma de la tradición occidental; sus únicos medios son los que mendiga ante las grandes democracias capitalistas. Todo lo que hace contradice lo que afirma proponerse. Cuando la referencia a Occidente se ha convertido, poco a poco, en un pensamiento que comparte con Sájarov, uniendo la nomenklatura y la oposición intelectual, de la idea comunista ya solo queda lo que esta ha destruido. Una sociedad ha sido quebrantada hasta sus cimientos y en esa debacle incluyó sus recursos de reconstrucción a la manera occidental, precisamente cuando ya no tenía otros a su disposición.
Los pueblos de las naciones del centro-oriente de Europa,rompieron las cadenas que las ataban a Moscú para recuperar lo más pronto posible las fuentes de su historia. El comunismo nunca concibió otro tribunal sino la historia; helo aquí, pues, condenado por la historia a desaparecer en cuerpo y alma.

sábado, 1 de junio de 2024

El comunismo fue una entrega psicológica comparable a la de una fe religiosa

La presencia soviética en los asuntos del mundo era como un certificado de la presencia soviética en la historia del mundo.Ni siquiera los enemigos del socialismo imaginaban que el régimen soviético pudiera desaparecer, y que la Revolución de Octubre pudiese ser borrada; y menos aún que esta ruptura pudiese originarse en ciertas iniciativas del partido único en el poder.El universo comunista se deshizo por sí solo. Esto se puede ver en otra señal, esta vez diferida; solo quedan los hombres que, sin haber sido vencidos, han pasado de un mundo a otro convertidos a otro sistema, partidarios del mercado y de las elecciones, o bien reciclados en el nacionalismo. Pero de su experiencia anterior no queda ni una idea. Los pueblos que salen del comunismo parecen estar obsesionados por negar el régimen en que vivieron, aun cuando hayan heredado sus hábitos o sus costumbres.
Entre los escombros de la Unión Soviética no aparecen ni dirigentes dispuestos al relevo, ni verdaderos partidos, ni nueva sociedad, ni nueva economía. Solo se puede ver a una humanidad atomizada y uniforme, a tal punto que resulta demasiado cierto que las clases sociales han desaparecido. Incluso el campesinado, al menos en la URSS, fue destruido por el Estado. Los pueblos de la Unión Soviética tampoco han conservado fuerzas suficientes para expulsar a una nomenklatura dividida, ni siquiera para influir realmente sobre el curso de los acontecimientos.
La experiencia soviética constituye una de las grandes reacciones antiliberales y antidemocráticas de la historia europea del siglo XX, siendo la otra, desde luego, la del fascismo en sus diferentes formas.No fue algo parecido a un error de juicio, que con la ayuda de la experiencia se puede reparar, medir y corregir; más bien, fue una entrega psicológica comparable a la de una fe religiosa, aunque su objeto fuese histórico. La ilusión no acompaña a la historia comunista, escribe François Furet.



lunes, 1 de enero de 2024

La minoría étnica europea más perseguida en la segunda mitad de la década de 1930 fueron los seiscientos mil polacos soviéticos

