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sábado, 1 de junio de 2024

El comunismo fue una entrega psicológica comparable a la de una fe religiosa

La presencia soviética en los asuntos del mundo era como un certificado de la presencia soviética en la historia del mundo.Ni siquiera los enemigos del socialismo imaginaban que el régimen soviético pudiera desaparecer, y que la Revolución de Octubre pudiese ser borrada; y menos aún que esta ruptura pudiese originarse en ciertas iniciativas del partido único en el poder.El universo comunista se deshizo por sí solo. Esto se puede ver en otra señal, esta vez diferida; solo quedan los hombres que, sin haber sido vencidos, han pasado de un mundo a otro convertidos a otro sistema, partidarios del mercado y de las elecciones, o bien reciclados en el nacionalismo. Pero de su experiencia anterior no queda ni una idea. Los pueblos que salen del comunismo parecen estar obsesionados por negar el régimen en que vivieron, aun cuando hayan heredado sus hábitos o sus costumbres.
Entre los escombros de la Unión Soviética no aparecen ni dirigentes dispuestos al relevo, ni verdaderos partidos, ni nueva sociedad, ni nueva economía. Solo se puede ver a una humanidad atomizada y uniforme, a tal punto que resulta demasiado cierto que las clases sociales han desaparecido. Incluso el campesinado, al menos en la URSS, fue destruido por el Estado. Los pueblos de la Unión Soviética tampoco han conservado fuerzas suficientes para expulsar a una nomenklatura dividida, ni siquiera para influir realmente sobre el curso de los acontecimientos.
La experiencia soviética constituye una de las grandes reacciones antiliberales y antidemocráticas de la historia europea del siglo XX, siendo la otra, desde luego, la del fascismo en sus diferentes formas.No fue algo parecido a un error de juicio, que con la ayuda de la experiencia se puede reparar, medir y corregir; más bien, fue una entrega psicológica comparable a la de una fe religiosa, aunque su objeto fuese histórico. La ilusión no acompaña a la historia comunista, escribe François Furet.



viernes, 20 de enero de 2023

Consecuencia de las desamortizaciones

Pascual Madoz. Ministro de Hacienda en 1855

Las desamortizaciones tenían precedentes, pero el grueso de las operaciones se efectuaron en el reinado de Isabel II, concentrándose en dos grandes bloques, escribe el historiador Antonio Domínguez Ortiz. “La desamortización eclesiástica de Mendizábal y la civil de Madoz, y si la primera se ha hecho más famosa por su carga ideológica y por los destrozos enormes que acarreó a nuestro patrimonio artístico y documental, la segunda tuvo mayores y más nefastas consecuencias para la población rural; la venta de los bienes de propios y baldíos, unida a la generalización de los cerramientos de fincas, la prohibición de antiquísimos usos de aprovechamiento colectivo (espigueo, rastrojera), la decadencia de la enfiteusis y otras formas jurídicas en beneficio de un concepto muy cerrado de la propiedad individual agravaron la situación del campesinado modesto hasta límites extremos, con la agravante de que aquellos centros benéficos (hospitales, asilos), que tradicionalmente acogían a los desheredados, también sufrían las consecuencias de las desamortizaciones, y la Iglesia ya no estaba en condiciones de prodigar limosnas. En las propias ciudades, especuladores y burgueses se beneficiaron del régimen liberal, mientras el nivel de vida de los desheredados se mantenía muy bajo, e incluso descendía, si ello era posible. La mendicidad, el bandolerismo y el contrabando con múltiples repercusiones, incluso artísticas y literarias, proliferaron, sobre todo en el sur. La España romántica no se concibe sin la estampa del bandolero que con su trabuco despoja a los viajeros. El contrabando tomó una extensión increíble, sobre todo en dos ramos, el tabaco y los textiles; era un negocio en el que participaban personajes de todo rango, y que tomó visos políticos porque los fabricantes catalanes se quejaban de la competencia de los tejidos ingleses y reclamaban no sólo la represión del contrabando, sino la defensa legal por medio de leyes proteccionistas; fue uno de los motivos de su oposición a Espartero, anglófilo impenitente”.
“Tradicionalmente la ciudad, si por una parte esquilmaba al campo, por otra ayudaba en períodos de crisis con sus limosnas y asilos a los que acudían a ella. Este equilibrio se quebró al empobrecerse tanto la Iglesia como los ayuntamientos con las desamortizaciones”.

jueves, 30 de mayo de 2019

La verdadera cultura no puede ser nunca internacional

Tessenow
El arquitecto alemán, profesor, y urbanista Heinrich Tessenow enseñaba que “el estilo nace del pueblo. Es natural amar la patria.La verdadera cultura no puede ser nunca internacional. La cultura únicamente procede del seno materno de un pueblo”. 

Arquitectura de Heinrich Tessenow
Tessenow condenaba la gran ciudad, a la que oponía ideas rurales y manifestaba que “la gran ciudad es algo terrible. La gran ciudad es una mezcla confusa de lo viejo y lo nuevo. La gran ciudad es combate, un combate brutal. Nos obliga a prescindir de todo lo acogedor… Donde lo urbano entra en contacto con lo rural, el campesinado termina siendo destruido. Es una lástima que no se pueda seguir pensando de forma rural”.

lunes, 16 de julio de 2018

Uno de los problemas de África.

Jóvenes estudiantes aprovechan la luz de las farolas del aeropuerto de Gbessi,
He aquí uno de los problemas de África, la mayor parte de su intelligentsia vive fuera del continente; en los EEUU, en Londres, en París, en Roma. En sus países, in situ, han quedado las masas formadas por un campesinado ignorante, atemorizado y explotado hasta la última gota de sudor; y la clase de los burócratas corruptos hasta la médula o la soldadesca arrogante. El lumpenmilitariat, como la define el historiador ugandés Ali Mazrui. 

Ali Mazrui
¿Cómo puede África desarrollarse, participar en la gran transformación del mundo, sin la intelligentsia, sin una propia clase media culta? Además, cuando un académico o escritor africano es objeto de represalias en su patria, lo más normal es que éste no busque refugio en otro país de su continente sino, y sin dilación, en Boston, Los Ángeles, Estocolmo o Ginebra.