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jueves, 28 de mayo de 2026

Un juez progresista

Si algo nos han puesto sobre la mesa los últimos doscientos años, es que fingir finalidades a la historia resulta la vía más rápida de transitar a la masacre. Los grandes genocidios del siglo XX se ejercieron bajo retóricas inequívocamente “progresistas”. “Progreso de la raza aria” en el nazismo, “progreso del proletariado mundial” en el estalinismo. Una fugaz ojeada a los diccionarios constata lo reciente de los vocablos. Ambos, “progresista” como “progresismo” no existen en ninguna lengua con anterioridad al siglo XIX….Hijo de las ilusiones, que son siempre pequeñas formas de delirio, del siglo XIX, el “progresismo” designa el sueño de una humanidad destinada a su inminente mejora. Visto lo que vino luego, pocas fantasías cabe que sigamos haciéndonos acerca de su funcionalidad hoy. En lo moral, y, por extensión, en lo político, no hay revestidura de “progresismo” que no camufle una privada voluntad de prosperar. No siempre confesable. Pero, ¿qué diablos puede significar, en rigor, “juez progresista”? Es lo que tienen las palabras. Engañan, más que dicen, a quien se deja seducir por sus promesas. Un magistrado no debería dejarse hacer rehén de ellas tan fácilmente, escribe el filósofo Gabriel Albiac.


lunes, 22 de diciembre de 2025

El nazismo evolucionó hasta convertirse en un credo religioso


El nazismo comenzó siendo un credo político, pero rápidamente evolucionó hasta convertirse en un credo religioso, en una religión nacional alemana con sus propios dogmas, ritos y ceremonias que, en cierto modo, aspiraba a sustituir a la cristiana. Los dos dogmas principales del nazismo eran la superioridad de la raza aria, alemana y nórdica, y su derecho a esclavizar o a exterminar a las razas inferiores usurpadoras del “espacio vital” al que la raza superior tenía derecho. A la raza aria no le bastaba con estar constituida por individuos altos y apuestos, rubios, de ojos azules, nobles, inteligentes y sanos. Además era la única creadora de cultura, la única verdaderamente humana, el pueblo de los señores (Herrenwolk), destinado a dominar a las razas inferiores (en realidad especies distintas, infrahumanas: Untermenschen) y a neutralizar a una raza particularmente ponzoñosa, la judía. El joven Hitler pudo contaminarse de ariosofía, una doctrina popular en ciertas esferas de la Viena de su juventud que pretendía rescatar la religión ancestral de los antiguos germanos arrinconada por el Dios judío de la Biblia. La ariosofía atrajo a algunos románticos adictos al excursionismo y añorantes de las sociedades ancestrales que en 1911 fundaron una hermandad, la Hoher Armanen Orden (HAO), en la que se ingresaba mediante certificado de pureza de sangre. Esta sociedad inspiró, a su vez, al grupo Thule, otra agrupación de tenderos y funcionarios subalternos aficionados al ocultismo y a la fantasía. En su impreso de ingreso leemos que “el abajo firmante jura que, hasta donde su conocimiento abarca, ninguna sangre judía fluye por sus venas ni por las de su mujer, y que entre sus antepasados no hay miembros de razas inferiores”.