Iósif Stalin ordenó la muerte por inanición de unos cinco millones de personas


Mientras que un millón de ciudadanos soviéticos trabajaban en los campos de concentración y los asentamientos especiales soviéticos a finales de 1938, el número de ciudadanos alemanes en los campos de concentración de su país era de unos veinte mil. Teniendo en cuenta la diferencia de población, el sistema soviético de campos de concentración era en aquella época unas veinticinco veces mayor que el alemán. En aquel momento, el terror soviético no sólo era mayor en dimensión, sino que también era incomparablemente más letal. Nada en la Alemania de Hitler se acercó ni remotamente a la ejecución de casi cuatrocientas mil personas en dieciocho meses realizada en la Unión Soviética bajo la orden 00447. En 1937 y 1938, 267 personas fueron sentenciadas a muerte en la Alemania nazi, en comparación con las 378.326 sentencias a muerte sólo en la operación contra los kulaks en la Unión Soviética. De nuevo, teniendo en cuenta la diferencia de población, las posibilidades que tenía un ciudadano soviético de ser ejecutado en la acción contra los kulaks eran unas siete veces mayores que las que tenía un ciudadano alemán de ser sentenciado a muerte en la Alemania nazi por cualquier delito. Tras la purga de las cúpulas y la reafirmación de su dominio sobre las instituciones clave, tanto Stalin como Hitler llevaron a cabo limpiezas sociales en 1937 y 1938. Pero la acción contra los kulaks no fue la totalidad del Gran Terror. Esta podía considerarse, o al menos presentarse, como una guerra de clases. Pero cuando la Unión Soviética mataba a enemigos de clase también estaba matando a enemigos étnicos. A finales de la década de 1930, el régimen nacionalsocialista de Hitler era bien conocido por su racismo y su antisemitismo, pero fue la Unión Soviética de Stalin la que emprendió las primeras campañas de exterminio de nacionalidades enemigas internas.
Mientras en España el Frente Popular presentaba a la Unión Soviética como el hogar de la tolerancia, Stalin ordenaba el exterminio de varias nacionalidades soviéticas. La minoría étnica europea más perseguida en la segunda mitad de la década de 1930 no fueron los aproximadamente cuatrocientos mil judíos alemanes (cifra que iba menguando por la emigración) sino los seiscientos mil polacos soviéticos.Stalin fue un pionero de los asesinatos en masa de nacionalidades, y los polacos fueron las víctimas principales entre las nacionalidades soviéticas.
Referencia:Tierras de sangre de Timothy Snyder



lunes, 16 de octubre de 2023

Muchos altos oficiales y jefes militares de la Unión Soviética dejaron a un lado el código bolchevique

Cadáveres de soldados soviéticos tras un combate

Desde 1990, tras una investigación oficial, el número de pérdidas humanas soviéticas durante la Segunda Guerra Mundial ha sido elevado a 26,6 millones, incluidos 8.668.400 individuos de personal uniformado. Pero hasta este número sigue siendo objeto de debate, pues algunos especialistas rusos afirman que no refleja la cifra real de muertos. Vistas las cosas retrospectivamente, la Unión Soviética consiguió una victoria pírrica sobre la Alemania nazi. Las innumerables pérdidas sufridas en el curso de los combates y entre la población civil fueron consecuencia tanto de la invasión y las atrocidades de los nazis como de los métodos de guerra total practicados por las autoridades militares y políticas de la URSS. La sorprendente indiferencia por la vida humana fue una característica de la conducta soviética durante la guerra desde su estallido hasta su finalización. En cambio, el número total de pérdidas humanas que tuvo Estados Unidos en los dos principales escenarios del conflicto, Europa y el Pacífico, no pasó de 293.000.Al igual que con el número de pérdidas humanas, se calcula que los daños materiales fueron ingentes. Más tarde la Unión Soviética cifraría el coste de la guerra en 2,6 billones de rublos.
A diferencia de los soldados norteamericanos, que por lo general encontraron una situación próspera cuando volvieron a su país y se reincorporaron con facilidad a la vida familiar como civiles, a los veteranos de guerra soviéticos les aguardaría a su regreso un sinfín de tragedias de vidas arruinadas, el sufrimiento de los que habían acabado mutilados o lisiados y las vidas rotas de millones de viudas y huérfanos. Había unos dos millones de personas reconocidas oficialmente como inválidas con minusvalías físicas o problemas mentales. Incluso cayeron algunos veteranos aparentemente sanos, víctimas de enfermedades inexplicables; los hospitales estaban abarrotados de pacientes jóvenes. El pueblo soviético ansiaba paz y estabilidad después de la guerra. Una sensación de cansancio de los conflictos bélicos y de los valores militares se adueñó de la sociedad urbana y rural de la URSS. Ya no quedaba nada de aquel patrioterismo y aquel nacionalismo romántico que a finales de los años treinta habían inspirado a la juventud, especialmente a la más culta, tanto a hombres como a mujeres.

Zhúkov (centro) en Berlín en 1945 hablando con militares británicos. 

