viernes, 8 de septiembre de 2017

La independencia de España fue impopular en la generalidad de los habitantes hispanoamericanos.


Al mediar la tercera década del siglo XIX, los pueblos de Hispanoamérica terminaron de acceder a su independencia que se había planteado más contra Francia que contra España, con ocasión de la agresión napoleónica contra el reino y la corona de España en 1807-1808. Al hundirse el Ejercito de la Junta Central a fines de 1809, y caer Sevilla, capital de Hispanoamérica, en manos de los invasores en 1810, los núcleos criollos de poder iniciaron el proceso de independencia. Pero en realidad, escribe Ricardo de la Cierva, lo que hicieron desde nuestra perspectiva fue cambiar la dependencia de España por la dependencia de otros dos imperialismos económicos y, al fondo, políticos: el de Inglaterra y el de los Estados Unidos. Esta sustitución del Imperio español, clave anterior de la unidad hispanoamericana, por el imperialismo anglosajón es la trama fundamental de la historia iberoamericana (en Brasil, la sustitución del Imperio portugués fue formalmente algo más tardía, pero el proceso es el mismo) en el siglo XIX, que por muchos motivos parece prolongarse hasta la mitad del siglo XX cuando los intentos populistas trataban inútilmente de proporcionar a Iberoamérica una alternativa a la dependencia. 


 Indalecio Lievano
Opina Indalecio Lievano Aguirre, hombre de izquierda, sobre el trasfondo social de la emancipación que “a los esclavos, los indios los desposeídos y las razas de color, les resultaron ininteligibles los despliegues de falsa erudición de los abogados criollos y la misma premura demostrada por la nueva clase gobernante para servirse del poder en beneficio exclusivo de sus intereses, se encargó de devolverle su antiguo prestigio a la causa española y de convertirla en una alternativa para los humildes menos desastrosa que la posible hegemonía del patriciado criollo, cuyos personeros solo aceptaban la independencia si ella se traducía en la institucionalización de un orden social que les garantizara el monopolio de la riqueza y les protegiera de la atormentada inconformidad de los desposeídos”. “Ello explica, prosigue Lievano, el escaso calado que tuvo en el pueblo el movimiento de rebelión contra España, mientras ese movimiento se identifico con los intereses del patriciado criollo. Así lo confiesa paladinamente, por ejemplo, uno de los generales granadinos de la Independencia, Joaquín
Posada Gutiérrez
Posada Gutiérrez, quien al respecto anota en sus Memorias Histórico-Políticas “He dicho poblaciones hostiles porque es preciso que se sepa que la independencia fue impopular en la generalidad de los habitantes, que los ejércitos españoles se componían de cuatro quintas partes de hijos del país, que los indios, en general, fueron tenaces defensores del Gobierno del rey, como que presentían que tributarios eran más felices de lo que serian como ciudadanos de la república”. “Resultan por tanto, termina Lievano, ajustadas a la realidad histórica de la época las siguientes observaciones del historiador socialista venezolano Carlos Irazabal: “Nada más natural entonces que el pueblo bajo adoptara frente a la independencia, al iniciarse esta, una posición hostil. Prefirió el pueblo, a la bandera revolucionaria, los estandartes reales. Lo contrario hubiera sido un contrasentido, pues para él luchar por la causa de España era objetivamente luchar por su libertad (contra la opresión criolla) como combatir en las filas patriotas significaba reforzar sus cadenas”.

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