Para muchos altos oficiales y jefes militares de la Unión Soviética en la Europa ocupada, el imperialismo se convirtió en una cuestión de interés personal. Dejaron a un lado el código bolchevique de modestia y aversión a las propiedades El mariscal Georgi Zhukov transformaría sus casas de Rusia en verdaderos museos llenándolos de costosas piezas de porcelana y pieles, cuadros, terciopelo, oro y seda. Alexander Govolanov, mariscal de las fuerzas aéreas soviéticas, desmanteló la casa de campo de Goebbels para trasladarla a Rusia. El general del SMERSH Ivan Serov se apropió de los tesoros hallados en un escondite, entre los cuales supuestamente figuraba la corona del rey de los belgas. Otros mariscales, generales y jefes de la policía secreta soviéticos tampoco tuvieron reparos en llenar las bodegas de los aviones con cargamentos de lencería, cuberterías y muebles, así como de oro, antigüedades y cuadros que volaron hasta la URSS. Durante los primeros meses de caos en Alemania, los soviéticos, en su mayoría jefes militares y altos funcionarios, enviaron a su país unos cien mil vagones de tren repletos de materiales de construcción diversos y artículos para el hogar. Entre los objetos incautados había sesenta mil pianos, cuatrocientos cincuenta y nueve mil aparatos de radio, ciento ochenta y ocho mil alfombras, casi un millón de piezas de mobiliario, doscientos sesenta y cuatro mil relojes de pared y de pie tipo carillón, seis mil vagones llenos de papel, quinientos ochenta y ocho llenos de vajillas y artículos de porcelana, tres millones trescientos mil pares de zapatos, un millón doscientos mil abrigos, un millón de sombreros y siete millones cien mil prendas de confección entre abrigos, vestidos, camisas y ropa interior. Alemania se convertiría para los soviéticos en un gran centro comercial en el que todo les salía gratis.
 Referencia: Un imperio fallido de Vladislav M. Zubok

lunes, 2 de octubre de 2023

Los detectores de mentiras pueden ser engañados

Los detectores de mentiras pueden ser engañados por sociópatas que no muestran remordimiento por sus acciones. El caso más famoso fue el del doble agente de la CIA Aldrich Ames, que se embolsó enormes sumas de dinero de la antigua Unión Soviética por enviar a numerosos agentes de Estados Unidos a la muerte y por divulgar secretos de la armada nuclear norteamericana. Durante décadas, Ames superó una batería de pruebas de detectores de mentiras de la CIA. También lo hizo el asesino en serie Gary Ridgway, conocido como el infame asesino del río Verde; llegó a matar hasta cincuenta mujeres.En 2003 la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos publicó un informe sobre la habilidad de los detectores de mentiras, con una lista de todas las formas en que los detectores de mentiras podían ser engañados y personas inocentes calificadas como mentirosas.


viernes, 1 de septiembre de 2023

No tenía el menor reparo en mentir, y por eso esperaba de los demás un comportamiento similar

“Todos los que estábamos en torno a Stalin éramos provisionales, diría Nikita Jrushchov, futuro dirigente de la Unión Soviética. Mientras mantuviese cierto grado de confianza en nosotros, se nos permitía seguir viviendo y trabajando; pero bastaba que dejara de fiarse de alguien para que desatase todo su recelo”. Stepán Mikoián, quien por ser hijo de Anastás Mikoián, integrante del Politburó, creció en el complejo arquitectónico del Kremlin durante la década de 1930, corrobora la opinión de Jrushchov.“Miraba a la gente a los ojos cuando le hablaba, recuerda, y si uno apartaba la mirada, daba en sospechar que lo estaba engañando. En ese caso, era capaz de hacer cosas muy desagradables… Era un hombre muy suspicaz, y ése era su rasgo más sobresaliente… No tenía escrúpulos… No tenía el menor reparo en mentir si lo consideraba necesario, y por eso esperaba de los demás un comportamiento similar… Cualquiera podía resultar ser un traidor”.

sábado, 26 de agosto de 2023

El origen de las reformas en la Unión Soviética fue el KGB

El origen de las reformas en la Unión Soviética fue el KGB. La agencia de seguridad era la única instancia del país que estaba tan bien informada como para conocer de primera mano el lamentable estado de la economía y la necesidad urgente de aplicar algún tipo de cambio.El proceso de la elección de Mijaíl Gorbachov como secretario general del Partido Comunista fue una sucesión de oportunidades aprovechadas y de felices casualidades. Las rapidísimas y sucesivas muertes de los gerontócratas impulsaron la necesidad de escoger a alguien más joven. Gorbachov. Hay que añadir el apoyo explícito del KGB. Su jefe tras la elección de Andrópov como secretario general, Víktor Chebrikov, informó en marzo de 1985 al Politburó de lo siguiente: Nuestro trabajo es tal que debemos saber no sólo de política exterior sino también de la situación social del país. Teniendo en cuenta esto, los chekistas me han pedido lanzar la candidatura del camarada Gorbachov al puesto de secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética. Habéis de entender, camaradas, que la voz de los chekistas, de nuestro personal, es la voz del pueblo. Gorbachov, que tenía cincuenta y cuatro años por entonces, traía con él un cambio generacional clave, un estilo Gorbachov.Además, contaba con el importante activo de su mujer, Raisa. La pareja Gorbachov representaba un síntoma de modernización y de apertura hacia la mujer en un mundo político extraordinariamente cerrado y masculinizado, escribe José María Faraldo, profesor de Historia Contemporánea en la Universidad Complutense de Madrid. 




lunes, 31 de julio de 2023

La reivindicación soviética de ser lo que en realidad no era

En la Unión Soviética no sólo se controlaban las emisiones de radio extranjeras, sino que a las mesas de trabajo de los líderes soviéticos llegaban también los estudios sistemáticos sobre el rendimiento de la economía occidental. Los servicios de inteligencia, los diplomáticos y los funcionarios del Ministerio de Comercio Exterior eran fuentes de información sobre lo que sucedía en el exterior, aunque sólo la elite tuviera conocimiento de sus revelaciones. En lo que se refiere a un público soviético más amplio, no conviene subestimar la importancia de la literatura extranjera traducida, que, aunque seleccionada, era numerosa; entre los títulos había muchas obras maestras de la cultura universal, y la calidad de las traducciones era excelente. Los ciudadanos rusos adquirieron fama de grandes lectores de libros de calidad, por no hablar de su pasión por la poesía y del papel político específico de ella. Hoy estas cualidades se han desvanecido prácticamente por completo.

Deseaban proyectar la imagen de la URSS como un país que había nacido de la fuerza de un socialismo creador.La reivindicación soviética de ser lo que en realidad no era para conseguir fortalecer su imagen en las sociedades occidentales e intentar así minar las instituciones democráticas. La reivindicación soviética de que representaba un modelo diferente, una alternativa al capitalismo, sirvió a la URSS para movilizar no sólo a su gente, sino también para conseguir un considerable apoyo exterior, que empleó tras la guerra para defender la existencia de un “bando socialista” y vestirlo con lo que parecían sus mejores galas naturales. Mirada más de cerca, la realidad no tenía nada de idílica.


Referencia: El siglo soviético, Moshe Lewin


viernes, 9 de septiembre de 2022

Un poder de las tinieblas y del mal

En su informe al Departamento de Estado, fechado el 20 de abril de 1936, la embajada de Estados Unidos en Moscú hacía una clara advertencia: “El problema de las relaciones con el gobierno de la Unión Soviética es… una parte subordinada del problema planteado por el comunismo, una fe militante decidida a provocar la revolución mundial y la “liquidación” (es decir, el asesinato) de todos los no creyentes. No hay ninguna duda de que todos los partidos comunistas ortodoxos de todos los países, incluido Estados Unidos, creen en el asesinato masivo… El argumento definitivo del comunista creyente es invariablemente que todas las batallas, asesinatos y muertes repentinas, todos los espías, exiliados y pelotones de fusilamiento, están justificados”.

El joven escritor Ellery Walte informó “Conté trece trenes, cada uno con dos mil hombres, mujeres y niños, con destino a Siberia”. Cada tren, cargado con miles de seres humanos, estaba destinado a viajar cientos, a veces miles de sofocantes kilómetros hasta su oculto punto de destino. El sistema de represión se mantenía en secreto, pero se había vuelto tan grande que había constantes agujeros en el telón que lo ocultaba. Uno de los periodistas norteamericanos, William Henry Chamberlin a principios del verano de 1936 decía: “Fui a Rusia creyendo que el sistema soviético podría representar la respuesta más esperanzadora a los problemas creados por la guerra mundial y la posterior crisis económica. Me marché convencido de que el Estado absolutista soviético… es un poder de las tinieblas y del mal con pocos paralelos en la historia…. El asesinato es un hábito, más de los estados que de los individuos”.

lunes, 20 de junio de 2022

Quien estuviera en contra de la Unión Soviética sería un fascista

Cuenta Timothy David Snyder, historiador estadounidense y profesor de la Universidad de Yale, ​que “en la Europa occidental y del sur, las personas preocupadas por la expansión de Hitler y del fascismo celebraron el nuevo enfoque soviético. Al presentar a la Unión Soviética como la patria del antifascismo, Stalin buscaba detentar el monopolio del bien. Sin duda, la gente razonable estaría del lado de los antifascistas y no de los fascistas. La conclusión era que cualquiera que estuviera en contra de la Unión Soviética probablemente sería un fascista, o por lo menos un simpatizante del fascismo. De junio de 1934 a agosto de 1939, unos tres cuartos de millón de ciudadanos soviéticos serían fusilados por orden de Stalin, y una cantidad mayor deportados al gulag. La mayor parte de las víctimas eran campesinos y obreros, la gente a la que se suponía que el sistema social soviético debía servir. El resto, en general, eran miembros de minorías étnicas”.

Parte del talento político de Stalin residía en su habilidad para asociar las amenazas exteriores con los fallos de su política interior, como si ambas cosas fueran la misma y él no fuera responsable de ninguna. Esto lo eximía de los fracasos políticos y le permitía definir a los que consideraba enemigos interiores como agentes de potencias extranjeras. En fecha tan temprana como 1930, cuando los problemas de la colectivización se hicieron evidentes, Stalin ya hablaba de conspiraciones internacionales con la participación de partidarios de Trotski y di versas potencias extranjeras. Era obvio, proclamó Stalin, que“mientras exista el cerco capitalista seguirá habiendo derrotistas, espías, saboteadores y asesinos entre nosotros”. Cualquier problema de la política soviética era culpa de estados reaccionarios que querían ralentizar el curso de la historia. Todos los fallos aparentes del Plan Quinquenal procedían de una intervención extranjera. El éxito del Frente Popular dependía de una información sobre los avances del socialismo que era pura propaganda. La explicación del hambre y la miseria en casa residía en la subversión extranjera, una idea que, en esencia, carecía de fundamento. Stalin a la cabeza del aparato del partido soviético y de la Internacional Comunista, utilizaba ambas mentiras de forma simultánea, pero sabía bien cómo podrían volverse ciertas, con una intervención militar extranjera de un Estado lo bastante hábil para alistar a ciudadanos soviéticos que hubieran sufrido sus políticas. El poder de la combinación de guerra extranjera y oposición interna era, después de todo la primera lección de la historia de los soviets. El mismo Lenin había sido el arma secreta de Alemania en la Primera Guerra Mundial; la propia revolución bolchevique fue un efecto colateral de la política exterior alemana de 1917. Veinte años después, Stalin hubo de temer que sus oponentes dentro de la Unión Soviética utilizaran la inminencia de una guerra para derrocar su régimen. Trotski estaba en el exilio, igual que lo había estado Lenin en 1917. Durante una guerra, Trotski podía regresar y reunir a sus seguidores, como había hecho Lenin veinte años antes. En 1937 Stalin no tenía ninguna oposición política relevante dentro del partido comunista soviético; pero, al parecer, esto sólo le llevó a creer que sus enemigos habían aprendido a mantenerse invisibles. Igual que había hecho en el apogeo de la hambruna, aquel año sostuvo que los enemigos más peligrosos del Estado fingían ser inofensivos y leales.Todos los enemigos, incluso los invisibles, debían ser desenmascarados y erradicados.El 7 de noviembre de 1937, vigésimo aniversario de la revolución bolchevique (y el quinto del suicidio de su esposa), Stalin hizo un brindis: “Destruiremos sin piedad a todo aquel que, por sus hechos o por sus pensamientos amenace la unidad del estado socialista.Por la completa destrucción de todos los enemigos, de ellos y de su estirpe”.